Hoy pensé en ti otra vez.
No sé por qué, pero hay momentos en los que te siento tan cerca, aunque todavía no te conozca. A veces imagino tu voz, tu manera de mirar, o la forma en que te reirás cuando te diga algo sin sentido. Y otras veces simplemente me quedo en silencio, confiando en que Dios está preparando el momento exacto para que coincidamos.
No tengo prisa. He aprendido a soltar, a dejar que la vida me enseñe sin adelantarme a nada.
Antes quería que el amor llegara rápido, que llenara vacíos. Ahora quiero que llegue bien. Que venga desde la paz, no desde la necesidad.
Sé que cuando te vea, lo sabré. Mi corazón no se va a confundir, ni va a querer huir.
Habrá calma, ternura, y esa sensación de “por fin”. Y todo lo anterior cobrará sentido: por qué no funcionó, por qué dolió, por qué tuve que aprender a estar sola.
A veces me pregunto si tú también piensas en mí sin saberlo. Si en medio de tu rutina, alguna noche, también te detienes un segundo y sientes que hay alguien orando por ti.
Porque yo lo hago. Pido por ti, para que estés bien, para que sanes lo que tengas que sanar antes de encontrarme.
Y mientras tanto, sigo creciendo. Sigo aprendiendo a amarme para amarte mejor. Sigo viviendo, porque sé que cuando llegues, no vendrás a completarme, sino a acompañarme.