A ti, Ricitos…
En un instante eclipsaste mi mente, aturdiste mis sentidos y colapsaste la escala de grises que en mi había. Cultivaste sonrisas e ilusiones nuevas en mi interior. Te convertiste en mi gravedad, en mi estrella fugaz, en la explosión más bella del universo, en un efímero tiempo, que hace parte de mi día a día.
Nunca me había sentido así, tan perdido y anonadado, por unos bellos y brillantes ojos cafés, por unos pálidos labios color rosa, por una sonrisa tierna, por unas pestañas cortas, por una nariz perfectamente imperfecta, y un cabello suave. Realmente no sé como le hiciste, pero no puedo dejar de pensar en ti. Te convertiste en la enigmática musa que inspira al poeta y escritor que en mi habita. Lograste ocupar en mi corazón un lugar que nadie más habría llegado a tener.
Quiero decirte que a pesar de no cumplir con el estatus de chica perfecta, a pesar de soñar despierta, a pesar del cabello corto, o de la triste sonrisa, me gustas.
Me gustas para estar contigo todos los días, para tenerte, para besarte, para escuchar tus berrinches, para abrazarte, para mimarte, para jugar con tu cabello y hoyuelos, para hacerte reír y sonreír de la misma manera en la que lo haces conmigo, para hacerte inmensamente feliz.
Eres arte, auténtica e inspiradora en todos los sentidos, digna de admirar y procrear en miles de fotografías, la protagonista de mis sueños, libros y canciones, la única con el poder de hacerme sentir que estoy vivo con su simple existencia.
Déjame besar cada una de tus cicatrices, cada lágrima de tu pasado, conocer esa parte de ti que tienes miedo a mostrar, ser el motivo de tu sonrisa y de tus desvelos. Déjame amarte cada segundo de mi inestable vida.
-Manuel.
Exactamente esto, esto era lo que podía haberte dicho ese día qué tan torpemente te dije: "me traes loquita".











