Soy completamente consciente del error que cometí.
Y aunque trate de seguir, sé que jamás voy a poder perdonarme del todo por haberte herido.
Tú merecías lo mejor de mí, no mis inseguridades, no mis reacciones, no mis vacíos.
Y sin embargo… tú estuviste.
Tú amaste, tú creíste, tú construiste.
Y yo, sin darme cuenta, empecé a romper todo lo bonito que teníamos.
Pero quiero que entiendas algo:
Cuando una persona de verdad le importa, cambia.
No por presión, no por obligación, sino por amor.
Y tú… tú me importas más de lo que jamás sabrás.
Estoy dispuesto a hacer todo lo necesario para que me perdones, para borrar el daño, para reconstruir lo que destruí con mis errores.
Sueño con empezar una nueva historia contigo.
Una historia bonita, limpia, distinta… como la que los dos anhelábamos.
Como esa que imaginamos tantas veces con los ojos cerrados y el corazón abierto.
No sabes el miedo que tengo.
El miedo de que ya no me ames, de que ya no quieras lo mismo que yo,
de que ese “nosotros” que era tan fuerte… hoy se haya desvanecido.
Dios mío… lo arruiné todo.
Aún recuerdo cada palabra de lo que me dijiste aquella vez, en Reforma 222.
Se me quedó grabado, tan fuerte, que no sé cómo arrancarlo de mi corazón.
Tu voz, tus ojos, tus planes, tu fe en mí…
Todo eso me acompaña cada día, y a la vez, me rompe.
Solo puedo suplicar desde mi alma:
Ayúdame a demostrarle que sí puedo ser mejor.
Ayúdame a recuperar el amor más sincero que he conocido.
Ayúdame… porque sin él, todo duele.