Aparenta en el día, que en el tiempo se han esfumado los momentos, en que se disfrutaban la belleza de los colores que atravesaban mis pupilas, como si el suave frío del viento que chocaba con mi frente, cuando miraba a una nube pasajera, se hubiese vuelto inapreciable e imperceptible.
No siempre esa carencia fue presente en mi vida, solían exaltarme las conversaciones rutinarias y superfluas con mis compañeros de clases los miércoles por las mañanas, solía emocionarme que mis ojos chocaran con los de ella y me sentía poderoso en nuestras discusiones de una vida no vivida, como quien pudiese juzgar una experiencia ajena, y sin embargo, era tan fuerte como mirar directo al sol, estaba tan vivo como las voces combinándose desordenadamente en el ambiente, pero vivo al fin de cuentas, real.
Como la vida sigue sin poder capturarse en un momento perfecto, y el cambio es inevitable, y solo se adapta el que la circunstancias le permiten tener el corazón más libre, más blando, más maleable; todo se fue y todos con el.
Y en las nuevas experiencias se me presentó un mundo que existe dentro del mundo, en otro plano, al que no se puede alcanzar con mirar, con sentir, con oler ni con tocar. Y me sentí privilegiado de las sensaciones, me creí más sabio y más hondo en la mente, y me engañó la ficticia creencia de sentir que la realidad estaba apagada, que alguien había adormecido al ser humano, y el mismo, en su evolución y en su “inteligencia”, encontró la forma de encenderlo de nuevo, y así parecía, y así los creyeron los que estaban conmigo.
Pero después vino el fenómeno inadvertido, escabullido en el desprecio de la cotidianidad, en el aborrecimiento de una realidad desmaquillada, de lo que era la vida real.
Las ilusiones me abrazaban suavemente, La Paz momentánea me cantaba y me enseñaba, y nunca antes el arte había sido tan bella, ni los sentimientos tan reales como las palpitaciones aceleradas de mis pensamientos pulsatiles, de las ráfagas extasiadas de momento, de sensación, de epicidad.
Y surgieron entonces las interrogantes, ¿porque se habían ido los momentos felices? ¿Porqué esos planos eran inalcanzables sin las fórmulas de la alquimia clandestina?
Las primeras impresiones fueron las lógicas, algo en mi mente estaba torcido desde el principio, algo desde antes había salido mal y me había apagado, me habían privado de la felicidad. Pero afortunadamente el hombre inventó la forma de hacerle trampa a la naturaleza, y de sofocar el castigo de no poder sentirme, como cuando explotaba con químicos los lugares correctos de mi cerebro.
Pero era mentira, me había tragado en mis carencias la falacias del mundo, que como yo, solo quería sentir, la soledad fomentaba mi intranquilidad, y la ansiedad me empujaba al ciclón tórpido de lo ficticio.
Y la belleza siempre estuvo ahí, los colores penetrantes de las flores, los olores asfixiantes del ambiente, los murmullos en el viento de las conversaciones casuales que antes disfrutaba. Simplemente, estaba cegado en la creencia de mi propia estupidez, adicto a la falsedad, era prisionero de mis propias ilusiones, buscándolas como un hambriento, con el miedo de que la vida se me terminase sin experimentarla, sin exprimirle al máximo su jugo.
Y la vida era lo que pasaba justo al lado, aparte, mientras yo había quedado prisionero de mis propias mentiras.