Me acerco, me deslizo, cambio de cara*
*Prólogo de Perseguir de Martín Cerisola (Porto Alegre, 1979).
Alguien sirve agua en un vaso. El chorro se achica porque el agua sube, llega a tope y cataratea al piso. Al que mira, lo salpica, incomoda. Joden las gotitas. Así y solo así es el desborde: un material que jaquea el límite de su forma. Una fuerza que mana; revolea el recipiente a la miércoles. Cascada. No es un vaso con agua. Es el desborde de una voz: es agua.
Lo dice un proverbio zen la verdad se mueve. Y como el marcianito de Bradbury, corre por las calles oscuras de Marte y tiene la cara de todos. Perseguir hilvana esa coreografía o corpografía. Es un libro acción. Tiene en sus entrañas movimiento. Pero saca el lente de lo que huye —verdad o deseo— y lo posa en los cuerpos deseantes, en fuga: Los que salen de caza.
Estos poemas sin título son injertos cortados en chanfle. Voz en devenir rizomático, es decir: raíz en todos lados. Raíces sedientas en los ojos del lector. Lo que quiero decir con esto es: alquimia. Cerisola no va por lo lleno. No abona; escribe como quien prepara la tierra. No tiene el gesto del jardinero, sino más bien planta la búsqueda. Hace los huecos —los silencios— necesarios para generar sed. Corre el sol para que la rama se tuerza: artesanea con la falta.
El tiempo de crisis —dice Mujica, sensei de Cerisola— es el tiempo en que la dureza se licúa. Ahí la forma de este soliloquio lírico y épico a la vez. Qué caigan los pilares se titula una de las partes y otraAmorfos somos / Y la música nos guía. Así el río se desmadra en este libro y queda eso: música.
En el carril formal, flota el verso libre, la frase breve, palabra y blanco; como una suerte de escritura haikusiada, elixir derramado de la contemplación. Eso que late purga por salir y es aullido. Y a la vez, enmuce. Se retira como las olas de Hokusai. Como la ola de un gran tsumani. Así, también el carril del sentido: derrumbes, frenadas, visiones y poiesis: Cerisola.
Cuando cambia de piel la serpiente está ciega. Pero sabe que la ceguera es un paso. El viejo Auden advertía toda obra de un escritor debe ser un primer paso, un paso más. Este pequeño puñado de páginas son ese paso más del animal que muta. Y escribe. Escribe con esfuerzo de obrero. Como un Sísifo, empuja las palabras hasta la cima de una montaña, sin saber que lo espera del otro lado.
Desde el hondo bajo fondo, donde la voz se subleva: hundise de no ser. Eso instala esta poética en constante pliegue y repliegue. Vienen imágenes comoesquirlas de una demolición personal, pero parafraseando a Kafka —otro epígrafe de batalla de Cerisola—: lo bello resulta ineficaz frente a los poderes primordiales de la vida. Y por eso: perseguir. Hacerse hombre a partir de lo roto.
Entonces, cuál es la jugada de gol: una vuelta —o revuelta—a esos garabatos infantiles, a ese unir puntos con líneas invisibles. Algo lúdico y gestálticos en coexistencia. Deshacer, hasta unir.Puntitos. O gestos atrás de un shoji. Sí, el poema de Cerisola dice mientras calla, mueve sombras y es libre. Y no, no hablo de verso libre. Hablo de dejar en libertad a la forma. Y perseguir. Perseguir como un pulso. Sin saber qué, ni cómo.