El décimo minuto.
Últimamente me doy cuenta que ese dolor no estaba tan apagado como yo pensé. Creí que lo tenía un poco asumido, pero ni eso. Pensé que era cuestión de tiempo, pero todo lo contrario, el tiempo lo tremendiza más todavía, y hay veces que se vuelve insoportable. Recuerdo situaciones donde quisiera estancar mi mente ahí y dejarla varada por unos cuantos milenios para poder entender y aprender de eso. Quisiera liberarme de toda la culpa que cargo y poder volver a ciertos lugares. Quisiera poder visitarte sin sentir que no lo merezco ni un poco. Cada tanto me acuerdo un sueño que tuve: aquél garage que quedará en mi memoria hasta lo último, una tarde como las del 2008, levantándose el portón, y vos ahí parado. Yo corriendo a tus brazos y vos envolviéndome en ellos, como si ya supieras todo; como si me hubieses estado leyendo todo este tiempo; como si me hubieses visto llorar a escondidas; como si hubieses escuchado mis disculpas; como si no te tuvieras que ir cuando abra los ojos. Hace poco me preguntaron qué haría si tuviera diez minutos con vos, y no supe qué, ni tampoco quise pensarlo. No estoy preparado para diez minutos. Y en el décimo minuto, ¿qué?












