-La mujer del astronauta. (La cara oculta) Rand Ravich
Los monstruos
1 - Bebés muertos
Un verano, un verano bizarro como pocos, me pescó leyendo el trabajo de Allouch sobre el duelo. Se trataba sobre “Ajó, el monstruo del cielo”, el relato de Kenzaburo Oé. Ese mismo verano cayó en mis manos una copia en video de “Gothic”, la película de Ken Russel, y esa sola y larga imagen que ofrece la clave del monstruo. El bebé, tal vez el feto, que se balancea lentamente en el agua. Ojos y boca hinchados, sellados, casi cosidos, el bebé muerto se mece suavemente entre las plantas acuáticas, en el fondo del río. Esa es, en la versión de Russel, la razón de la escritura de Frankenstein.
La pregunta entonces se presentó así: ¿Cómo es que un bebé muerto -en la Inglaterra del siglo XIX y en el Japón actual-, da por resultado un monstruo?
Y un monstruo no es una cosa frecuente.
“Ajó, el monstruo del cielo”, es uno de los tantos relatos de Oé que rondan sobre la paternidad y la monstruosidad de su hijo, nacido con un tumor en la cabeza tan gigantesco que parecía una “segunda cabeza”. En el relato, el padre -en idéntica situación que el autor- deja morir al niño que necesitaría una extensa cirugía para sobrevivir convertido en un vegetal. Ese monstuo-bebé innominado persigue desde el cielo al padre alucinado.
También el monstruo de Mary Shelley persigue al Dr. Frankenstein hasta el polo norte, reclamándole la paternidad y no haberle dado siquiera un nombre.
En ambos casos el monstruo no tiene nombre, en ambos casos ejerce una extensa e implacable persecución de un padre en falta.
A los 17 años de edad, prófuga junto a un hombre casado, Mary Wollstonecroft -que sólo años después sería Mary Shelley- dio a luz a un bebé. La situación no era precisamente confortable. Harriet, la esposa legítima de Shelley, había dado a luz unos meses antes que ella. La pareja estaba en fuga de sus familias, escondiéndose de los acreedores, y sosteniendo la relación entre ellos en unas inestables configuraciones triangulares. No debía carecer de resonancias allí la otra Mary Wollstonecraft, madre de Mary, mujer renombrada tanto por su brillo intelectual como por lo escandaloso de su vida. El primer embarazo de la madre de Mary también cursó en plena fuga con un hombre que, si bien no era casado, la abandonó para casarse con otra mujer durante los primeros meses de pregnancia. Su segundo embarazo la mató -aparentemente por una septicemia- tras el nacimiento de Mary.
La bebé que Mary (hija) dio a luz se llamó Clara, y tenía alrededor de diez días de vida la noche del episodio que Ken Russell no relata pero al que alude. Mary se levanta en mitad de la noche, y se acerca silenciosamente a la cuna, con una lámpara en la mano, para amamantar al bebé. Pero algo la detiene. No toca al bebé ni le da de mamar. Vuelve a su cama y se acuesta sin haber visto lo que había que ver dentro de la cuna. Algo “evidente por su apariencia”, que ella, mirando, no puede ver.
Al día siguiente escribe:
“ Mi querido Hogg mi bebe está muerto - vendrás tan pronto como puedas? - quisiera verte - Estaba perfectamente bien cuando me fui a la cama - desperté en la noche para darle de mamar, parecía estar durmiendo tan quieto que no lo desperté - estaba muerto entonces pero no lo descubrimos hasta la mañana - por su apariencia evidentemente murió de convulsiones. - Ven - eres una criatura tan calma y Shelley teme la fiebre de la leche - por mí que ya no soy madre ahora”.
Este episodio, poderosamente siniestro, se sitúa en los cimientos de su larga construcción, letra tras letra, del monstruo del Dr. Frankenstein. Pearcy y Mary Shelley fueron, hasta la muerte del primero, una pareja tan prolífica en literatura como en niños muertos.
El niño de Kenzaburo Oé, por su parte -a diferencia del de su personaje en “Ajó, el monstruo del cielo”-, no murió de manera efectiva. Sin embargo, en la disyuntiva entre dejarlo morir o lanzarlo a una vida de vegetal, hay, en efecto, una muerte ineludible. El bebé de Kenzaburo era directamente y efectivamente un monstruo. El escribe:
“Como una planta acuática en la penumbra, tumbado con los ojos abiertos e inexpresivos, no era más que una presencia callada. (...). Ni siquiera lloraba. A veces dudada de que estuviera vivo.”
Cuando fueron a buscarlo tras un mes de internación el bebé estaba tan cambiado que apenas lo reconocieron: “Es como si le hubieran hecho algo horrible. Me sentí más alejado de él que si hubiera muerto. Total, que nos volvimos con las manos vacías”.
Es claro que se trata de un bebé muerto, tanto como en el personaje del padre del monstruo del cielo.
2 - Un monstruo cinematográfico
Las extrañas relaciones entre bebé y monstruo están bastante bien establecidas en los clásicos temores de la pregnancia, e incluso en el lenguaje común: el monstruo es una “criatura”; de alguien particularmente feo y deforme se dice que es “un feto”.
Es muy difícil en esta circunstancia no verse invadido por los grandes monstruos cinematográficos de nuestra época que apuntan, precisamente, en esa misma dirección. Una monstruosidad que mostró eficacia masiva no hace una década lo muestra claramente. ¿A quién no se le cortó la respiración cuando el Alien, perforando el tórax de su portador, saltó chillando hasta la mesa donde el desayuno transcurría amablemente?
Veamos brevemente qué sabemos de ese monstruo. Hay primero que nada un episodio de inseminación, por vía oral. El monstruo se desarrolla lenta y sigilosamente dentro del cuerpo de su anfitrión, alimentándose pacientemente en sus entrañas hasta que está en condiciones de sobrevivir por su cuenta. Entonces irrumpe desgarrando huesos, bañado en sangre, listo para matar.
Este relato es ni más ni menos que una teoría bizarra sobre la concepción y el alumbramiento que -como para darle el gusto a Freud- ignora la existencia de la vagina. Es lo más parecido a una teoría sexual infantil.
Por si a alguien le quedan dudas sobre las resonancias del octavo pasajero, las siguientes películas de la saga se ocupan de explicitarlo más y más. En la tercera película la Teniente Rippley debe hacerse una ecografía para definir si porta un alien o está embarazada. En la cuarta ella -que entretanto ha adquirido un ligero aire monstruoso- enuncia con claridad: “I’m the mother´s monster”.
Sin embargo, y curiosamente, la segunda película de la saga del Alien, presenta una inversión. El monstruo se devela en la imagen de una abeja reina que comanda el horror rodeada por sus huevos. La identificación es indudable: Eso es una madre. Para confirmarlo, como casualmente, aparece allí una niña, atrapada en su telaraña babosa, en pleno proceso de degradación orgánica, de disolución.
Pero en este caso también se da otra inversión. No sólo la “criatura” perseguirá a la Teniente Rippley hasta el último confín de la galaxia, sino que también la Teniente Rippley perseguirá a la “criatura”.
De más está decir que el Alien, como los monstruos literarios con que tropezamos más arriba, tampoco tiene nombre.
Estas son, como mínimo, unas convergencias curiosas tratándose de monstruos tan diferentes.
3 - La forma
Esto nos tienta a seguir explorando en algunas constantes del género cinematográfico. Género, por otra parte, repleto de constantes. Y la primera que salta a la vista es la cuestión de la forma del monstruo. La monstruosidad incluye por implicación a lo de-forme. Sin embargo la literatura cinematográfica va más allá. Incluye un slogan clásico que tiene el valor casi de una definición:
“Terror has no shape”
Este es el anuncio de un gran clásico del Terror: La Mancha
La incidencia de esta persistente fatalidad en el poeta, Pearcy Shelley, se presenta también en el registro de lo siniestro. Luego de la pérdida del cuarto bebé -en este caso nonato- Shelley sucumbió a extraños sueños angustiosos y alucinaciones. Mary y Edward Williams dan testimonio de algunas de estas visiones:
“Mientras andaba por la terraza, su propia imagen le salió al paso y le dijo: ¿Cuanto tiempo piensas estar satisfecho?”













