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pasos de calma con dirección al comedor de los empleados en un horario fuera de lo normal, totalmente acorde a la situación que rondaba palacio y, por supuesto, su mente. una libreta más que usada sostenida entre el par de dígitos izquierdo, la vista cansada enfocándose en su propia caligrafía, ilegible para muchos, poco refinada en los años de educación obligatoria. los dedos que sostenían un bolígrafo ordinario avanzaron hasta el puente de las gafas, subiéndoselas, precisando de ellas para lectura o cuando la vista lo traicionaba. tachó de mala gana un par de escritos del papel, pues la lista de tareas creada en la mañana parecía más ilógica que nunca. en medio de su revisión, cierta voz alcanzó su panel auditivo. “¿no queda café? ” cuestionó, obligándose a fijar la visión en la receptora, reconociéndola poco después. “ oh, eres tú ” suavidad escapó de sus labios, acercándose a fin de revisar de primera mano en el estante del café que, evidentemente, no quedaba. parecía haber sido más demandado que nunca tras los últimos acontecimientos. esclerótica quedó en blanco, cayendo en la evidencia de un desagrado difícil de ocultar. “ no sufro de los nervios, de hecho estoy luchando por no quedarme dormido mientras hablamos — quizá… ¿té verde? ” casi para sí, hablando mientras revisaba su lugar correspondiente. el desenlace, desalentador: “ tampoco queda ”
Apenas asciende la mirada cansada, mas le basta y le sobra para reconocer de quién se trata. La memoria no falla (si es que acaso lo hace, las veces podría contarlas con los dedos de una sola mano), y quizá hasta desearía que lo hiciera, en determinadas ocasiones, de tanto en tanto, porqué no, pues después de todo, ¿quién ha dicho que recordar es bueno? Se siente un poco como el peso de una condena, el no olvidar. “Ah, tú, mitología. Hola.” El vestigio diminuto de una sonrisa de complacencia no tarda mucho en hacerse presente sobre los labios, típico en ella cuando se sabe ganadora de antemano. Con tanto tiempo transcurrido dentro de las paredes del palacio, conoce sitios secretos, o más bien, sitios que ha hecho secretos para sí misma, para que el ruido no le encuentre cuando la busque. “Error. Intenta de nuevo. Armario de al lado, frasco rosa, justo al fondo. El agua aún está tibia, por cierto.” Nombra monocorde, cosa por cosa, recordándolas de memoria, como quien ha repetido el acto muchas veces y ya fuera simple costumbre. “¿Tienes planeado rejuvenecer unos cuantos años? Ya sabes, beneficios antioxidantes para contrarrestar todo este ajetreo.” ¿De qué otra forma podría llamarlo? ¿O debería llamarlo por su nombre sin dar vueltas? Con que ataque rebelde, piensa, volteando páginas con desinterés hasta detenerse de golpe, porque le abofetea la realidad. No una mentira que se hubo inventado para salvarse el propio pellejo, sino la verdad, o el espectro de su hermana, qué más da, si son la misma cosa. “¿Podrías avisarme antes de que te caigas dormido? ¿O decirme tu nombre, al menos? Así dejaría de verme en la obligación de llamarte peso muerto cada vez que te encuentro.”












