La fiesta terminó y sigo acá
Volver a hablar fue como retomar una conservación con un viejo amigo. Pero me aborda la nostalgia de imaginar y recordar tantos momentos vividos.
Recordé las noches en tu cama, tu cabeza apoyada a la mía, la luz apagada. Bajo esa intimidad, que nunca volví a experimentar, sentí que podía confesarte mis peores crímenes. Escuché que me contabas tus miedos más profundos. Mientras, me tomabas de la mano.
Escuchaba tu voz acompañando todos mis sueños, luchaba para no dormirme, luchabas porque no me duerma buscando mis ojos abiertos en la oscuridad. Todavía siento la textura de tu horrendo alcochado de caballos. El olor a espiral. El frío del invierno y tu pierna sobre mi cuerpo. Riamos y yo te decía que te amaba tan suave y tan repetidamente que a veces siento que se me escapa a la noche dormida.
Me pregunto cómo hiciste. Me pregunto cómo hice.
Recuerdo esas noches con mucha ternura. Incluso con la inocencia de dos personas que se sienten parte el uno del otro. No hay lugar para la desconfianza. ¿Hacemos pijamada? te decía yo, y vos te reías pero nunca me dijiste que no. Solo necesitabamos una cama y un poco de porro para el ritual. La música la elegías vos, yo elegía las películas. Quedaba solo disfrutar, reír, mimosear. En esas noches largas y hermosas sentí que nada podía fallar. Siempre tu mano agarrada a la mía. Por eso supe que ya no volvías cuando un día en la calle quise agarrarla y vos preferiste pasar.












