De tanto que se quejaron mis amigos, ahora ni les cuento. Reprocharon que mi único tema de conversación eras tú, que mi sistema democrático empezó a ser una religión que te adoraba, que tu justicia divina me atormentaba tiempo después de que lo nuestro hubiera terminado. A pesar de eso no los culpo, me creerán demente, idólatra, iluso. Pero ellos tampoco deberían culparme. No saben distinguir entre las falsas proezas y tu amor, que para mí, rozaba lo celestial.
Alejo M



















