Dije que no caerÃa nuevamente, pero lo hice, me enamore y perdÃ.
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Dije que no caerÃa nuevamente, pero lo hice, me enamore y perdÃ.

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Y aquà estoy, nuevamente reparando mi corazón que inconscientemente has herido.
Aquel rey era un rey colérico del que se contaban cosas terribles. Cuando se encontró con aquella hermosa mujer, que después fue la reina, se desató en él una pasión que, al mismo tiempo que una dulce promesa, fue para la delicada mujer elegida una terrible amenaza. Casado con ella, fue su amor algo mortÃfero que hirió de numerosas puñaladas aquella vida, hasta dejarla en el sitio, en el Real sitio. Sin pensar que la habÃa matado su acerba pasión, en la hora de su muerte, instante después de saber su muerte y después de atravesar con su espada al buen doctor que pronunció las sacramentales y sentidas palabras de «Señor, ha muerto», mandó llamar al capitán de la guardia y le dijo: «Que fusilen a los centinelas que cuidan las veinte puertas de palacio». Y mataron a los centinelas porque habÃan dejado entrar a la muerte.
La muerte de una reina / Ramón Gómez de la Serna (via hachedesilencio)
Puedes disparar a mi cabeza, pero no mataras mis ideas.
Y si tuviera que elegir una vez más, te elegirÃa a ti, porque a pesar de que sufrÃ, no puedo negar la mucho que aprendÃ.

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Las palabras son vida, ellas me han mantenido viva y me han transmitido más felicidad de la que se puede imaginar.
A veces sólo hace falta llorar para dejar salir el sufrimiento del corazón.
Ya lo comprobé, enamorarse es perder.
Una flor dura un verano, un verano son tres meses, doce meses tiene el año ¿Puede un año ser tan breve? Cómo es breve el diccionario para definir quien eres.

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Barbie se llevó al olvido muchas de mis historias jamás escritas. Fue una gran compañera, una excelente aliada que en silencio siempre me dejó poner palabras en su boca, porque desde pequeña con quien más querÃa hablar era conmigo misma; me imagino que es un hábito común para quienes escriben. Con Barbie pasé maravillosos momentos de soledad en mi cuarto, detrás de una mansión de juguete donde era yo la dueña de la verdad y la independencia, y donde mis Barbies encarnaban a cada rato personajes diferentes. No podÃa aburrirme con ellas, y lo cierto es que la mayor parte del tiempo preferÃa jugar con mis Barbies sola, sin nadie que me interrumpiera. En estos dÃas, estando en mi cuarto, me puse a pensar en mis Barbies y en cómo tan gradualmente dejé de jugar con ellas, cómo incluso se me olvidó cómo jugar con ellas. Y no es que tenga interés en tomar una Barbie nuevamente, porque tengo otras maneras de soltar mi imaginación, pero todo el proceso y el protocolo que se creaba naturalmente antes de un juego lo olvidé por completo, y eso me hizo sentir nostalgia. La primera vez que vi una Barbie fue en casa de una prima, tenÃa yo como dos años, e inmediatamente quise una. Mis primas son mayores que yo como por siete, ocho años, asà que nunca podÃa sentarme a jugar con ellas porque no querÃan, porque realmente no podÃa seguirle el hilo a la historia que ellas estuvieran ideando porque estaba muy chiquita; recuerdo que la mayorÃa de las veces que jugaba con ellas era cuando tenÃa una Barbie nueva y todas querÃan probarla. En fin, esa noche me fui de regreso al apartamento con mi mamá y mi primera Barbie en manos; no cabÃa en mà de la emoción. La Barbie tenÃa el cabello espantosamente descuidado, casi no le quedaba pintura en la cara y la ropa que traÃa encima no era gran cosa; por eso mismo me la regalaron, pero fue el comienzo de un bonito vÃnculo. Al ver mi interés en las Barbies mi mamá y mi papá comenzaron a comprármelas en navidad, en mi cumpleaños, e incluso cuando mudé mi primer diente fue una Barbie lo que encontré bajo mi almohada. Tuve una basta colección, una muy buena colección para una hija única y consentida en ese entonces; mi mamá me tomó muchas fotos con mis productos Barbie, y cuando vimos que habÃa una revista también la comencé a coleccionar. Mi mamá me la compraba todos los meses, y cada tanto tiempo enviaba cartas a la editorial con mis fotos, hasta que llegué a salir en dos ocasiones en ella, en la revista Barbie. Tuve la mansión, la casa llaves mágicas, la moto, el carro, la piscina, el bote, quizás unas treinta Barbies, y muchos productos, accesorios y ropa que me emocionaba usar; no podÃa salir a la calle sin mi labial rosado Barbie y mi colonia, Barbie también. ¿Me querÃa ver como Barbie? No realmente, sólo la querÃa a ella y todo lo que tuviera su nombre. Y sin embargo, no me costó desprenderme de ella, creo que a los once o a los doce años fue la última vez que jugué con una Barbie, hasta que llegaron a mà otros intereses. Barbie fue una excelente amiga con la que pude desarrollar mi imaginación al máximo, con quien nada estaba mal, con quien podÃa ser completamente sincera respecto a todas las cosas que se me venÃan a la mente y pensaba que podrÃan ser una buena historia para jugar. Barbie nunca se quejó, nunca se cansó, y siempre estuvo ahà en cada una de mis loqueras. ¿Cómo puede alguien juzgar tan ferozmente al juguete que hizo de mi infancia, y de la de muchas otras niñas, una experiencia llena de color? La juzgan por cómo se ve, porque no la conocen realmente. En lo que menos se fija una niña cuando tiene una Barbie en sus manos es en lo delgada que es. Nos gusta que sea bonita, por supuesto, ¿a quien no le gusta lo bonito? Pero tener su fÃsico no es algo que se nos ocurra a esa edad, porque a esa edad no se está corrompido, no se piensa como adulto. En lo primero que yo pensé cuando tuve mi primera Barbie en las manos fue: ya quiero empezar a jugar. Me gusta pensar que en Barbie se encuentra el comienzo de mi pasión por contar historias, porque ella fue mi primera protagonista.
Un aplauso, porque te lo mereces.
Cómo el suave rocÃo que acaricia las hojas cuando va a llover, asà es como me siento cuando te vuelvo a ver.
Sin arrastrar los sentimientos, dejándose llevar por la fluidez del corazón.
Cien años de soledad.