El viejo Jud Crandall los vio llegar desde el otro lado de la carretera, sentado en su mecedora, fumando un cigarro bajo el techo de madera del porche.
Eran como las seis de la tarde, y el sol se estaba ocultando, coloreando al cielo con tonos rojizos anaranjados.
El terreno de la casa de los Miller estaba dividido por una ruta donde pasaban camiones de carga pesados. Este era un camino peligroso. Muchos animales habían sido atropellados allí, incluyendo el antiguo gato de Jud. Él lo había comprobado: el gato estaba muerto, y por eso lo había enterrado. Aun así, incomprensiblemente, el gato había vuelto a casa.
A metros de la casa se hallaba un sendero, bien cuidado, que se abría paso en el medio del bosque, decorado con piedras a lo largo y a los costados del camino, que por las noches la luna reflejaba su luz sobre ellas, creando un efecto de iluminación propia. Ubicado detrás de una sencilla hamaca hecha con una rueda de camión colgada de una rama de un árbol que mecía con el viento.
Aquel sendero conducía hacia el cementerio de animales por culpa de esa carretera y de los camiones. Aquella maldita carretera mataba a muchos animales, perros y gatos la mayoría. Pero no solo los que eran atropellados yacían allí, sino también algunos animales que murieron ya de viejos.
Construido por los niños locales para sepultar a sus mascotas. Un lugar donde los muertos hablaban. Las cruces estaban posicionadas formando círculos concéntricos. Cruces donde yacían epitafios escritos por sus seres queridos, en especial por niños. Cruces deformadas por el paso del tiempo. En la entrada había un cartel mal escrito, con errores de ortografía: "pet sematery", que lo iluminaba. Un lugar oculto de la carretera transitada donde los niños trataban de ordenar el caos de la muerte, aislado y totalmente inmersivo en la atmósfera del bosque.
El coche estaba repleto de maletas, bolsas, cajas que no cabía ni un gato allí. La pareja comenzó a descender las pertenencias y adentrarlas a la casa.
El viejo los vio llegar, del otro lado de la calle y venía a ver si podía ayudar en algo porque le pareció ver que estaban un poco agobiados en su expresión.
—¿Nuevos vecinos, ¿eh? Me llamo Jud. —Su voz era ronca y áspera con el tono sureño de los locales de aquellas tierras—. Supongo que ahora son nuestros vecinos.
Pedro Ramírez se encontraba agarrando bolsas del baúl cuando el viejo habló. Con una sonrisa amable dejó lo que estaba haciendo y le estrechó la mano educadamente.
—Buenas tardes. Soy Pedro Ramírez.
—De chile. Decidimos mudarnos a este país para comenzar una vida mejor.
—Chile ¿eh? Muy lejos de casa. Yo he vivido aquí casi setenta años.
El viejo dirigió la mirada hacia el bosque que se extendía más allá de la casa, solo por un instante, antes de volver a Pedro. Dudo un momento y luego señalo con el pulgar hacia la línea de árboles.
—Deberías saber que ese camino de allá lleva al cementerio de mascotas. es una larga historia y una buena caminata. Algún día los llevare allí y les contare la historia. Todo el pueblo ha usado ese lugar por generaciones.
—¿Un cementerio de mascotas? claro. Con gusto. Será interesante.
pedro dijo sarcásticamente y siguió bajando las bolsas del baúl. El viejo dio media vuelta, miro a un lado de la carretera precavido y cruzo hacia su casa.
Mientras tanto, Dina depositaba una caja sobre la mesada de la cocina cuando, de improviso y sin el menor aviso, un gato gris saltó sobre ella, provocando que la joven se sobresaltara y soltara un grito.
Pedro entró con las bolsas en el instante que el grito de su esposa resonó por la casa. Apoyó las bolsas en el suelo y se acercó al ver la situación para agarrar al gato.
—Ese maldito gato. ¿De dónde apareció? —Dijo la joven, aun con el corazón agitado por el espanto, llevándose la mano a la frente.
—Quizás sea del vecino —Dijo Pedro, observando al gato con precisión, como estudiando lo quien parecía indefenso sin largar un maullido de queja mientras lo sostenían con ambas manos.
—Se le habrá escapado —agregó.
Pedro, con el gato en brazos, cruzó la calle. Tuvo que esperar porque justo pasaba un camión de gran porte a velocidad rápida.
—Oh, Church, aquí estás —dijo el viejo al verlo— no lo encontraba desde ayer.
—Casi mata del susto a mi esposa.
—Mil disculpas, Pedro. Trataré de vigilarlo más. Ya sabes cómo son los gatos. Les gusta vagar más allá de los límites.
Las dos semanas siguientes fueron tranquilas. Jud le había mostrado a sus nuevos vecinos aquel cementerio de animales que yacía en el bosque y les había advertido que más allá hacía un cementerio de los indios Micmac que ocupaban estas tierras donde la tierra era dura y que jamás se podía cruzar la barrera por más que uno lo deseaba porque allí era el lugar donde los muertos caminaban.
La pareja tomó esa advertencia como una leyenda local y siguieron con su vida normal en los días sucesivos. Pero a Pedro le había quedado resonando en su mente las palabras de Jud que advertían que lo que entierras allí no es la misma que regresa. Los indios lo sabían y por eso dejaron de usar ese cementerio y la tierra se volvió árida. A veces es mejor la muerte.
Era un hermoso mediodía templado de otoño cuando se estaba realizando en una de las casas del pueblo un cumpleaños familiar. La fiesta estaba animada con niños correteando y adultos charlando. Dina estaba sentada en una mesa larga con otras mujeres, conversando tranquilamente, en el parque delantero de la casa que daba a la ruta.
El hijo pequeño de la pareja que festejaba el cumpleaños, de tres años de edad, llamado Gage, se acercó a Dina de una manera confianzuda, agarrando un pequeño camión de juguete con una mano mientras subía a su regazo. Al otro lado, Pedro y los demás hombres estaban reunidos en otra mesa, inmersos en una conversación.
—Parece que tu hijo le encanta jugar conmigo —le dijo Dina a la madre de Gage con una sonrisa, quien le devolvió la sonrisa cálidamente, divertida por lo enamorado que estaba su hijo de ella.
—Sí, mi hijo te adora. No le gusta mucho la gente, pero es muy cariñoso contigo —dijo la madre y se acercó para despeinar afectuosamente el cabello de Gage.
En la radio comenzó a sonar la canción "Truck Drivin' Man".
Algunas de las mujeres se levantaron a bailar y a cantar al ritmo de la canción. Dina se unió a ellas, bailando y a animarse a cantar.
Todos estaban inmersivos en la fiesta que no se dieron cuenta que el pequeño se había apartado de la mesa de los adultos y se dirigía hacia la peligrosa carretera siguiendo a un pájaro.
En un momento, su madre no lo encontraba y sus ojos se abrieron de horror al verlo dirigirse hacia la ruta.
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©Obra original escrita por Evelyn Ailen Torres Vinciguerra. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización de la autora. Todos los derechos reservados.