Capítulo 1
Trey intentó levantarse del suelo, emitió un quejido. Desistió de su empeño de incorporarse. No se acordaba de nada. Después de unos pocos minutos, instintivamente volvió a intentar ponerse en pie. Esta vez se ladeó con la esperanza de no sentir tanto dolor. A duras penas, se irguió, anduvo algunos metros y se agarró a una silla.
Echó una mirada a su alrededor. Parecía que por allí habían soltado a un enorme elefante que destrozó todo lo que encontró a su paso dejando añicos cualquier objeto que decoraba la habitación.
No se acordaba de nada, se supone que aquello era su habitación; pero no lograba acordarse de nada.
En una de las esquinas, observó que había una mesa con una partida de ajedrez, comenzada y un sobre. Pensó por un momento, que el contenido del sobre le iba a aclarar algo. A pasos cortos y arrastrando los pies se aproximó. Lo abrió y leyó: “Las negras juegan y ganan, Trey”. Instintivamente movió la reina, instante en que la mesa se abrió rápidamente, el tablero se hundió cayendo todas las piezas al vacío. Ojeó el fondo, metió la mano y se topó con una pistola.
Acto seguido, la puerta de la habitación se abrió. Se sobresaltó, pensando que era el disparo de un arma. Empuñó el arma y apuntó a la puerta.
Nadie entró.
Estaba encerrado en aquel cubil. Pensó en huir. Inmediatamente, se encaminó a la puerta, no fuera ser que la volviesen a cerrar y volviese a quedar encerrado como un animal nuevamente.
Respiró con alivio cuando se vio a salvo en las escaleras de un ruinoso edificio. Se agarró al pasamanos y fue descendiendo por los escalones de madera antiguos y destartalados.
Un silencio sepulcral lo envolvió.
A duras penas, descendió al siguiente piso. Estaba en el segundo piso. Buscó el interruptor de la luz. No había rastro de personas. Aporreó la puerta. Puso el oído, solo oyó que la lluvia caía. El vecino debía tener las ventanas abiertas: pero no atendió su insistente golpear de nudillos.
Apuntó con el arma la cerradura. Estaba dispuesto a volarla. Quería alguna respuesta; y no se resignaba a creer que era el único ser vivo en aquella ruinosa casa... Apuntó, y de repente se abrió la puerta lentamente. Una chica de treinta y cinco años asomó la cabeza y le imploró que no disparase:
- Soy Bernie... Trey, ¿no te acuerdas de mí?... Tú vecina... Aún, hace dos días hablamos, ¿no te acuerdas?... ¡Pasa se te ve mal! - le dijo a medida que iba abriendo más la puerta.
Miró al interior y su casa estaba ordenada, tanto que contrastaba claramente con la que acababa de salir.
Dudó sí fiarse o no. Ella interrumpió sus pensamientos:
- No se te ve bien. ¡Pasa! Tengo algún medicamento en el botiquín... ¿Sabes? No soy mucho de tenerlo al día; pero alguna Aspirina y Paracetamol pienso que quedan.
Todo comenzó a nublarse a su alrededor, y para cuando quiso contestar su cuerpo de desplomó a tal velocidad que solo alcanzó a decir un “sí” poco audible.
Libro: El Laberinto Del Recuerdo Que Era Abril
Autora: Cerise Acqua










