Se encogió de hombros asintiendo varias veces con una sonrisa en su cara, debía de admitir que la verguenza se desvaneció en lo que Katie había nacido. El traje de unicornio era poco comparado con las cosas que había hecho antes. --La única que me haría salir así—. Sonrió dándole un mordisco a su rosquilla. —Esa niña me tiene completamente bajo sus ordenes, vivo bajo la dictadura de Katie Stewart —rió.
Llevó la taza a sus labios y le dio un largo sorbo a su café, escuchando con una sonrisa ladina a la rubia. La admiraba demasiado por ser una madre soltera, al igual que la suya. Podía apreciar el arduo trabajo que hacía y le guardaba mucho respeto. Rió junto a ella—. Uh, la pequeña dictadora tiene una personalidad muy fuerte —estiró las comisuras de sus labios en una mueca, antes de volver a sonreír—. De todas formas, es una niña muy agradable. Y a ti el disfraz te queda pintado.












