Tengo cicatrices en las manos, si, y también marcas de batalla sobre la piel; pero sobre todo crecen donde nadie mira, en el silencio
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Tengo cicatrices en las manos, si, y también marcas de batalla sobre la piel; pero sobre todo crecen donde nadie mira, en el silencio

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 Ya no somos los de antes. Que va. Aquellos murieron hace mucho tiempo. Murieron pagando cuotas, y trabajando los domingos, vendi
ÂżCĂłmo mantener la calma si en mi cabeza eres un Red Bull desbordado, un pulso acelerado en las arterias que aprende a doler como si f
Los nombres que me dieron. AnatomĂa de un desconocido
La noche habĂa entrado en mi cuarto como entra el agua por una grieta, despacio, en silencio, sin pedir permiso... No encendĂ la luz. No. PreferĂa la penumbra, porque en la oscuridad los objetos no piden un nombre, y yo llevaba demasiado tiempo ya sin saber cĂłmo llamarme.
HabĂa dĂas en los que me miraba al espejo y no reconocĂa ni siquiera la forma de mis propios ojos. No era una cuestiĂłn de rostro, sino de fondo. Como si tras la piel hubiera alguien que se hubiese marchado hace años y hubiera dejado la casa abierta, las ventanas chocando con el viento, las fotografĂas arrugadas sobre los viejos muebles.
La gente, sin embargo, parecĂa tenerlo claro.
Siempre habĂa alguien dispuesto a explicarme quiĂ©n era yo.
Eres frĂo, decĂan. Eres demasiado sensible. Eres arrogante.
Eres débil. Eres bueno, pero te escondes. Eres falso. Eres triste.
Eres complicado... eres, eres y eres. Solo decĂan, ellos no se definĂan.
Eres exactamente lo que ellos necesitaban que fuera para justificar su propia distancia.
Me miraban dos minutos y dictaban sentencia, como si el alma tuviera instrucciones visibles en la frente. Como si bastara una conversaciĂłn en una cafeterĂa, una sonrisa mal colocada, un silencio en el momento incorrecto, para conocer la arquitectura entera de una persona.
Y yo, que llevaba años viviendo dentro de mĂ como un extranjero sin papeles, como un apĂĄtrida, observaba aquello con una mezcla de ironĂa y cansancio.
Qué extraño ¿no?
Los hipĂłcritas me describĂan con seguridad, los infames me reducĂan a una anĂ©cdota, los falsos me inventaban versiones mĂĄs cĂłmodas de soportar. Todos parecĂan saber quiĂ©n era yo, excepto yo.
QuizĂĄ por eso aquella noche no me sorprendĂ del todo.
DespertĂ© âo creĂ hacerloâ con la sensaciĂłn de que alguien respiraba en la habitaciĂłn. El aire tenĂa un peso distinto, como si la oscuridad estuviera llena de cuerpos. Me incorporĂ© lentamente, todavĂa con el corazĂłn atrapado entre el sueño y la vigilia.
Y entonces los vi.
 La noche habĂa entrado en mi cuarto como entra el agua por una grieta, despacio, en silencio, sin pedir permiso... No encendĂ la luz. No.

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  ZarpĂł creyĂ©ndose destino,  con los mĂĄstiles erguidos  como catedrales que desafĂan al viento. Cada barco llevaba un sueño amarra
Bajo el mĂĄrmol pulido del Congreso, bajo el discurso limpio y bien planchado , ruge una ciudad de tuberĂas negras, el reino de las sin
Votar, pagar y callar. Ese es el credo. Zombis, borregos, ovejas obedientes, hormigas en fila, un rebaño de ciegos. De casa al trabajo,
Votar, pagar y callar. Ese es el credo. Zombis, borregos, ovejas obedientes, hormigas en fila, un rebaño de ciegos. De casa al trabajo,

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Bajo el mĂĄrmol pulido del Congreso, bajo el discurso limpio y bien planchado , ruge una ciudad de tuberĂas negras, el reino de las sin
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  Me dueles, España, como se duele lo antiguo cuando sigue vivo. Me dueles, sĂ, aĂșn, todavĂa, despuĂ©s... España: adverbio de cuĂĄnd

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Los nombres que me dieron. AnatomĂa de un desconocido
La noche habĂa entrado en mi cuarto como entra el agua por una grieta, despacio, en silencio, sin pedir permiso... No encendĂ la luz. No. PreferĂa la penumbra, porque en la oscuridad los objetos no piden un nombre, y yo llevaba demasiado tiempo ya sin saber cĂłmo llamarme.
HabĂa dĂas en los que me miraba al espejo y no reconocĂa ni siquiera la forma de mis propios ojos. No era una cuestiĂłn de rostro, sino de fondo. Como si tras la piel hubiera alguien que se hubiese marchado hace años y hubiera dejado la casa abierta, las ventanas chocando con el viento, las fotografĂas arrugadas sobre los viejos muebles.
La gente, sin embargo, parecĂa tenerlo claro.
Siempre habĂa alguien dispuesto a explicarme quiĂ©n era yo.
Eres frĂo, decĂan. Eres demasiado sensible. Eres arrogante.
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Eres exactamente lo que ellos necesitaban que fuera para justificar su propia distancia.
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Y yo, que llevaba años viviendo dentro de mĂ como un extranjero sin papeles, como un apĂĄtrida, observaba aquello con una mezcla de ironĂa y cansancio.
Qué extraño ¿no?
Los hipĂłcritas me describĂan con seguridad, los infames me reducĂan a una anĂ©cdota, los falsos me inventaban versiones mĂĄs cĂłmodas de soportar. Todos parecĂan saber quiĂ©n era yo, excepto yo.
QuizĂĄ por eso aquella noche no me sorprendĂ del todo.
DespertĂ© âo creĂ hacerloâ con la sensaciĂłn de que alguien respiraba en la habitaciĂłn. El aire tenĂa un peso distinto, como si la oscuridad estuviera llena de cuerpos. Me incorporĂ© lentamente, todavĂa con el corazĂłn atrapado entre el sueño y la vigilia.
Y entonces los vi.
 La noche habĂa entrado en mi cuarto como entra el agua por una grieta, despacio, en silencio, sin pedir permiso... No encendĂ la luz. No.
Ulises huĂa de las sirenas -de policĂa-, con Troya ardiĂ©ndole aĂșn dentro de la cabeza. Arrastraba, prisionero, un caballo de madera carg