¡Feliz cumpleaños, Licensed to Ill!
El 3 de junio de 1986 estaba sentado junto a mi abuelo para ver un partido del Mundial de futbol que se celebraba en México. Con solo ocho años, un overol de mezclilla y unos muñecos de He-Man en la mano, poco entendía de qué iba aquel cotejo con el que mi querido viejo renegaba y manoteaba cada cinco minutos (después me enteré de que fue un México vs. Bélgica histórico).
Una vez que el aburrimiento me vencía, mejor dejaba solo a mi abuelo y me dirigía a la sala, donde mi tío Guillermo tenía una tornamesa Technics, algunos otros módulos de audio, un par de bafles impresionantes –que medían de alto lo mismo que yo– y un mueble donde guardaba discos.
Al azar sacaba algún vinyl, lo colocaba sobre la plancha y le dejaba caer la aguja. Tampoco sabía lo que estaba escuchando; en realidad, lo que me gustaba era observar cómo aquel disco daba vueltas iluminado por un sensor rojo (después me enteré que estaba sonando el “Camouflage” de Rod Stewart).
El asunto es que, mientras todo eso sucedía en mi mundo, tres ‘weyes’ de Nueva York, mejor conocidos como Beastie Boys, sacaban un disco que convulsionó al mundo de la música y que me cambió la vida para siempre cuando lo descubrí en 1991.
Cómo era posible que, cuando todo el mundo aún tenía la resaca de la ‘Disco Era’ y estaban entrando a una fiebre por el metal en su más cruda expresión, estos cabrones tuvieron el atrevimiento y la capacidad de mezclar punk con hip hop, rap y una pizca de house.
Para el 15 de noviembre de 1986, el disco ‘Licensed to Ill’ ya estaba en las calles y le empezó a ‘volar el cerebro’ a todos los que creían que solo un afroamericano podía producir este tipo de cortes. Los Beastie Boys le estaban declarando “la fiesta” a todo el planeta.
Adam Yauch, Mike D y Ad-Rock anteriormente ya habían experimentado con el country y el punk, pero toda esa creatividad que desbordaban requería de una válvula de escape aún más poderosa que una guitarra con distorsión. Aquellos tipos, además de ser brillantes, carismáticos y talentosos, tenían una ganas incontrolables de echar desmadre.
Y si ‘Licensed To Ill’ (Def Jam Records) quedó como una obra de arte y la mejor carta de presentación de esa maravillosa tercia, también fue gracias a la mano de Rick Rubin, el hombre barbado que ya está exento de cualquier crítica u observación. Difícilmente alguien podría igualar su aportación a la música (y vaya que Pharrell Williams pelea con fuerza).
Esta obra maestra de Beastie Boys hoy cumple 30 años de haberse publicado y, al escucharlo, vaya que me inunda la nostalgia y me remueve las entrañas por pensar en los viejos tiempos cuando nada cobraba tanta importancia y donde mi cabeza sufrió una revolución irrepetible.
Pero también recuerdo bien que los chicos de Nueva York también me rompieron el corazón un par de veces: La primera fue en el año 2000 cuando anunciaron un concierto en México. Una ex novia me sorprendió con los boletos y, cuando los tuve en la mano, no podía creer que estaba a punto de verlos en vivo. Desgraciadamente todo se vino abajo: Mike D sufrió un accidente cuando viajaba en su bicicleta por las calles de Brooklyn.
Ya en 2011, “firmé” un pacto de amistad con un buen carnal. Los dos prometimos que, al año siguiente, viajaríamos a la ciudad que fuera de Estados Unidos con tal de ver a los Beastie Boys en vivo. El 4 de mayo de 2012 Adam Yauch perdió la pelea contra el puto cáncer y esa ha sido la única vez que realmente me sentí triste por la muerte de alguien tan lejano a mí, físicamente hablando.
En fin... los Beastie Boys vivirán para siempre.














