El cielo y el mar.
Si se es honesto, cuando uno piensa en un viaje por el mundo, la gente piensa en Veinte mil lenguas de viaje submarino. La realidad es un poco más como sentir asco y mareos al bajar del barco, y nada agradable o incomodo momento de casi caer tres veces al pisar tierra, los hombres de tierra se reían y sus compañeros marinos también, era su primer viaje por este medio y la verdad es que le había costado días acostumbrarse a caminar en el barco. Ahora agradeció encontrar una banca en la cual sentarse, y respiró hondo.
Con las maletas abajo, ahora debería buscar un taxi. El lugar, el puerto pesquero, no era un lugar para turistas por ende, tendría que caminar un poco antes de llegar a alguna parte donde pudiera tomar un taxi o cualquier otro medio de transporte. Mucho menos a las cuatro de la mañana. A pesar de la hora, los lentes de sol y él habían encontrado una relación bastante amistosa, y los llevaba puestos justo ahora mismo, parecía un ciego con eso. La parte buena, es que estaban lejos de Inglaterra, bueno, considerablemente lejos, no estaba seguro de que estuvieran a salvo, pero al menos ya no les tenían pisadoles los talones. El capitán aunque había prometido no pagarles, al final les pagó, sobre todo porque la última semana de viaje él y otros miembros de la tripulación se habían enfermado y Benjamin tuvo que hacer milagros para sanarlos con apenas aspirinas y ambroxol. Por esa semana Benjamin se hizo cargo de la comida pues era la única forma de sanarlos sin medicina tal cual, y funcionó bastante bien la sopa de jengibre. Ahora tenían algo más de dinero, lo que les urgía era conseguir un hotel o un desayuno. Tenía la nariz y las mejillas quemadas por el sol, en cambio, Kuroh, parecía que había en tres semanas consumido toda la vitamina D que no había consumido en sus años de encierro.
No había bajado del barco aún. Con la mirada clavada en un horizonte que apenas asomaba su primer brillo diurno, tintado de colores purpura, azul oscuro y un desalentador gris que brindaban las nubes y el aire frío rozando su rostro, se perdía en la infinidad de pensamientos que rondaban en su cabeza. Estaba sentado en una caja de carga vieja, algo húmeda por el largo tramo que había recorrido con el agua marina salpicando constantemente, sin mencionar las torrenciales lluvias que los habían azotado cada tanto. Lluvia, mar, viajes… ¿De verdad había recorrido tanto? Hacía algo de un año, le hubiera parecido que jamás escucharía las olas del mar golpeando contra un barco, y mucho menos, sentir la lluvia mojando su cabello, el cansancio del trabajo. Ya no era un prisionero.
La inmensidad del mar se extendía ante su presencia, y él había navegado esas aguas. En su pecho se acumulaba una sensación extraña, una especie de dolor, pero era un dolor agradable, parecido a la nostalgia que se tiene cuando se recuerda a un viejo amigo, o un viejo amor. No quería dejar de ver el mar, ni el barco, se había acostumbrado a ser un grumete más, un marino mercante… sí, podría dedicarse a eso. Por un momento quiso creer que eso era posible, pero su realidad era más cruda. Era un fugitivo, debía llegar lo más lejos que pudiese, y llegar, por alguna razón que no comprendía aún, hasta Dinamarca, su tierra natal… y de donde había sido exiliado, al menos por su familia. La idea no solo lo aterrorizaba, tambíen lo embargaba de tristeza, ahí lo había perdido todo, ahí había memorias enterradas que estaban mejor así, hundidas en lo más profundo de su alma, siendo carcomidas por la sombra de una criatura que acechaba dentro de él.
El cigarro de su mano pronto se extinguiría, las voces de los marinos y de su compañero se habían acallado, era hora de irse. Una mano recia palmeó su hombro -Niño, ya debes irte- Resonó la voz ronca del capitán, que lo miraba con cierto aire lastimero.
-¿Eh? Ah… Sí, lo sé- Contestó sin voltear a verlo, el mar había atrapado toda su atención como si lo invitara a quedarse, pero era inutil, había más peligros bajo esas aguas que en las tierras belgas. Un último suspiro abandonó su aliento, combinado con el humo del cigarro y el vaho de la mañana fría, antes de levantarse y sin más, darse vuelta dispuesto a bajar del barco.
Buscó a Benjamin, asomando su vista a lo largo del puerto para encontrarlo sentado en un a banca.Se acercó sin prisa, se veía cansado, algo maltrecho, pero definitivamente mucho más fuerte que antes, como si el viaje y el trabajo hubieran cambiado algo dentro de él, incluso se veía ligeramente más maduro, al fin reflejaba sus 21 años, y con el pañuelo de su padre en la cabeza y el parche en su ojo, cualquiera lo hubiera confundido con un pirata.-¿Tienes hambre?- Preguntó sarcastico, conocía el estomago de Benjamin, y sabía bien que si tuviera la oportunidad, lo devoraría en ese mismo momento.
Lo realmente agradable ocurría en ese momento. Su país, su nación, no iba a negar que estaba motivado y con una sonrisa por encontrarse ahí, lo cierto es que amaba su nación, era una verdadera lastima que no pudieran estar ahí por mucho tiempo.
Kuroh se demoraba lo suficiente como para aburrirse, recargó la espalda en el respaldo de la banca metálica y fría, colgó su cabeza para ver las estrellas, ahora las reconocía, había aprendido en tres semanas varias cosas acerca de los astros. Mejor dicho, las había aprendido para usarlas de guía. Tres semanas y como era que su vida había cambiado. Extrañamente en tierra se sentía más perdido que en el agua ¿Qué sería de él ahora? Por muchos kilometros que viajes, los sueños de años no se borrarán. Haber cuidado a esos hombres de la fiebre le hacían sentir más mortificado y ahora no sabía si los años de estudio sirvieron de algo o si de ahora en adelante sin documentos, sólo se dedicaría a cuidar ancianos … no, en realidad ni a eso podría aspirar, ahora él, era un errante, no podía tener algo tal como un empleo o un hogar, tendría que vivir de ahora en adelante huyendo. Cerró los ojos, no quería ver ya a sus guías.
Los ruidos del andar de Kuroh le hicieron voltear, ese chico, sus errores y tragedias cabían todas en ese muchacho, todas sus ideas, inclusive todas sus creencias se fueron por las cañerías cuando lo conoció. Benjamin, el medico, ateo, con sueños de un premio novel y dejar su nombre grabado en la historia de la medicina… ah, sí, todo eso, se fue en cuanto esa pupila carmesí se atravesó con su mirada. Cada que lo veía y estaba con él, sus emociones se volvían de lo más extrañas, dejando al criterio del lector como tomar las siguientes oraciones. Benjamin creía que Kuroh era guapo y se había puesto mucho mejor después del viaje, era la única criatura en la que confiaba lo suficiente como para dejarlo dormir en su cama, que le viera en su etapa más indefensa, o inclusive dejarle cocinar para él, que para una persona como Benjamin, eso era la prueba máxima de confianza. Y aún después de eso, si se le diera la oportunidad de volver a su vida normal, que si le dieran la oportunidad de trabajar en Oxford, o en Harvard y además tener su Novel a cambio de la muerte de ese muchacho, sin duda lo haría. Pero eso no pasaría, no hay manera de poner la palanca en reversa y él era todos sus errores, por ende, Kuroh podría disfrutar (Si a esto se le puede llamar disfrute) de la compañía de un amargado como Benjamin. Se sacó los lentes de sol y los guardó en el bolsillo de su camisa. Se puso de pie y le contestó en francés.
-Oui
Bonita madrugada, tan llena de neblina. Es normal teniendo una enorme masa de agua detrás.
-Sí, bien, no esperaba que hubieras aprendido algo de francés en tres semanas. Así que intenta hacerlo.
Benjamin sabía a donde dirigirse, si bien rara vez había pisado el puerto de ese lugar, y que apenas y lo recordaba, sabía leer las indicaciones cuando te sugerían la estación de trenes. Comerían camino a la estación de trenes en cuanto abrieran algo. El puerto estaba vivo, personas por dondequiera traspasando cajas de pescado, limpiando tripas y demás. Dos chicos con maletas eran raros ahí.
Último vistazo a los trabajadores y el mar, era tiempo de olvidarse de aquello y continuar su camino. La mano extendida del capitán llamó su atención, era como si les deseara buena suerte, como si entendiera que la travesía por delante de ambos era mucho más complicada que un viaje en un barco mercante, si se permitía pensarlo, inclusive llegaba a imaginar que sabía el destino que les aguardaba. Aquél viejo hombre de mirada pesada, aspecto sucio, con su barba y cabellos teñidos de blanco siempre le había dado la impresión de ser más de lo que aparentaba, como si hubiese vivido miles de años y conociera todas las historias de todos los pueblos, y de todas las personas. Funesto fruto de la vida en la mar. Con un gesto similar, se despidió una vez más de él.
Puso pies en marcha para alcanzar a Benjamin. A pesar de que no eran los únicos en el puerto, a él le parecía que el eco de sus pasos resonaba mucho más que el barullo de los mercantes, y cada uno atraía una mirada nueva, una penetrante mirada que solo los juzgaba. Ellos, furtivos desterrados de cualquier tierra, no había lugar en este mundo para ninguno de los dos y todo era culpa suya. Y ahora sentía ese peso caer sobre sus hombros. Si bien no había ninguna mirada sobre ellos, si bien nadie los conocía, y a nadie le interesaba su presencia, la culpa volvía a embriagar su conciencia, y con ello, la inquietante memoria de sus crímenes, y que la persona más afectada por todo aquello, no era precisamente él, sino Benjamin. Él era el único que tenía un futuro planeado, un camino que seguir, y ahora todo se lo había devorado la bestia de sus entrañas. Incontables veces había querido quitarse eso de la cabeza, después de todo, quien lo había liberado había sido él, quien tenía que enfrentar una maldición por culpa de su soberbia era él. Pero de ser sincero consigo, jamás lograría quitarse ese peso.
Pero el tiempo ya no les permitía conmiserarse a ninguno de los dos, no estaban en condiciones de sentir o intercambiar culpas, o de pensar en viejos propósitos, para el momento, parecía mucho más importante conseguir algo decente qué comer. Le impresionaba la capacidad de Benjamin para mantener la calma, considerando que llevaba tres semanas sin que algo bien preparado tocara su boca, además de que difícilmente podría considerarse comida al pescado a penas cocinado y el engrudo que servían en el barco; nutritivo, sí, pero el sabor era tan insípido que se sentía como plástico, o algo peor. ¿Cómo Benjamin había conseguido sobrevivir todos estos días? En el lado contrario, Kuroh no sentía ninguna especie de problema con comer lo que fuese, tras todo lo que había pasado, con comer le resultaba más que suficiente. Se empezaba a ver el paso del tiempo en el cielo, más al parecer al resto de los habitantes eso no parecía importante, lo más probable es que la mayoría de ellos estuvieran cómodamente ocultos en sus camas, esperando a que el sol se colocara bien en el cielo, para ellos todavía sería de noche, aunque ya se asomara un leve destello de luz diurna. Por ende, los comercios estaban cerrados, nadie querría salir a alimentar un par de vagabundos con dos maletas a cuestas -No creo que haya algo por aquí- murmuró para sí, escaneando el puerto con la mirada por si alguna luz se encendía. Nada, lo más probable sería seguir hasta la estación y esperar encontrar algo de camino.
En otro costado del puerto, una farola iluminaba tenuemente la puerta de una cafetería, una campanilla resonó al momento en que una señora de avanzada edad abría la puerta, y lanzaba el agua espumosa de una cubeta, y barría esmeradamente la calle que rodeaba el establecimiento. Podría tener los cabellos ya blancos, pero era obvio que la mujer se sentía mucho más joven de lo que era, se movía ágilmente al barrer, a pesar de la hora y el frío. De la misma puerta salió un jovencito de unos 11 u 12 años, con el rostro somnoliento y sosteniendo otra escoba. El niño apenas daba dos pasos y perdía por un momento la conciencia, recargado en el palo de la escoba, siendo despertado por la mirada fulminante de la anciana o un salpicón de agua enjabonada. Kuroh y Benjamin iban pasando por ahí en frente cuando llamaron la atención de la vieja ¿Serían sus aspectos de cansancio? ¿Sus cuerpos caídos? No lo sabía, pero para cuando se dio cuenta, los estaba llamando, o al menos eso creía, pues no alcanzaba a comprender ni una sola palabra que emitía. -¿Es a nosotros?- preguntó a Benjamin con curiosidad, se atenía a que él conociera el idioma, después de todo, era su tierra natal.
Había mucha humedad en el aire, se podía oler en el airé que no sólo olía a mar sino que también había tierra húmeda y charcos por el suelo, había llovido durante la noche, es decir, más tarde, de hecho hubo un par de problemas para desembarcar. Sus pies de vez en cuando ignoraban los charcos por ser pequeños y sonaban igualmente bajo él y las ruedas de la maleta. Como es de esperarse, Benjamín no sintió la nostalgia de haber encontrado un lugar para estar cuando tuvo que bajar del barco, ni tampoco iba extrañar la vida del mar o si quiera a cualquiera de la embarcación, de hecho, despreciaba eso poco más o poco menos que estar en la tierra, en el mar se sentía prisionero, de primera vista puedes decir que era una embarcación gigantesca, como un centro comercial, pero ¿te imaginas lo que es recorrer el mismo edificio por tres semanas? Ya estaba engorrado de todo eso y pisar su tierra y escuchar a los nativo hablar e intercalar Flamenco con Francés le hacía sentir mucho mejor, era ver una variedad después de la rutina fastidiosa. Sin embargo no podía quejarse, comer lapas era lo de menos cuando se trata de salvar tu pellejo. Se metió una mano en el bolsillo, hacía frío, y era la única manera de que no le temblara la mano.
Al recorrer las calles pasaron de ser un mercado a ser algo más grato para la vista, casas privadas, algunos perros ladraban desde adentro de sus casas conforme ellos avanzaban y Benjamin no supo describirlo pero entendía un poco más su ladrar, no le sonaban como palabras tal cual, pero les entendía nerviosos. Él suspiró con fastidio, comprendió que no sólo le desagradaban los humanos si no que si antes no tenía un odio en específico a los animales era porque no podía comunicarse con ellos como con una conversación. Así que al cruzar la calle y escuchó de nuevo la voz de Kuroh se desconcentró por completo. No estuvo seguro de qué responderle hasta pasados un par de segundos, su cerebro necesitaba que pasara toda esa información por su departamento de “Presta atención”. Se giró para ver a la mujer entrecerrando los ojos y procesando en que idioma le estaba hablando, finalmente asintió como respuesta a Kuroh.
-Ven y repite.
Titubeó un poco, después inspiró para ir con la señora quien hablaba en neerlandés. Bélgica tenía cerca de tres idiomas pero estos se hablan por zonas, la mayoría de los habitantes son bilingües y esto no tiene nada que ver con el idioma inglés, ya que aprender este idioma vendría ya más como opcional y no como obligatorio, digamos que por la calle no se suele escuchar personas hablar en inglés, lo más común es escucharlos hablar en francés belga o en neerlandés (O Flamenco, mismo idioma, diferentes nombres, parecido al holandés), el neerlandés es el que se habla en el norte del país, es decir donde ellos dos estaban.
-Goedemorgen –Exclamó en flamenco para saludar, el flamenco sonaba con un acento parecido al inglés, pero definitivamente que las palabras no eran las mismas, era como escuchar el italiano para quien habla español.
La cafetería lucía humilde pero preciosa y eso que aún apenas estaban acomodando las sillas que las habían puesto invertidas sobre las mesas para que pudieran limpiar. Las calles estaban casi desiertas, pero tras de ellos comenzaron a cruzar algunos autos particulares.
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Un automovil pasando detrás de ellos alteró la relativa calma del muchacho, estaba tan perdido en la imagen que tenían delante de ellos que el ruido había resonado en su cabeza con mayor intensidad de lo que en realidad había sido, una de aquellas cosas que toman por sorpresa a los distraidos. El ruido le había tomado por sorpresa de tal forma que cuando volvío su atención a Benjamin, él estaba dos pasos por delante de él, avanzando hacia la señora.
-¿Pero qué hace?- Así se tratara de una señora en apariencia amable y cordial, no podían darse el lujo de confiar tanto en la gente y mucho menos en desconocidos. Por lo que a él respectaba, ella y el niño podrían ser cualquier criatiura disfrazada, dispuesta a atraparlos. Antes de si quiera dar un paso alzó ligeramente la cabeza y percibió el aire a su alrededor, en busca de señales, la más minima particula de olor que delatara algun peligro. Nada, todo lo que había en ese puerto eran comunes trabajadores, pescado, el salado aroma del mar y una vieja nativa preparandose para un día de trabajo. Solo entonces el lobo bajó la guardia y fue tras de Benjamin, a paso lento y a penas sonoro, le temblaban las rodillas, más por la debilidad del hambre que por el frío.
-G-g-good morning- Era obvio que el chico no entendía una sola palabra del idioma, y evidentemente, aquello era lo más cercano que había entendido a lo que conocía. El chico podía hablar perfectamente danés e ingles, pero cualquier otro idioma era completamente desconocido para él. El saludo alertó a la mujer, quien analizó al muchacho con su mirada añeja ¿Qué pensaría de él? Prefirió quedarse detrás de Benjamin y dejar que él hablara, seguramente sería lo mejor. -Tú habla con ella...- dijo en voz queda a Benjamin. -... no me voy a arriesgar a meter la pata- Era obvio que la señora había intimidado al muchacho.
















