La respuesta iluminó sus oídos, predecible teniendo en cuenta que la lengua de la fémina se defendía bien en artes que iban más allá del robo de aire— Esa es mi cama, lo tuyo es… una medida desesperada en tiempos desesperados—frase cliché siendo liberada con sílabas canturreadas, suavemente pronunciadas para concluir en una curvatura consumida por cierta diversión— Mira, Dorcas, sé de una forma de entrar en calor, pero la verdad es que este lugar no me pone mucho, deberías trabajar mucho…—nuevamente, fracasó miserablemente en el uso de la artillería seria que parecía ausente en su labia. Con un suave suspiro que parecía buscar algo de coherencia y seriedad, le observó— Pensé que también estabas temerosa por todas las leyendas que se están contando algunos—mencionó ahí, dejando que las letras se pierdan en el insoportable aire húmedo, colgando en la nada misma— ¿Crees en esas cosas tú también? —en su conciencia había minas enormes que hacer estallar para tortura personal, pero no le otorgaría el lujo a nadie de verlo en alguna faceta vulnerable, ni siquiera a la muchacha que conocía bastante bien.
Aferrándose al calor de sus prendas, hombros elevándose van drenando importancia alguna a palabras ajenas, dejando de lado aquel juego que de un momento a otro ya no le resultaba apetecible. A paso tranquilo, acercándose con calma fue hundiendo la figura ajena en marítimas tonalidades, cual si nada más importase o fuese digno de su atención, dígitos realizando trazos etéreos, labios rozando hasta llegar a una cercanía casi inexistente— Follar aquí, ahora, y contigo, sería una medida desesperada en tiempos desesperados —arrastrando hasta la última sílaba en su susurro, alejándose a pasos sin rumbo con la intención de tantear un terreno desconocido, con el miedo de que, si se mantenía quieta las voces volverían, y en esos momentos no sabía si eran reales, o simplemente estaba perdiendo la cabeza, cualquiera que fuese, preferiría mantenerse lo más alejada a la verdad.— ¿Y de qué me serviría el miedo?—una pausa, pulmones llenándose de la gélida briza, y la misma calándose hasta los huesos.— no creo en lo que los demás me dicen —y aún así sentía su piel erizarse con cada briza, víctima del constante desconcierto que la venía atacando desde que tocó terreno ajeno. Y así, como si estuviese pidiendo una señal mas, invocando a lo desconocido, sombras perdiéndose en la distancia con agilidad, murmullos irreconocibles retumbando en su canal auditivo, quejándose, cubriéndose los oidos y sin saber en qué momento la propia anatomía había terminado en el suelo.