LA TELA BLANCA Y NEGRA.
Nunca pensé que una simple tela pudiera decir tanto.
La conocĂ una tarde cualquiera, cuando el sol caĂa suave sobre los techos del barrio.
Ella estaba en la ventana de su casa, con una tela blanca entre las manos. La sacudĂa con cuidado, como si temiera romperla.
El viento la inflaba y por un momento pareciĂł un ala, algo puro, algo que no pertenecĂa a este mundo gris.
Desde ese dĂa, la tela blanca se volviĂł mi señal. Cuando la veĂa, sabĂa que ella estaba bien.
Que la luz seguĂa ahĂ.
Nos hablábamos poco. No hacĂa falta. Su presencia calmaba ese ruido interno que nunca me dejaba en paz.
Era como si su luz ordenara todo lo que en mĂ era caos. Blanca: asĂ la llamaba en silencio, aunque su nombre fuera otro.
Pero la noche siempre trae preguntas.
Una madrugada, la tela blanca no estaba. En su lugar, colgaba una tela negra, pesada, inmĂłvil, como si el aire mismo se negara a tocarla.
SentĂ un frĂo extraño, un aviso.
El barrio estaba demasiado callado. NingĂşn perro ladraba, ninguna ventana se abrĂa. La oscuridad no era solo falta de luz; era una presencia, una prohibiciĂłn, algo que decĂa no avances.
Avancé igual.
Cada paso hacia su casa pesaba más. El miedo no gritaba: susurraba. Me hablaba de finales, de puertas cerradas, de cosas que no debĂan saberse. Cuando lleguĂ©, la ventana estaba abierta, pero no habĂa nadie. Solo la tela negra, rozando el marco, como una sombra que respira.
La toqué.
No era tela comĂşn. Era áspera, frĂa, como si hubiera absorbido todas las noches del mundo.
Y en ese instante entendĂ: la luz no se apaga de golpe; primero se cubre. Primero se prohĂbe. Primero se reemplaza.
Blanca ya no estaba.
No supe si se la llevó la vida, el miedo o algo más oscuro que no tiene nombre. Solo supe que, desde entonces, el barrio volvió a ser ruido, y yo volvà a ser caos.
A veces el viento levanta la tela negra y, por un segundo, imagino que debajo sigue la blanca, esperando volver a respirar.
Pero el viento siempre se detiene.
Y la oscuridad, paciente, vuelve a caer.






