DIVAGACIONES DE MADRUGADA O DEFENSA CONTRA EL OLVIDO
Actualizar la memoria es una defensa contra el olvido. Quizá esta sea la razón de que ahora reviva estos renglones triviales y póstumos escritos en una madrugada que ya no recuerdo con el fin de colgarlos en ese mismo instante, pero que por quedarme dormido no se publicaron y fueron olvidados hasta hoy que de casualidad los encontré.
“... al escribirlas, atesora recordatorios, para cuando llegue la edad del olvido, que le servirán a él y a cuantos hayan seguido sus mismas huellas (...) portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal”. (Fedro, Platón)
Soundtrack: "I Get Ideas", interpretación de Louis Armstrong: https://www.youtube.com/watch?v=65d84dRWrIQ&list=RD65d84dRWrIQ#t=7
2 de junio de 2015
Las tres de la mañana. Martes. El sonido de mis teclas y el canto de los gallos aplastan cualquier posibilidad de silencio. Tengo un poco de sueño, no tan profundo como anoche, pero hace unas horas mientras volvía a casa me dije que no iría a dormir si no escribía una página o, al menos, unos renglones. Y lo he logrado, no lo digo por estos que ahora lees, sino porque antes he completado una página de Word con un cuento corto que básicamente trataba de una mujer que al ir a su trabajo lo encuentra cerrado, sin ninguno de sus compañeros, llama a sus contactos y nadie le contesta. En lugar de regresar a casa, camina hasta el primer parque y en una banca empieza a pensar en su vida hasta ese momento y comprueba que... Si continúo voy a terminar contándolo todo y no es mi objetivo.
He venido a este espacio a esta hora a este invierno a esta madrugada… solo para referir este instante que será olvidado. Julio Ramón Ribeyro dejó dicho que una de las razones por las que escribía era para procurar que lo efímero perdure: ”por volver memorable, aunque sea para mí, lo efímero”. Aquello que pasa por tus ojos, por tus sentidos, aquello que has vivido hoy y que la siguiente semana lo tendrás solo por fragmentos, y quizá ni eso, puede ser fijado por el arte. Quizá solo de esta manera podamos pensar en la resistencia al tiempo.
¿Me pueden contar qué plato se sirvieron hace 17 días y con quién? Puede que sí, pero comprueben que los detalles van disminuyendo. Señalaba Samael Aun Weor que la mayor infidelidad la cometía nuestra memoria. No lo afirmaba con estas palabras exactamente, pero esa era la idea. Debo decir que de este día y de este instante en que tecleo no encuentro nada trascendente que pueda ser escrito. Digamos, entonces, que este momento es nulo. Para contrarrestarlo tengo a otro autor a la mano: en un percudido homenaje a Benedetti pueden leer "Cotidiana 3" y se darán cuenta cómo lo efímero, lo insalvable, lo que no echas de menos, lo que no tomas en cuenta precisamente porque no hay que tomar en cuenta, es salvado por el poeta al convertirlo en poesía. Quiero decir que no solo los momentos indispensables pueden o deben ser salvados; quizá lo más trivial resulte en un tiempo lo más importante. Para ejemplificarlo mejor recordemos lo que el protagonista de El mismo amor, la misma lluvia, Jorge Pellegrini (Ricardo Darín), dice con voz en off mientras viaja en el tren con Laura (Soledad Villamil): “A veces pienso que las charlas sin importancia en los lugares sin importancia fueron los momentos más importantes de mi vida”.
Volvamos a eso de que el arte intenta con su imperfección fijar los momentos para el humano que no deja de moverse. Sabemos que todo es efímero, el presente no dura (nosotros somos la prueba). Ahora ya no son las tres de la mañana y la luz blanca de mi lámpara que está sobre mi escritorio no será la luz blanca que mañana me alumbre y yo, posiblemente, no seré yo, por más que los esencialistas lo exijan. Mi escritorio que empieza a apolillarse tras muchos años de soportar mis libros, el mismo que acompañó a mi hermana E cuando era muchacha (hoy ya es abuela), a mi hermano A cuando incluso su compromiso lo utilizó como mesa de comedor, es el mismo que soporta, como he dicho, libros, pero también a mi vieja pc, la blanca impresora Canon que me arrepentí de comprarla, esta laptop Lenovo donde ahora escribo, cuadernos, una minicomponente con casetera que no uso hace años, los nuevos soles de colección que planeo un día venderlos y me saquen de mi penuria, mis discos, en fin, todas estas cosas y todo lo que en este momento siento, se perderá para siempre, incluso para mí, su único testigo.
Ahora, sin embargo –y este ahora es muy frágil- en el papel de algún modo seguirá vivo y, cada uno a su manera, lo restablecerá. Ya no son las tres de la mañana, repito, y mamá duerme; todos duermen en casa, es la hora de Hipnos, el dios de la muerte dulce, el dios que acarrea todas las noches y te envuelve, el dios que trabaja más en invierno que en verano, el dios que nos ha heredado la antigua Grecia, aunque no lo sepamos. Hipnos, señor de los sueños, está a mi costado aburrido de esperarme. Ya voy a caer, ya voy a caer, mi cama está apenas a un metro y medio, y afuera un perro ladra y otros lo prolongan en su canto de perros. Por un instante pienso que puede haber ladrones y que debo salir, pero la idea se me va de inmediato cuando compruebo que ya no tengo fuerzas siquiera para otro renglón.
¿Más tarde será otro día igual? A la mayoría le hace bien la idea de comer todos los días de su vida. A mí no. Yo quisiera que lo comido hoy me durase una semana, un año, siempre y, salvo excepciones, darme algún gusto. Pero hay ciertas rutinas o necesidades de las que no podemos escapar. Si continúo despierto hilando más palabras, Hipnos terminará por llamar a Tánatos y eso ya no será tan bonito, me arrebataría la memoria. Puedo decir, ya despidiéndome (¿de quién me despido si estoy solo?), que los perros han dejado de ladrar y que alguien ha empezado a caminar por el pasadizo y se acerca al balcón, por si acaso, a ver qué ha pasado. Puedo decir, ya despidiéndome, “soñemos con los ojos bien abiertos / hasta que llegue / inexorable / el día”*.
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Deudas:
Teogonía. (Últmo cuarto del siglo VIII a. C.). Hesíodo.
Cotidianas. (1978 - 1979). Mario Benedetti.
*Letras de emergencia. (1969 - 1973). Mario Benedetti.
Educación fundamental (1976). Samael Aun Weor
“Encuenta a los narradores”. (1973). Julio Ramón Ribeyro.
El flaco Julio y el escribidor. (2014). Ángel Esteban.
El mismo amor, la misma lluvia. (1999). José Campanella.
Fedro. (Escrito alrededor del 370 a. C., antes de su segundo viaje a Sicilia). Platón.



















