El Monte de Piedad lleva, en memoria de una princesa pía y hacendosa que recibía a los mendigos una vez al año, el acertado nombre de Theresianum. Ya por entonces se privaba a los mendigos de lo último que poseían: la codiciada porción de Amor que Cristo les legara dos mil años antes, y el polvo que cubría sus pies. Mientras la princesa los lavaba, se enorgullecía de su apelativo de cristiana, que cada año venía a añadirse a sus innumerables títulos. Como un corazón auténticamente principesco, el Monte de Piedad alza sus muros gruesos y espléndidos, bien protegidos del mundo exterior, y se ufana de sus diferentes pisos. Concede audiencia a ciertas horas, recibiendo de preferencia a mendigos o gente dispuesta a serlo. Los visitantes se arrojan a sus pies y, como en los viejos tiempos, le entregan sus diezmos. Lo cual no es más que un decir; pues lo que para el corazón principesco es una millonésima parte, para el mendigo es una fortuna. El principesco corazón acepta todo; es ancho y espacioso, encierra miles de cámaras y un número igual de necesidades. Al mendigo tembloroso se le permite graciosamente levantarse y se le entrega, a cambio, “un regalito: limosna en efectivo. Exultante de felicidad, el individuo abandona a toda prisa el establecimiento: En cuanto a la costumbre de lavar los pies, digamos que cayó en desuso desde que la princesa sólo existe como institución. Pero en cambio se ha impuesto otra costumbre: los mendigos pagan interés por sus limosnas. Los últimos serán los primeros; por eso su tipo de interés es el más alto. Un particular que exigiera el mismo tipo de interés sería enjuiciado por usura. Con los mendigos se hace una excepción; después de todo, sólo manejan sumas miserables. Es innegable que los pobres tipos se alegran de la transacción. Acuden en tropel hasta las ventanillas y se desesperan por pagar lo antes posible una cuarta parte de la limosna que les es reclamada. Quien nada tiene, da con gusto.
Canetti, Elias. Auto de fe. (Traducción de Juan José del Solar)
















