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Paula Rösler (desde 1926: Paula von Goeschen-Rösler)

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Paula von Goeschen-Rösler & Olga Orozco
Con esta boca, en este mundo... No te pronunciaré jamás, verbo sagrado, aunque me tiña las encías de color azul, aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro, aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos. Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma, ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara, y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral, ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento. Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras. Hemos hablado demasiado del silencio, lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final, como si en él yaciera el esplendor después de la caída, el triunfo del vocablo con la lengua cortada. ¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo! He dicho ya lo amado y lo perdido, trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder. A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía, retumban, se propagan como el trueno unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad. Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía. Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca, cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?
_ Olga Orozco
_ Paula von Goeschen-Rösler, Thistle and other plants, pencil/tempera, 63 x 36.8 cm.
Paula von Goeschen-Rösler & Olga Orozco
Cabalgata del tiempo
Inútil. Habrá de ser inútil, nuevamente, suspender de la noche, sobre densas corrientes de follaje, la imagen demorada de un porvenir que alienta en la memoria; penetrar en el ocio de los días que fueron dibujando con terror y paciencia la misma alucinada realidad que hoy contemplo, ya casi en la mirada; repetir todavía con una voz que siento pesar entre mis manos: -Alguna vez estuve, quizás regrese aún, a orillas de la paz, como una flor que mira correr su bello tiempo junto al brazo de un río. Todo ha de ser en vano. Manadas de caballos ascenderán bravías las pendientes de su infierno natal y escucharé su paso acompasado, su trote, su galope salvaje, atravesando siglos y siglos de penumbra, de sumisas distancias que irremediablemente los conducen aquí. Tal vez sería dulce reconquistar ahora una música antigua, profunda y persistente como el eco de un grito entre los sueños, sumirse bajo el verde sopor de las llanuras o morir con la lluvia, tristemente, entre ramos llorosos que sombrearan viejísimas paredes.
Imposible. Sólo un fragor inmenso de ruinas sobre ruinas. Es el desesperado retornar de los tiempos que no fueron cumplidos ni en gloria de la vida ni en verdad de la muerte. Es la amarga plegaria que levantan los ángeles rebeldes llamando a cada sitio donde pueda morar su dios irrecobrable. Es el tropel continuo de sus lucientes potros enlutados que asoman a las puertas de la noche la llamarada enorme de sus greñas, que apagan con mortajas de vapor y de polvo toda muda tiniebla, agitando sus colas como lacios crespones entre la tempestad. La sangre arrepentida, sus heroicas desdichas. Y nada queda en ti, corazón asediado: apenas si un color, si un brillo mortecino, si el sagrado mensaje que dejara la tierra entre tus muros, se pierden, a lo lejos, bajo un mismo compás idéntico y glorioso como la eternidad. _ Olga Orozco
_ Paula von Goeschen-Rösler, Castañero floral. Sileta · 37,5 x 33 cm (tamaño de la hoja)
Paula von Goeschen-Rösler & Olga Orozco
Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer...
Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer y no puedas recordar hacia atrás, como la Reina Blanca, déjame en el aire la sonrisa. Tal vez seas ahora tan inmensa como todos mis muertos y cubras con tu piel noche tras noche la desbordada noche del adiós: un ojo en Achernar, el otro en Sirio, las orejas pegadas al muro ensordecedor de otros planetas, tu inabarcable cuerpo sumergido en su hirviente ablución, en su Jordán de estrellas. Tal vez sea imposible mi cabeza, ni un vacío mi voz, algo menos que harapos de un idioma irrisorio mis palabras. Pero déjame en el aire la sonrisa: la leve vibración que azogue un trozo de este cristal de ausencia, la pequeña vigilia tatuada en llama viva en un rincón, una tierna señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve. Déjame tu sonrisa a manera de perpetua guardiana, Berenice.
_ Olga Orozco
_ Paula von Goeschen-Rösler,. Recorte de papel, coloreado sobre papel japonés · 56 x 47,5 cm
Paula von Goeschen-Rösler & Olga Orozco
En el final era el verbo
Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras, humaredas errantes exhaladas por la boca del viento, así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio. Son menos que las últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba; fantasmas que ni siquiera se asemejan al reflejo que fueron. Entonces ¿no habrá nada que se mantenga en su lugar, nada que se confunda con su nombre desde la piel hasta los huesos? Y yo que me cobijaba en las palabras como en los pliegues de la revelación o que fundaba mundos de visiones sin fondo para sustituir los jardines del edén sobre las piedras del vocablo. ¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás todos los alfabetos de la muerte? ¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía? Cada palabra a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo, cada una con su cortejo de constelaciones, con su nido de víboras, pero dispuesta a tejer ya destejer desde su propio costado el universo y a prescindir de mí hasta el último nudo. Extensiones sin límites plegadas bajo el signo de un ala, urdimbres como andrajos para dejar pasar el soplo alucinante de los dioses, reversos donde el misterio se desnuda, donde arroja uno a uno los sucesivos velos, los sucesivos nombres, sin alcanzar jamás el corazón cerrado de la rosa. Yo velaba incrustada en el ardiente hielo, en la hoguera escarchada, traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de voces, bajo un código tan indescifrable como el de las estrellas o el de las hormigas. Miraba las palabras al trasluz. Veía desfilar sus oscuras progenies hasta el final del verbo. Quería descubrir a Dios por transparencia.
_ Olga Orozco
Alerce con frutaRecorte de papel, coloreado sobre papel japonés · 54,7 x 45,8 cm

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Paula von Goeschen-Rösler & Olga Orozco
Para este día
Reconozco esta hora. Es esa que solía llegar enmascarada entre los pliegues de otras horas; la que de pronto comenzaba a surgir como un oscuro arcángel detrás de la neblina haciendo retroceder mis bosques encantados, mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia, con sólo trazar un signo en el silencio, con sólo cortar el aire con su mano. Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales, que venía de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas, y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos que yo buscaba en vano la huella del carruaje en el pasado. Hora desencarnada, color de amnesia como dibujada en el vacío del azogue, igual que una traslúcida figura enviada desde un retablo del olvido. ¿Y era su propio heraldo, el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa, la anunciación de dar a luz las sombras? No supe descifrar su profecía, ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos, ni logré comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba desde un claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por lunas, allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir; aquí, donde ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento, en su sitial de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas, transparentes, y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas, que mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo, que mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos. Y se queda esta vez, sin bajar la cabeza.
_ Olga Orozco
_ Paula von Goeschen-Rösler, "Pescado en la red y mujeres" · 1907Grabado en papel japonés · 39 x 45 cm
Paula von Goeschen-Rösler & Olga Orozco
Aquí están tus recuerdos...
Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.
Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora en el lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.
-¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante y claro.
¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo,
por algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?
¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de hierros y de flores!
Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos
después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!,
la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.
Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.
_ Olga Orozco
_ Paula von Goeschen-Rösler. Palma de abanico y pino, alrededor de 1930. Corte de papel, témpera 73,5 por 61 cm
Autor desconocido, Suzanne Valadon con dos perros, 1930
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
El único que no parecía interesarse por mi situación era el chico de quien estaba embarazada. Me mandaba desde Burdeos cartas espaciadas en las que mencionaba de forma alusiva las dificultades para encontrar una solución. (En la agenda aparece: «Me deja que me las arregle sola».) Yo tendría que haber llegado a la conclusión de que ya no sentía nada por mí y que no tenía más que un deseo: volver a ser el que era antes de esa historia, el estudiante preocupado tan solo por sus exámenes y su porvenir. Pero, aunque seguramente presentía todo aquello, no tenía fuerzas suficientes para romper, para añadir a la búsqueda desesperada de una forma de abortar el vacío de una separación. Me ocultaba la realidad de forma consciente. Y si el hecho de ver en los cafés a chicos bromeando y riendo ruidosamente me atormentaba —en ese mismo momento él probablemente estaría haciendo lo mismo—, a la vez me daba fuerzas para continuar turbando su tranquilidad. En octubre habíamos previsto que pasaríamos juntos las vacaciones de Navidad, iríamos a la nieve con una pareja amiga. Por mi parte, no tenía ninguna intención de modificar el proyecto.
Estábamos a mitad de diciembre.
Mis nalgas y mi pecho tensaban los vestidos. Me sentía pesada, pero las náuseas habían desaparecido. A veces olvidaba que estaba embarazada de dos meses. Seguramente debido a esa sensación de desaparición del porvenir por medio de la cual el espíritu adormece la angustia del vencimiento del plazo, que se sabe sin embargo inevitable, algunas chicas dejaban pasar las semanas y los meses hasta que llegaban al final de su embarazo. Tumbada en la cama, con el sol invernal entrando por la ventana, escuchaba los Conciertos de Brandeburgo exactamente igual que el año anterior. Tenía la impresión de que en mi vida no había cambiado nada.
En mi diario aparece: «para mí, el hecho de estar embarazada es algo abstracto», «Sin embargo, me toco el vientre y está aquí. No es algo imaginario. Si dejo que el tiempo actúe, el próximo mes de julio sacarán un niño de dentro de mí. Pero no lo siento».
_ Annie Ernaux, El acontecimiento. Tusquets Editores. Trad. de Mercedes y Berta Corral.
_ Suzanne Valadon, Desnudo reclinado, 1928
Suzanne Valadon & Annie Arnaux
“Hay muchos libros que tienen para mí un valor literario, aunque no estén clasificados dentro de la literatura: textos de Michel Foucault, de Bourdieu, por ejemplo. Para mí, lo que hace que un texto sea literario es la conmoción, la sensación de apertura, de expansión que produce”.
- Annie Ernaux, ‘La escritura como un cuchillo’. Traducción: Lydia Vázquez Jiménez. Cabaret Voltaire
Naturaleza muerta con jarrón de flores (1936) Suzanne Valadon

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Suzanne Valadon & Annie Ernaux
Yo siempre he esperado muchísimo del placer sexual, aparte del placer en sí. El amor, la fusión, lo infinito, el deseo de escribir. Lo mejor de cuanto llevo conseguido hasta hoy creo que es la lucidez, una especie de visión del mundo súbitamente sencilla y despojada de todo sentimentalismo.
_ Annie Ernaux, La ocupación. Editorial Cabaret Voltaire. Traducción de Lidia Vázquez Jiménez
Suzanne Valadon, Mujer con medias blancas, 1924.
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
"En primavera, mi espera se volvió continua. Desde principios de mayo hacía un calor prematuro. Empezaban a verse vestidos de verano por las calles, las terrazas de los bares estaban llenas. Se oía sin tregua un baile exótico, la lambada, cantado por una mujer de voz susurrante. Todo significaba nuevas posibilidades de placer, y yo atribuía a A. el propósito de aprovecharlo sin contar conmigo. Su puesto, sus funciones en Francia me parecían muy relevantes, susceptibles de despertar la admiración de todas las mujeres; yo me infravaloraba en proporción inversa, al no encontrar en mí nada interesante capaz de retenerlo a mi lado. Cuando iba a París, a cualquier barrio, siempre esperaba verlo pasar en su coche con una mujer al lado. Yo caminaba muy envarada, en una actitud previa de orgullosa indiferencia ante este encuentro. Que este, por supuesto, jamás se produjera me decepcionaba aún más: yo andaba sudorosa de un lado a otro ante su mirada imaginaria por el Boulevard des Italiens, mientras estaba en cualquier otro lugar, inaccesible. La imagen de él circulando con las ventanillas del coche bajadas y el radiocasete a todo volumen, en dirección al parque de Sceaux o al bosque de Vincennes, me atormentaba.
Un día, en una revista semanal de programación televisiva, empecé a leer un reportaje sobre una compañía de baile procedente de Cuba, de gira por París. El autor hacía hincapié en la sensualidad y libertad de las cubanas. En una foto se veía a la bailarina entrevistada, alta, con el cabello muy negro y sus largas piernas desnudas. A medida que avanzaba en la lectura, un presentimiento crecía en mí. Al final, estaba segura de que A., que había estado en Cuba, había conocido a la bailarina de la fotografía. Le veía con ella en una habitación de hotel, y en ese momento nada me habría convencido de que esta escena era inverosímil. Al contrario, la hipótesis de que no hubiera existido me parecía estúpida e inimaginable.
Cuando él telefoneaba para que nos viéramos, su tan esperada llamada no cambiaba nada, yo seguía con la misma dolorosa tensión de antes. Me hallaba en un estado en el que ni siquiera la realidad de su voz conseguía hacerme feliz. Todo era una carencia sin fin, salvo el momento en que estábamos juntos haciendo amor. Y, aun así, me obsesionaba el momento que le seguiría, cuando se hubiera marchado. Vivía el placer como un dolor futuro. "
_ Annie Ernaux, Pura pasión. Tusquets. Traducción de Thomas Kauf.
_ Suzanne Valadon, After the Bath, 1893
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
"La urbanidad era el valor dominante, era el primer principio del juicio social. Consistía, por ejemplo, en:
Corresponder a una comida, a un regalo —observar estrictamente el orden de edad en las felicitaciones de Año Nuevo—, no molestar a la gente yendo a sus casas sin avisar y haciéndoles preguntas directas, no hacer afrentas rechazando una invitación o el dulce que te ofrecen, etcétera. La urbanidad permitía estar a bien con la gente y no dar pie a comentarios. No mirar dentro de las casas cuando se pasaba por el patio comunal no significaba que no se quisiera ver el interior, sino que no se quería que te pillaran intentándolo. Los saludos en la calle, los buenos días que se daban o se denegaban, la forma de llevar a cabo o de no llevar a cabo ese rito —con distancia o jovialidad, deteniéndose para estrechar la mano y decir algo, o, por el contrario, seguir caminando— eran objeto de una atención puntillosa, de apreciaciones: «No me habrá visto», o «Tendría prisa». No se perdona a quienes niegan la existencia de los demás no mirando a nadie.
Considerada como una barrera de protección, la urbanidad resultaba inútil entre marido y mujer, y entre padres e hijos, incluso era considerada como una hipocresía o una maldad. La rudeza, el mal humor y el hablarse a gritos constituían las formas habituales de la comunicación familiar.
Ser como todo el mundo era el objetivo general, el ideal que debía alcanzarse. La originalidad pasaba por excentricidad, incluso como la señal de estar chiflado. Todos los perros del barrio se llamaban Toby o Boby.
En el café-colmado vivimos en medio de la gente, que es como llamamos nosotros a la clientela. La gente nos ve comer, ir a misa, al colegio, nos oye cuando nos lavamos en un rincón de la cocina o cuando hacemos pis en el orinal. Esta exposición continua nos obliga a mostrar una conducta respetable (no hay que insultarse ni decir tacos, ni tampoco hablar mal de los demás), a no manifestar ninguna emoción, ya sea de alegría, de cólera o de tristeza, a disimular todo lo que pueda ser objeto de envidia o curiosidad, o podría ser contado. Sabemos muchas cosas sobre los clientes, sus recursos y su forma de vida, pero damos por sentado que ellos no deben de saber nada sobre nosotros o lo menos posible. Así, «delante de la gente» está prohibido decir cuánto ha costado un par de zapatos, quejarse de dolor de tripa o decir las notas que se han sacado en el colegio, de ahí la costumbre de arrojar un trapo sobre la tarta comprada en la pastelería, o la de deslizar debajo de la mesa la botella de vino cuando llega un cliente. De esperar a que no haya nadie para discutir. Si no, ¿qué van a pensar de nosotros?."
_ Annie Ernaux, La vergüenza.
_ Suzanne Valadon, Raminou sentado sobre una tela, 1920
Suzanne Valadon, c.1885.
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
Lo más extraordinario de los celos es que se puebla una ciudad, el mundo, con un ser que no se conoce de nada.
_ Annie Ernaux, La ocupación. Editorial cabarets Voltaire traducción de Lidia Vázquez Jiménez
_ Suzanne Valadon, 1920. Nu au chat, allongé sur une draperie à fleurs

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Suzanne Valadon & Annie Ernaux
“ Ella es la mujer de la fotografía y puede, cuando la contempla , decir con un porcentaje elevado de acierto, que ese rostro y el presente no están disociados de manera perceptible, de lo que nada está aún perdido de lo que perderá inevitablemente ( pero cuando aún no quiere pensarlo) soy yo, no tengo signos añadidos de envejecimiento. Signos en los que no piensa, porque por costumbre vive en un rechazo general, no a su edad 70 años, sino a lo que esa edad representa para los más jóvenes, porque no se ve diferente de las mujeres de cuarenta y cinco años, ilusión que estas destruyen, sin mala intención, en un momento de la conversación, dándole a entender que no pertenece a la misma generación y que la consideran tal como ella ve a las a las mujeres de ochenta años: vieja. Al revés que durante la adolescencia, cuando tenía la impresión de ser la misma de un año, y hasta de un mes, para otro, mientras el resto del mundo y su alrededor permanecía inmutable, ahora es ella la que se siente inmóvil en un mundo que corre..”
Annie Ernaux, Los años. Traducción, 2019 Lydia Vázquez Jiménez. Editorial Cabaret Voltaire.
Suzanne Valadon (1865-1938), "Jeune fille au chat", vers 1920.
Suzanne Valadon & Annie Ernaux
"Es difícil separar el proyecto de una obra y su escritura, ya sea en el caso de Proust, de Leiris o de los surrealistas, por ejemplo. Pero, tan intuitivamente como usted, sé que el trasfondo de una obra, su alcance, el tipo de búsqueda hacia el que tiende —y eso tiene mucho que ver con la vida— son para mí mucho más esenciales que el estilo.
Hay fragmentos esplendorosos sobre el tiempo en las 'Memorias de ultratumba', pero el proceder de Chateaubriand —el trabajo sobre su imagen y su existencia— no me dice nada; sin embargo, el de Stendhal en 'La vida de Henry Brulard' me interpela infinitamente más.
Hay en Proust un preciosismo —pienso en la descripción de los espinos, al límite de la cursilería— que no me gusta, pero su proyecto, la arquitectura de 'En busca del tiempo perdido' me fascinan.
A veces la escritura de Nathalie Sarraute me cansa un poco, pero eso no impide que su obra, guiada por un deseo de desvelar los retos de la vida social mediante la «subconversación», de perseguir los pensamientos y los movimientos más tenues de nuestras relaciones con los demás, me parezca fundamental.
Del movimiento surrealista me gustó la subversión total, que está en el corazón de las primeras obras: 'El libertinaje' de Aragon, o películas como 'La edad de oro' de Buñuel. De Breton, lo que retengo en particular es la búsqueda, esa búsqueda que recorre todos sus escritos, inscrita en el comienzo de 'Nadja', descubrir «qué he venido a hacer en este mundo y cuál es ese mensaje único del que soy portador». Igualmente, una mezcla constante de sensibilidad y de reflexión, la intransigencia, el lado intratable de Breton."
- Annie Ernaux , 'La escritura como un cuchillo'. Traducción: Lydia Vázquez Jiménez. Editorial Cabaret Voltaire.
_ Naturaleza muerta en jarrón de flores (1931) Suzanne Valadon