«Un texto, a pesar de que pretenda declarar y afianzar su objeto, siempre podría a la vez tratar de otra cosa, de algo otro que, sin como tal, no podría ser ya cosa sino una suerte de don, o de gesto. Tal su chance. Al afianzar o al urdir una trama, quizás podría estar en deuda con otra, y quedar en situación de insolvencia, de quiebra o de ruina, de manera que, sin embargo, no pueda más que escribir en y a partir de esta especie de hundimiento. La llave de un texto podría encontrarse, quizás, en otra suerte de clavícula (de clavis), palabra que significa también llavecita y que no es tal sino por juntura –esternón, omoplato–y que podría pronunciarse justamente por gestos, por ejemplo, proyectándose en corona, manos abiertas, hasta el lecho ungueal. Un texto, pues, pretendiendo inscribirse en la tarea del traduciente y, así, declarando si no acometer al menos rodear la re-traducción de los nombres quizás no pueda más que deponerse ante la tarea del ojo, tarea elegante, generosa. Todo clavis, si puede decirse así, todo aquello que pretende estar cerrado en su enclave, estaría desde ya diferenciado por el juego de su clavija, como si la cintura escapular fuese también especular y espectral»

















