respondiendo al anon que hizo esta pregunta. Se me habĂa pasado los dĂas y habĂa olvidado que debĂa la segunda parte!!
Mikel en efecto, al nunca ser un paĂs independiente como tal, tenĂa mucho mĂĄs tiempo libre que digamos, Antonio, que era el jefe de todo(s). La cultura vasca es casi enteramente rural â osea, sus Ă©lites eran por lo regular mĂĄs pro-castellanas que otra cosa y el corazĂłn e identidad de su existencia residĂa mĂĄs en el pueblo â Era una zona pobre entre comillas, por lo que Mikel no tenĂa grandes responsabilidades que lo mantuvieran entre su Ă©lite en todo momento.
La personalidad de Mikel tambiĂ©n ayudaba a que mantuviese este tipo de relaciones: Es un muchacho bastante callado, no suele hablar mucho de sĂ mismo o lo que piensa, o siente. No teme en decir que no te metas en lo que no te importa tampoco, asĂ que no era porque fuese tĂmido, simplemente, es alguien bastante privado y ensimismado en su propia existencia y sus problemas de identidad que ya hemos tocado tambiĂ©n. Recordemos ademĂĄs, que Mikel tiene un problema grave con separar su identidad personal de la de su padre y la idea de que es un âtipo especialâ dentro de los mismos aeterni, donde su sangre y su deber a su "raza" a veces sobrepasa cualquier deseo egoĂsta o anhelo personal que llegue a tener (por eso nunca se deja llevar por mĂĄs que sienta atracciĂłn por FĂĄtima).
Pero seamos sincerxs; sigue siendo un VARĂN. Un hombre. QuizĂĄs no sea el mĂĄs cachondo de la penĂnsula para quĂ© nos engañamos, pero tampoco es que estĂ© muerto por dentro. En algĂșn punto debiĂł 'desquitarse' o sacarse las ganas como cualquier otro, pero a diferencia de digamos, su hermano Aizo/Navarra que tiene una vida social mucho mĂĄs rica y muchĂsimos menos prejuicios sobre quĂ© significa ser "el Ășltimo aeterni vasco"; Mikel no tenĂa forma de simplemente relacionarse con otra aeternus de igual a igual, lo mĂĄs cercano que tuvo canĂłnicamente fue con Naiara/La Rioja, y aĂșn eso estaba muy fokin raro porque era la ex de su hermano y ya habĂa problemillas familiares por ahĂ de que Aizo creĂa que el problema de identidad de Mikel lo llevaba a extremos de querer tener o ser todo lo que Ă©l tenĂa/era.... *chaps lips*
Pero no nos desviemos. Resumiendo, Mikel no tenĂa otras 'salidas' a sus necesidades querendonas con otras aeterni porque era un elitista de mierda y encima medio asocial. AsĂ que la Ășnica opciĂłn que nos queda es pensar que Mikel mantendrĂa relaciones con mujeres vascas humanas, asĂ mataba dos pĂĄjaros de un tiro: Se sacaba las ganas, y no traicionaba 'su deber' como aeternus vasco.
Pero pese a ser lo que es (un prejuicioso que se cree mejor que todos, pero vamos... Como media España), Mikel es y siempre serĂĄ un hombre extremadamente emocional, hogareño y familiar. Y sobre todo, un buen hombre de sentimientos nobles y que respeta a las mujeres por sobre todo (excepto ese lapsus que le diĂł en los 70s contra FĂĄtima lmfao LET'S PRETEND WE DON'T SEE IT) â AsĂ que no se buscaba mujerzuelas ni nada de eso. Y tampoco arruinarĂa la reputaciĂłn de buenas doncellas llevĂĄndolas a la cama a sabiendas que jamĂĄs podrĂa ofrecerles mĂĄs que su atenciĂłn erĂłtica/sexual esporĂĄdica. JamĂĄs podrĂa casarse con ellas ni tampoco darles hijos o formar un hogar juntos.
AsĂ que, siendo el hombre recto que es, se iba por la opciĂłn que menos dolor creara a los involucrados. En España, y en Europa en general, las madres solteras eran mujeres 'desechadas', no eran bien vistas y siempre se les descartĂł del mercado marital. Independientemente de las razones que las hayan llevado a serlo: 'Darse' por amor antes de casarse, abandono marital, incluso la v-palabra, estas mujeres eran constantemente señaladas y excluidas socialmente, repudiadas y vilipendiadas. No tendrĂan muchas salidas laborales para mantener a sus hijos y tanto ella como ellos estaban condenados a una vida llena de dificultades econĂłmicas y materiales.
Si Mikel, sabiendo que las iba a 'utilizar' hasta cierto punto, se iba a meter con alguna mujer, lo mĂnimo que podĂa hacer era no intentar arruinarles la vida, y si se podĂa, incluso mejorarla. Las madres solteras eran pues, el prototipo perfecto de mujer para un aeternus que sĂłlo busca una relaciĂłn carnal o sentimental pasajera. Cualquier cosa que Ă©l hiciera por ella, salvo el matrimonio, serĂa infinitamente mejor de lo que esa mujer podĂa aspirar de no hacerlo. Y aunque suene medio manipulador, en realidad todas las mujeres sabĂan a lo que se metĂan, porque Mikel antes que vasco es sincero y muy bruto al hablar, asĂ que no esperes grandes gestos romĂĄnticos en un comienzo para enamorarlas. Las relaciones antes solĂan ser muchĂsimo mĂĄs transaccionales de lo que nosotros podemos entender; una madre soltera no verĂa con malos ojos que un joven, que no nos mintamos, encima es guapo, de buen estatus econĂłmico y socialmente acomodado les diera la atenciĂłn y el cariño que la sociedad les negarĂĄ por el resto de sus vidas â Y sobre todo, ÂĄQue les diera un futuro mejor que el suyo a sus hijos!
Y es que encima, de todos los aeterni posibles, Mikel pudiera ser el mejorcito al respecto, porque muchos aeterni simplemente duermen con mujeres y listo; algunos pudieran mantener algĂșn tipo de relaciĂłn, pero inevitablemente cuando el tiempo hiciera de las suyas, pudiera ser muy comĂșn que el aeterni se retirara y buscara una nueva mĂĄs 'acorde a su edad' por decirlo de manera bonita. Seguro habrĂa algunos que mantenĂan mĂĄs de una relaciĂłn al mismo tiempo.Â
No asĂ Mikel, Ă©l se encargaba personalmente de cuidar y proveer econĂłmicamente de la mujer con la que Ă©l habĂa decidido empezar una relaciĂłn. Seguro hubo alguna mujer que sintiĂł extraña la relaciĂłn ya que no eran pareja oficial; y no duraba, y otras simplemente aceptaban lo que habĂa y listo y durarĂan dĂ©cadas juntos â No creo sinceramente que alguien tan emocional como Mikel le diese por importar si sus amantes empezaban a tener arrugas o algo, no te mentirĂ© LOL, probablemente decidĂa marcharse sĂłlo cuando la mujer ya no podĂa o no querĂa seguir o si el peso de una relaciĂłn con un ser como Ă©l empezaba a pesarle (debieron haber muchas que eran las que terminaban con Ă©l por simple pudor o vergĂŒenza, de ellas envejecer y Ă©l seguir igual que el dĂa que se conocieron).
Como era un hombre bastante honrado, su apoyo econĂłmico no acabarĂa con la relaciĂłn fĂsica o sexual; es decir, mantenĂa a las mujeres con las que tuvo una relaciĂłn hasta el final de sus dĂas. Incluso si ya tenĂa otra, asegurando una vida digna hasta que la efĂmera expirara â Les devolvĂa el favor que ellas le habĂan hecho por tanto tiempo, y lo mĂĄs gracioso es que ÂĄEra fiel! Si tenĂa una pareja, no solĂa buscarse una nueva o algo, cosa impensable para la mayorĂa de varones pero que para Ă©l era lo correcto. Su padre era un hombre extremadamente fiel tambiĂ©n, y su esposa (la madre de Mikel pues) era tambiĂ©n mayor que Ă©l. AsĂ que era un partidazo, vamos.
Y lo mejor es que si bien no daba el apellido por obvias razones, Mikel se encargaba de sacar adelante a los hijos de la mujer, dĂĄndoles los medios econĂłmicos o sociales para hacerse de algĂșn oficio que los ayudarĂa a mantenerse el resto de su vida por ejemplo. Pero evitarĂa a toda costa mantener una relaciĂłn cercana mĂĄs allĂĄ de la relaciĂłn Madre-Hijo inmediata, osea, no se meterĂa mĂĄs en la vida del hijo adulto despuĂ©s de la muerte de su madre por ejemplo. No le interesaba y sabĂa que era lo mejor no entablar relaciĂłn familiar con los descendientes, y evitarse asĂ enredos y cuestiones raras variopintas...
De hecho he escrito tambiĂ©n un fragmento al respecto! porque es un tema que me apasiona bastante. Esta cara de Mikel es una forma muy particular y Ășnica de entender las relaciones humano-aeterni ya que no creo que sea algo que suceda del todo con ningĂșn otro aeternus! Es algo largo, pero bueno đ las TRES personas que siempre me leen se que les encantarĂĄ porque Mikel es de sus personajes favoritos.
Abril, 1859
Palacete de Mikel Zaitegui.
Ha pasado mĂĄs del medio dĂa. El señor de la casa se encuentra enterrado en su infinito papeleo hacinado en su despacho personal. Mikel Zaitegui lee desinteresadamente los diversos reportes que su amiga y asistente Garaine, la aeternus de Ălava, suele mandar cada viernes sin excepciĂłn.
En los Ășltimos dĂas ha retrasado la lectura de sendos papeles para darse un paseo por las callezuelas de la tranquila ciudad donde reside, paseos que lo alejen del estrĂ©s y lo haga descansar de su pseudo-retiro al cual la Ășltima guerra que asolĂł al paĂs lo ha obligado a tomar. A España le va mal, eso no es poco comĂșn; pero a Ă©l, a Ă©l la suerte le empieza a sonreĂr con cada nueva zona que se desarrolla industrialmente en su paĂs.
SĂ, ahora entiende a FĂĄtima. Ser cada dĂa mĂĄs rico trae consigo tambiĂ©n cada vez mĂĄs papeleo y mĂĄs responsabilidades que debe atender. Pero nada, ni siquiera los largos paseos, le puede sacar de encima el estrĂ©s como ver los ojos verdes de su amante, Clara.
No es amor. Mikel sabe lo que el amor se siente, ese dolor como una punzada en el pecho que no te deja respirar. El famoso maiteminduta: Estar herido de amor. Pero no, Clara no levanta en Ă©l esos sentimientos tan desgarradores en Ă©l, porque esos ya estaban reservados para otra persona en sus pensamientos que le generan un rechazo automĂĄtico, el dolor es insoportable. Pero no asĂ Clara, ella le hace sentir bien. La belleza clĂĄsica de la mujer le levanta los ĂĄnimos y lo hace sonreĂr cuando las tardes de trabajo lo asfixian. En el rostro de Clara, Mikel puede cada noche encontrar una nueva razĂłn para admirarla. Pareciera tener un patrĂłn, que a veces le gusta añadir o quitar nuevas cosas que le encantan de cada nueva amante, aunque siempre parece buscar inconscientemente una base, un molde del cual partir, y que sĂłlo se deja hechizar de manera inconsciente. Ojos radiantes, sonrisas amplias con hoyuelos y el cabello largo y oscuro, lunares, o pecas; Mikel siempre encuentra preferencia en ese tipo de chicas por algĂșn motivo. Clara llena ese molde e incluso lo rebasa, para Ă©l la joven es digna de muchos cuadros costumbristas de pintores con exquisitos gustos donde se enaltece la nobleza y sencillez del pueblo vasco; cuadros de esos que se llevan tanto hoy. Clara es lo mejor que podĂa ofrecer su pueblo.
La muchacha es de clase baja, hija de un labrador con la hija de un pescador de los pueblos allende al mar. En sus comienzos en la ciudad, habĂa llegado ademĂĄs siendo iletrada. Joven e ingenua, la joven habĂa yacido con el señorito de una de las casonas de Getxo localidad donde tambiĂ©n Mikel tenĂa propiedades. El señorito la habĂa puesto en cinta de un hijo fuera del matrimonio, y la madre del mismo habĂa tirado a Clara a la calle con sus pocas ropas y su nieto dentro del vientre sin importarle nada â Pero nada de este triste pasado borra a ojos de Mikel, la belleza, y la nobleza de la mujer; que la conociĂł justamente por ayudarla a ponerse en pie por la calle ese dĂa. Destrozada y avergonzada, Clara le agradeciĂł su apoyo en esa ocasiĂłn. Y Ă©l la acogiĂł en su casa y le dio trabajo en su casona. Con el tiempo, y como era lo comĂșn con la mayorĂa de su servicio; Mikel incluso le habĂa ayudado a aprender a leer en castellano y asĂ tener mejores oportunidades para ella y el niño. Hasta que, con el tiempo, indudablemente las atenciones de Mikel hacia ella empezaron a hacerle ruido a la joven futura madre. Un tiempo prudente alejados, Ă©l en Bilbao y ella en Getxo; fĂsicamente ausentes pero comunicados a travĂ©s de emotivas cartas personales llenas de buenos deseos y conversaciones interesantes escritas en una letra insegura, fueron suficiente para que un dĂa Mikel decidiera buscarla de nuevo, allĂ en su pueblo, esta vez no con una oferta de empleo de nuevo, sino con algo mucho mĂĄs personal. Una invitaciĂłn que escandalizĂł a la joven y sus padres en ese momento pero que, la belleza del muchacho frente a ella y la oportunidad de darle un mejor futuro a su hijo convirtieron las dudas en contemplaciĂłn, y la contemplaciĂłn en decisiĂłn.
Clara sabe perfectamente lo que Mikel busca cuando la visita, Ă©l se encargĂł de hacĂ©rselo saber desde el comienzo. No habĂa sido la Ășnica en su vida, normal para Clara si se lo planteaba desde el punto de vista de Ă©l; un hombre con tantos años de vida no podrĂa jamĂĄs pertenecerle a una mujer que sĂłlo durarĂa lo que para Ă©l era un suspiro. Todas sus mujeres anteriores habĂan seguido una lĂnea de pensamiento similar. Pero las ventajas siempre rebasaban los contras. Sabe que todas han sido hermosas, lo que la hace sentirse especial. Sabe que esto sĂłlo es un pie de pĂĄgina en la vida del inmortal, y aĂșn asĂ cada vez que estĂĄ cerca de Ă©l, puede sentir cĂłmo su corazĂłn se acelera ante la presencia de la encarnaciĂłn de su naciĂłn. Un arbaso como se dice en Euskera. Mikel es un arbaso para todos los vascos; y aun asĂ, Clara puede decir que es sĂłlo suyo a la noche, cuando el mundo se limitaba a la habitaciĂłn del aeternus.Â
Clara tambiĂ©n puede decir, que quiere a su paĂs mĂĄs que cualquier patriota. No hay en su aclamaciĂłn patriotismo alguno, sĂłlo dos seres que se entienden mĂĄs como amantes entre sĂĄbanas y velones,que cĂłmo un inmortal nacional y una humano podrĂan.
Pero esa tarde, ahĂ mientras Mikel piensa y planea la siguiente visita que debe hacer a Clara y a su hijo; un viejo rostro familiar decidiĂł tocar la campanilla del palacete y recordarle la fina pero impenetrable lĂnea entre Ă©l y los de su gens, y los humanos.
â Pase usted, don Miguel â SaludĂł JosĂ©, el leal mayordomo de Mikel; al joven al otro lado de la puerta y que aĂșn tenĂa su mano sobre el dintel grabado. Miguel era un joven de unos veintisĂ©is años, aunque su rostro lo hacĂa lucir mĂĄs joven.
La puerta se abre. Miguel avanza por el largo pasillo lleno de cuadros y reliquias histĂłricas que le recuerdan a quiĂ©n va a visitar. El joven se encuentra encogido, abrumado por el patrimonio que Mikel ha construido a lo largo de tantos siglos. El paciente JosĂ© lo guĂa hasta la puerta de madera gruesa al final del pasillo. Toca dos veces para hacerle notar su presencia al señor de la casa mientras Miguel se peina un poco sus cabellos rebeldes de la frente y se abraza al portafolio que carga en sus manos con nervios.
â Tranquilo â le dice JosĂ© â El señor Zaitegui estĂĄ de buen humor, y seguramente estarĂĄ muy feliz de verle, joven.
Miguel sonrĂe ligeramente, y siente su cuerpo desentumecerse, al otro lado de la puerta, la voz de Mikel le trae recuerdos de un pasado lejano. "Adelante" ordena el aeternus y JosĂ© abre la puerta, dĂĄndole el pase al joven al cual anuncia con grata felicidad escondida bajo el bigote.
â Mi señor, el joven Miguel Ibarra.
Si Mikel se encontraba educadamente distraĂdo, el anuncio de su mayordomo le toma por entera sorpresa. Al levantar el rostro, Mikel cree que se encontrarĂa con el rostro prepubescente del joven que recordaba, pero en su lugar un joven alto y fibroso de cabellos pajizos lo saluda con el mismo asombro que Ă©l.
â ÂĄMiguel!
â ÂĄSeñor... Miguel! â Ambos se saludan como viejos amigos. Mikel se pone de pie y camina hacia el joven con los brazos extendidos, el mayordomo se siente feliz de ver el reencuentro y los deja solos cerrando la puerta detrĂĄs de Miguel. Un abrazo fraternal entre ambos es suficiente, aunque el mĂĄs joven prefiere un cordial saludo de manos que Mikel no le niega.
â QuĂ© bueno es verte, ÂżCĂłmo has estado? MĂrate. EstĂĄs enorme. â La sonrisa en el rostro de Mikel es innegable. Frente a Ă©l estaba el Ășltimo de sus ahijados antes de Gabriel, el hijo de Clara.
â Se siente que han pasado muchos años, y usted sigue igual.
â Ya sabes, es lo que hay... Siempre me verĂ© asĂ, hasta el dĂa que mueras â Mikel descarta de manera jocosa y algo mordaz, el asombro tĂpico de humano de su hijastro, y le muestra la silla frente a su escritorio para que tome asiento. El joven asiente, conociendo el humor seco que siempre cargaba consigo el perenne.
â ÂżA quĂ© se debe la visita, pues? Ya debes tener unos.... Veintiocho años?
â Veintiseis â corrige Miguel.
â Todo un adulto ya, tienes prĂĄcticamente casi mi edad. Debes tener esposa e hijos ya ÂżMe equivoco?
â Tengo una esposa, y estamos esperando nuestro primer hijo. SĂ.
Mikel asiente, grato. Con una sonrisa orgullosa en su rostro cual padre. Pero ésta pronto se desdibuja y desbarata tras las siguientes palabras que escucha de su antiguo hijastro.
â Se que no es lo comĂșn pero⊠Me gustarĂa⊠Bueno, quĂ© estĂĄ invitado al bautizo del pequeño, yo mismo le entregarĂa su invitaciĂłn cuando el mismo suceda. Pensamos llamarle Miguel, claro. Como mi madre me ha bautizado a mĂ en su honor, y ahora yo con mi primer hijo pues...
Mikel hace una mueca indefinida y niega ligeramente. Habla con la suavidad de un padre a su hijo.
â Sabes que no puedo hacer eso. Yo no puedo entablar una relaciĂłn de ninguna forma con los hijos, o cualquier descendencia, de mis antiguos hijastros. Sin excepciĂłn.
â SĂ, lo sĂ©... â Miguel no puede ocultar la desilusiĂłn un poco, ÂżEsperaba una respuesta distinta, quizĂĄs? No siempre se siente bien ser recordado como uno mĂĄs del montĂłn, por mĂĄs especial que Miguel sintiera el vĂnculo, lo suficiente como para obtener ese beneplĂĄcito del arbaso, Mikel parecĂa no compartirlo de la misma manera que Ă©l.
â Pero bueno, no te preocupes mĂĄs por eso ÂĄVeo que te estĂĄ yendo bien!
â Gracias a su apoyo, Don Miguel. Todo gracias a su apoyo y atenciĂłn a mi madre, he podido salir adelante. Ahora soy un contable, y tengo un empleo en una tienda de telas y retazos de unos catalanes, me va muy bien, la verdad. Pero me temo que no he venido ni a lo del bautizo, ni a hablar de mi trabajo.
Mikel ladea su cabeza ligeramente.
â Es mi madre.
â ÂżMarĂa?
â Ha pasado a mejor vida, señor Miguel.
El silencio se apodera del despacho. Mikel se desembaraza de la pluma que llevaba en la mano y hace a un lado la agenda donde habĂa anotado esta mañana la cita que tenĂa con Clara. Tacha incluso de manera nerviosa la anotaciĂłn; y sin dejar que Miguel viese lo escrito en el cuaderno. Sus brazos caen como pesas a cada lado de la silla, y el aeternus se deja caer sobre el respaldo de cuero. La noticia le sienta como una losa a la cabeza. El joven contable mira al suelo, al portafolio que dejĂł junto a la suya y recuerda por lo que ha venido. Hay tristeza, la feliz noticia de la familia creciendo es pronto puesta a un lado para dar paso a la melancolĂa compartida.
â ÂżQuĂ© le ha pasado?
â Una infecciĂłn pulmonar. Fue un invierno duro en el pueblo, y bueno... Ya tenĂa cierta edad.
â Sesenta y cuatro, si no me equivoco.
â SĂ â se jacta Miguel al verlo recordar la edad de su madre tan perfectamente.
â HacĂa tiempo no la visitaba en persona, creo que la vi por Ășltima vez en 1845, pocos años despuĂ©s que terminara la guerra foral...
â Yo tenĂa doce años entonces, su Ășltima visita dejĂł muy triste a mi madre, se arrepintiĂł mucho de pedirle que se fuera⊠Pero cada mes cuando el mayordomo suyo, don JosĂ©; traĂa la pensiĂłn a casa, mi madre se desvivĂa en halagos a su persona y siempre me dijo que aspirara a ser un hombre de palabra como usted. Y años despuĂ©s, cuando mandĂ© esa carta para que usted me ayudara con los gastos de mi educaciĂłn universitaria... Yo esperaba que fuera rechazada ÂżSabe? habĂan pasado tantos años y usted... Yo creĂa que ya habĂa conseguido alguna nueva concubina y se habĂa olvidado de nosotros. Mi madre no era la mĂĄs joven cuando me tuvo, y ella siempre pensĂł que por eso mismo, usted nos dejarĂa de dar atenciones por alguien mĂĄs joven eventualmente.Nunca eran buenas noticias saber cuando un ser querido morĂa, pero para Mikel, que aquello debĂa ser cosa de otro jueves mĂĄs; en realidad habĂa algo mĂĄs Ăntimo que pesaba en su alma cuando perdĂa a una mujer con la que habĂa compartido tanto.
â Usted fue el gran amor de su vida â recalca Miguel. Mikel solo observa hacia la cita que habĂa tachado en su agenda. Se habĂa permitido demasiado soñar con Clara y debe ahora bajar a la realidad de sus amantes una vez mĂĄs. El rostro acongojado de Miguel le recuerda la triste realidad de sus relaciones con estas mujeres.Â
â Incluso en sus Ășltimos meses, no paraba de halagarlo. Cada comida que me hacĂa a mĂ o a mi esposa nos decĂa que era posible gracias a la pensiĂłn que le llegaba religiosamente cada mes. sorpresivamente, incluso cuando usted estaba fuera de Vizcaya seguĂa teniendo un ingreso, Gracias. Don Miguel â Si bien el hijo parece calmado al recordar a su amada madre, hay un poco de reproche infantil escondido entre sus palabras y la forma de narrar que Mikel puede descifrar.
â Fue una gran mujer, sin duda. MarĂa Ibarra, siempre la recordarĂ©.
Pero Miguel siente que Mikel miente. AsĂ que no duda en preguntarle por quĂ©, esperando ver en el arbaso un rastro de esa melancolĂa de los menos poderosos, esos que conocen a la muerte eventualmente, esos como Ă©l y su madre MarĂa.
Mikel simplemente asiente..
â La recordarĂ©. Lo creas⊠O no. Siento si no es lo que esperabas escuchar.
â No crea que estoy molesto con usted, todo lo contrario Don Miguel. Estoy agradecido, al final, ella me contĂł lo que sucediĂł cuando vosotros dos os conocisteis. El cĂłmo usted la salvĂł de la vergĂŒenza despuĂ©s de la relaciĂłn no consensuada con ese hombre, y cĂłmo fue que gracias a que usted la parĂł de hacer lo innombrable de ahogarse en el mar ese dĂa, yo pude llegar a este mundo. La historia de cĂłmo llevo su nombre y no el de mi padre. Estoy en deuda con usted.
â Hay cosas que nunca se olvidan, por mĂĄs que miles de otras cosas mĂĄs sucedan. MarĂa fue una amante mĂĄs, pero llevarĂ© conmigo su cariño por cuanto Dios me preste vida.Â
â Gracias.
â Pero mi relaciĂłn fue con ella, olvida cualquier tipo de deuda que sientas hacia mĂ. Vive tu vida en paz, y olvĂdame.
Sabiendo que era posiblemente, lo mĂĄximo que obtendrĂa de Mikel. El joven asiente, aceptando de manera madura la reacciĂłn del hombre frente a Ă©l.
â Es por eso que he venido. Mi madre me enseñó a ser honrado y buscar siempre ser como usted, Don Miguel. Por eso mismo... Me gustarĂa que recibiera esto.
Del maletĂn de cuero oscuro, Miguel saca un papel alargado y un trozo de tela. Con parsimonia, lo pone sobre el escritorio de Mikel, que los coge con cuidado. Reconoce el paño a la perfecciĂłn, hay un bordado en hilo rojo con su nombre escrito. Un pequeño recordatorio de un pasado lejano, donde MarĂa habĂa grabado un pañuelo con su nombre y el de ella antes de la partida de Mikel al frente de la lucha por la foralidad. No obstante, el papel, es algo que no esperaba. En realidad, no era una carta de despedida ni ninguna cosa sentimentaloide de esas, al verlo con mĂĄs detenimiento se da cuenta que lo que Miguel habĂa puesto en su mano era un cheque firmado a puño por la letra del joven.
Mikel, consternado, levanta la vista del mismo y se lo devuelve.
â AcĂ©ptelo â le pide el mortal.
â ÂżDe quĂ© es?
â El total que usted ha pagado por mi educaciĂłn. Ăntegro. Le devuelvo la inversiĂłn que ha realizado por mĂ y mi futuro. He ahorrado todos estos años para poder devolver esto y... QuizĂĄs un poco como excusa para verlo una Ășltima vez.
Mikel duda. La insistencia del joven es un poco desesperante.
â Se que usted y yo no volveremos a vernos nunca mĂĄs por su rectitud. Pero no quisiera vivir sintiendo que le debo algo a alguien. Recuerde, ya no soy ese niño en el baserri, soy un hombre de palabra y honrado como usted, y es mi responsabilidad devolver lo que se me ha prestado.
Mikel mira al techo, las palabras del joven le golpean como pequeñas navajas en su corazĂłn lleno de una melancolĂa incurable donde tantos fantasmas habitan. Lo que no sabe el humano frente a Ă©l, es cuan sentimental podĂa ser en realidad el arbaso. Cada despedida de sus amantes, de los niños que por un breve momento sentĂa suyos, le desprendĂan un trozo de Ă©l. Amar para Mikel siempre ha dolido.
â ÂżQuĂ© tan importante es esto para tĂ? â cuestiona el aeternus, volviendo a su rostro serio que utiliza cuando se debe sentar a negociar.
â Bastante, me temo.
Mikel lo cavila un segundo. Pero al final, el cheque termina siendo deslizado de nuevo hacia su emisor.
â Lo acepto â dice el perenne, el rostro de Miguel estĂĄ desconcertado que sus labios digan una cosa y sus manos apunten hacia otra â. Pero te lo doy de vuelta, guĂĄrdalo. SĂ© lo difĂcil que estĂĄ la situaciĂłn econĂłmica en el paĂs, y mi experiencia como inmortal me dice, que no va a ir a mejor en mucho tiempo. GuĂĄrdalo para la educaciĂłn del pequeño Miguel.
Â
Los ojos marrones del joven se abren sorprendido.
â Pero...
â Haz caso, tĂłmalo como un Ășltimo regalo de mi parte. Y los regalos no se pagan ÂżO sĂ? Me gustarĂa no obstante, atesorar el paño con cariño, si me lo permites.
â Todo suyo, mi madre hubiese querido que asĂ fuera.
Conmovido, Miguel se guarda el cheque de nuevo en su humilde pero aspiracional portafolio y con una promesa de asistir algĂșn dĂa a visitar la tumba de su madre en el pueblo, Mikel cierra el tema triste con joven profesionista y ambos se toman un tiempo para charlar y reĂrse un rato de las travesuras infantiles a las cuales Miguel solĂa someter a la pareja de su madre en los tiempos antes de ser separados; un trago de miel antes de la inminente despedida.
Decir adiĂłs a su padrastro por Ășltima vez es desgarrador: Un abrazo en la puerta frontal que se extiende por mĂĄs de lo protocolariamente requerido, y unas lĂĄgrimas disimuladas en los ojos del viejo JosĂ© presenciando el Ășltimo encuentro con el pequeño que vio crecer en nombre de su señor es todo lo que aquellos dos vascos pueden permitirse. Y Antes de separarse para siempre, y cruzar la puerta del palacete del señor Zaitegui, aeternus y arbaso de todos los vascos; Miguel susurra en su oĂdo:
â Gracias por todo, aita.
Al abandonar la propiedad, JosĂ© toma valor de mirar a su jefe, que estĂĄ observando cĂłmo el niño que habĂa visto crecer era ahora un hombre de ley, yĂ©ndose para siempre, caminando por la larga avenida, con su pequeño portafolio en mano y un futuro prometedor, justo como MarĂa siempre soñó verlo. Mikel se despide de su hijastro con la mirada, y Miguel sĂłlo puede regalarle un Ășltimo vistazo rĂĄpido antes de dar la vuelta y perderse por la siguiente calle. Va altivo, con la frente en alto.
 Mikel se da cuenta de que es observado, y sonrĂe a su leal empleado, poniendo una mano sobre su hombro.
â Cree que es un niño mĂĄs de tantos, pero es el Ășnico que ha llevado mi nombre alguna vez â dice con evidente orgullo el vasco.
â Todos tenemos algo de especial para usted ÂżNo?
â AĂșn me acuerdo de tu tatarabuelo de vez en cuando. TrabajĂł incansable para mĂ igual que tĂș.
â Con eso me dice todo, señor. â sonrĂe JosĂ© â Por cierto, ÂżIrĂĄ esta noche a visitar a Doña Clara?
Mikel se detiene un segundo a pensar. Con la otra mano en su bolsillo sintiendo el pañuelo bordado por MarĂa entre sus dedos, niega una vez a su mayordomo.
â No, prefiero quedarme en casa hoy a recordar viejos tiempos.... De hecho, manda a una de las criadas por unas flores y que me disculpe con ella.
â Como ordene, Don Miguel.
Espero haber atendido tu pregunta con total éxito, siempre puedes preguntar mås si algo no quedó claro, perdona por utilizarte para divagar y flexear mis escritos JASJA pero bueno, este blog lo utilizo también como mi dumping personal de escritos y de screenshots de cosas que estudio (aunque esos se quedan en privado para mi :P)