Te grito que te calles, que no quiero escucharte y tú sólo te limitas a alzar la voz diciendo cualquier cantidad de oraciones estructuradas que en realidad no llegan a nada, no significan nada y sólo romantizan nuestros problemas. Cállate, te digo, cállate que odio tu voz, que odio la forma en que respiras agitado cuando te alteras e intentas expresar tus ideas. Odio como intentas resolverlo todo con palabras rebuscadas que parecen bonitas pero en realidad no tienen significado alguno. Te odio a ti y a todos los que alguna vez dijeron que hacíamos bonita pareja, que éramos la imagen idealizada de las relaciones perfectas. Maldita sea, maldita sea, voy repitiendo mientras salgo de nuestro bonito departamento en algún lugar de Caracas, perdido entre los escombros de una ciudad que una vez fue nuestra confidente, nuestro refugio en el que sólo follábamos y nos decíamos cuánto nos queríamos.
En el metro escuchaba tu voz aún, escuchaba tus gritos en mi cabeza y se me revolvía el estómago, me daba asco el tono ronco de tu voz, la forma en que mandibuleabas al hablar y como tu voz se hacía cada vez más grave en la medida que te ibas molestando. Las puertas corredizas del metro se abrieron y la voz orgásmica angelical que salía de los parlantes mencionó la estación que era mi destino. Salí tan deprisa que no me di cuenta de la señora regordeta que planeaba salir también, por lo que la empujé y quedó girando en el suelo como un trompo, razón por la que me llevé varias maldiciones (merecidas) de las personas que posteriormente intentaban levantarla. Subí corriendo las escaleras sin detenerme a respirar. Al salir por fin del bullicio de gente que se arremolinaba cada día en el subterráneo escuché el sonido de mi celular en el bolsillo trasero de mi pantalón, no tuve que ni siquiera verlo para saber que quién llamaba eras tú. Anteriormente hubiera atendido y escucharía tus hermosas palabras llenas de un amor tan sincero que me hacía llorar. Pero esta vez me limité a seguir mi camino.
Llegué por fin a la casa de mi amiga, que me hizo pasar haciendo caso omiso de la expresión de mi rostro. Algunas veces después de dar tantísimo amor, mencionó después de un rato en un silencio casi eterno, no hay mucho más que dar. La miré en silencio intentando buscar una justificación a mis acciones, pero había dicho lo indicado y me había dejado sin argumento alguno. Al ver que no respondía añadió: él está aquí, llegó hace veinte minutos. Te está esperando en el patio trasero. Solté un par de blasfemias en voz suficientemente alta. Debí imaginarlo, culminé frustrada, él me ama más de lo que yo quisiera.
Cuando te vi sentado junto al árbol de trinitarias más bonito del mundo casi volví a emocionarme. De un salto te pusiste de pie al percatarte de mi presencia, sin embargo al llegar junto a ti, sin decir nada, me senté. Tú hiciste lo mismo. Casi vuelves a cagarla intentando hablar y disculparte de aquella manera tan irritante, poniendo tantas palabras hermosas, adulándome innecesariamente con palabras que jamás había escuchado y haciendo un poema con nuestras malditas desgracias. Cállate y escúchame, solté bruscamente interrumpiéndote, te odio. Ya no te quiero ni un poquito, te has vuelto repugnante para mí. Eres el hombre perfecto más imperfecto que conozco, ojalá nunca te hubiera conocido, ojalá nunca me hubieses salvado de mí misma y ojalá nunca me hubiera enamorado de ti. Me arrepiento, pero es en vano porque míranos, estamos aquí, ya pasó todo. Ya tiramos cada maldito día, ya nos dijimos cada maldito te amo que teníamos en nuestras reservas. Ya no me queda amor ni para ti, ni para mí, ni para nadie más. Nos apasionamos tanto el uno con el otro que se nos olvidó que existíamos. Odio a todos los malditos poetas, y tú eres uno. Y odio a todas las malditas musas, y yo soy una. ¡Y ODIO TODOS LOS MALDITOS POEMAS! Y somos uno.
Rompí a llorar, me abrazaste y besaste mis lágrimas. Al final terminamos follando bajo el árbol de trinitarias, que un día años después simplemente fue cortado y quemado. Sin embargo nosotros seguimos en ése horrible poema que al final fue convertido en una canción feísima que no soportábamos escuchar pero que se reproducía una y otra vez en nuestro departamento en algún lugar de Caracas. Nunca dejamos de odiarnos, ni de follar, ni de gastar cada maldito te amo.