TRACK 06 — KATAIGÍDA.
Locación: Helisperos.
Fecha y hora: 17 de julio de 2026, pasado el mediodía.
Código de vestimenta: Ropa cómoda, impermeables y calzado antideslizante son recomendables para quienes deban salir de casa.
Clima: 25 °C máx, 19 °C min. Fuertes rachas de viento y lluvia persistente.
“Bending like a willow when a storm is brewing.”
La expectación se ha convertido en un tema recurrente entre las calles de la isla. Los rumores sobre el misterioso evento organizado por el ayuntamiento crecieron con cada preparativo visto en el puerto y se confirmaban con cada estructura que, poco a poco, fue levantándose durante los días previos. El ayuntamiento se ha mantenido hermético, pretendiendo una normalidad que nadie ha creído, a pesar de los intentos por desviar la atención.
La fecha permanece marcada en más de un calendario dentro de las oficinas del Dimarchío; el diecisiete parece ser el día elegido para presentar, por fin, la tan esperada sorpresa. Sin embargo, el amanecer les recibe con un cielo grisáceo, una rareza para los veranos de Helisperos, que oculta por completo el habitual azul y dorado de la estación. El aire, normalmente cálido y ligero, se vuelve pesado; el mar permanece inmóvil, a la expectativa, esperando algo que solo los habitantes veteranos son capaces de comprender.
Los pescadores son los primeros en percatarse, acostumbrados al comportamiento del océano antes que cualquier meteorólogo. Ninguno se aventura mar adentro, asegurando sus embarcaciones con precaución y con más nudos de lo habitual. Los mayores empiezan a cubrir sus ventanas con cintas y maderas viejas. Los toldos de los comercios son resguardados uno tras otro, mientras el viento empieza a acelerar su recorrido en las estrechas calles de la Chora con un silbido que cada vez se vuelve más insistente.
No pasa demasiado tiempo antes de que la llovizna se transforme en un incesante aguacero, obligando a cerrar ventanas, asegurar macetas y colocar recipientes bajo las goteras. Las gotas golpean los tejados de piedra y los árboles empiezan a inclinarse, sometidos a la fuerza del viento. En la playa ondea una bandera roja, invitando a la población a mantenerse alejarse de la costa.
Las radios y parlantes de la isla transmiten la voz de Andreas, quien anuncia la llegada de la tormenta y solicita tomar precauciones para la protección de hogares y comercios:
“Se solicita a residentes y turistas permanecer en sus hogares o buscar refugio en establecimientos. El acceso a las playas, puertos y embarcaciones está suspendido hasta nuevo aviso. Quienes necesiten material para proteger sus hogares podrán acudir al ayuntamiento, y quienes deseen colaborar serán recibidos por Dimitra en las oficinas del Dimarchío. Se pide de la manera más atenta no salir salvo que sea estrictamente necesario. Se esperan cortes de luz y suspensión de las líneas telefónicas e internet. Elaine se ha resguardado en un lugar seguro, no salgan a buscarla. Esperen lluvias el resto del día. El evento que se esperaba realizar el día de hoy ha sido cancelado, lamentamos las molestias. La seguridad de todos ustedes es primero.”
A gran parte del equipo del ayuntamiento se le puede ver trabajando bajo la lluvia antes de que el viento aumente su velocidad. Las estructuras levantadas durante los últimos días se desmontan apresuradamente, en la medida de lo posible, para evitar daños mayores.
Conforme la tarde avanza, la tormenta termina por afectar el suministro eléctrico. Algunos barrios terminan completamente a oscuras; en otros, la electricidad va y viene por lo que parecen horas. La señal del internet desaparece en su totalidad y el ferry del día ha sido suspendido, de modo que no hay forma de abandonar la isla... o acceder a ella, como estaba previsto para varios invitados.
Sin música en la plaza, sin conversaciones entre los callejones y con las calles prácticamente vacías, Helisperos parece una isla desierta. Esto contrasta con la vida que se asoma desde el interior de las casas.
Las velas danzan detrás de los ventanales y linternas pasan de unas manos a otras entre vecinos. Algunos abren sus puertas para ofrecer cinta, madera, comida o simplemente compañía. Otros renuncian por una noche a las ganancias y convierten sus negocios en refugios improvisados para cualquiera que lo necesite. No falta quien termina organizando una cena comunitaria alrededor de una mesa iluminada por la luz de las velas.
La calidez que parece faltar en el exterior se extiende de hogar en hogar. La tormenta, como otros momentos difíciles en el pasado de Helisperos, terminará por pasar. Entre velas, puertas abiertas y manos dispuestas a ayudar, la isla vuelve a demostrar que siempre hay motivos para reconstruirse.













