La aguja. Una (no tan) ficción
María Gabriela Fernández B. Un gajo de goma espuma fue la primera señal que debió alertarme sobre el inminente desbarate de mi almohada. Noche a noche, eran más los restos de aquella materia mostaza que pretendían anidar las hebras de mi cabello, adherirse a mi ropa, esconderse en el sudor del pliegue interior de mi codo y, como punto final de la desgracia, explorar mis cavidades a partir de mi agujero nasal derecho.
Alérgica como soy, no podía permitirme aspirar los restos de aquella almohada sangrante. Tampoco podía botarla. He de reconocer que aún me falta cultivar el desapego con el empeño requerido para desprenderse de una almohada, y más de una con ese diagnóstico.
Preferí coserla.
Aguja en una mano y paciente en la otra, sentí empatía por ella. Supe de su temblor en el primer pinchazo. Le prometí seguir con cuidado. Me resultó tierna su herida.
Mientras acercaba cada borde con los dedos, recordé una tarde imprecisa en que mi mamá cosía las insignias de mis uniformes blancos de la escuela. La luz anunciaba que se acercaba la noche en Caracas y yo fisgoneaba el quéhacer de aquellas manos, sentada en el centro de la cama destendida. Qué curiosa la memoria y esa manera tan suya de abrir surcos y librar recuerdos, justo cuando uno intenta hacer lo contrario. “A la una, la luna; a las dos, el reloj; que se casan la aguja y el granito de arroz” cantaba mi madre y ahora lo canto yo, y no sé si llovía entonces o es que solo lo creo porque ahora llueve.
Terminada la almohada, no pude parar. Registré el closet hasta encontrar alguna prenda con agujeros. Ese sweater de Miguel al que se le “fue un hilo” en el borde de la manga izquierda. Mi franela azul que se enganchó de un clavo de la mesa en febrero. Aquel pijama viejo con su huequito en la axila. Quise tener cortinas rotas para coserlas. Deseé cortar la sábana en tres para arreglarla. Desprendí a mansalva el botón de la espalda en mi blusa amarilla. Por cada prenda, ganaba un recuerdo.
La aguja resplandece ahora sobre la mesa. La solté cuando un pañuelo rojo me hizo acordar que hay cosas que la memoria destierra en defensa propia.
¿Qué puedo hacer hoy, sino escribir, con tanta luz que atraviesa los resquicios? https://www.youtube.com/watch?v=rcCufQQXmRM











