Fue un trend muy divertido, dejo por aquí la versión sin censura, la censurada y a Stelios
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Capitulo 4
"Misión"
Una ráfaga caoba serpenteaba con agilidad vertiginosa a través de los inmensos árboles. Su paso veloz hacía que las flores se agitaran, y un par de pétalos se adherian a su pelaje, como si le suplicaran, un respiro.
Él, absorto en su labor, solo detenía la marcha para tareas puntuales: Agacharse. Cortar un tallo. Escalar el tronco y una vez en la cima, apartar con cautela al arácnido que retosaba en su telaraña. Enrollo todo en una rama y salto al suelo. Busco su siguiente objetivo y repitió hasta formar un carrete de seda blanca e impecable.
—Vaya, es hermoso... —
La blancura de la hilaza, le recordo el nevado día, cuando se despidió de su mentora. No obstante, se puso de pie y estiró, para cumplir la encomienda. Pero sus pezuñas abandonaron todo sigilo, cuando advirtió un par de iniciales talladas en un tocón. Sacudió la cola con alegría y sonrió. Pese a los años, aún encontraba rastros dispersos de sus adorados estudiantes, en los rincones más inesperados de Arcadia: el legendario bosque cambiante que lo vio nacer.
Mientras tanto, en la cabaña, Afrodita se aseguró de cerrar bien las cortinas, para evitar cualquier indiscreción divina.
Buscó algunos utensilios y regresó a la mesa. Tomó las uvas del frutero, retiró las semillas y las depositó en un cuenco con agua. Colocó los frutos en un paño y exprimió hasta la última gota de jugo dentro del cántaro. Sopló el interior, lo tapó con una tela y sonrió, orgullosa.
—No será ambrosía, pero no estará nada mal. Bien, veamos qué otra cosa puedo hacer aquí…
La rústica y sombría cabaña de madera distaba mucho del fino y deslumbrante mármol de sus aposentos dentro del Olimpo. Más se dejó guiar por un exquisto aroma, que contrastaba con el dulzor frutal de la habitación.
La diosa abrió despacio la despensa de su anfitrión. El interior guardaba un delicioso tesoro que Deméter aprobaría: pan de corteza crujiente pero miga suave, de sabor neutro. Rió para sus adentros, traviesa.
«Identico al dueño de este sitio, bueno, pero bastante simple para mi gusto…»
Observó el resto de frutos en la mesa. Y colocó su mano temblorosa sobre el pecho. El frío matinal, sumado al vacío que dejo cierta ausencia, mermaban sus fuerzas estando en soledad.
Subió despacio las escaleras a la habitación donde las mantas y telas quedaron dispersas. Doblo y guardo casi todas las telas, a excepción de la última, que tenía bordadas anémonas blancas. Los ojos de la diosa se tornaron cristalinos. El peso de su corazón era insostenible. Dolía tanto.
—Con mesura, diosa nacida de la espuma… — musitó — tampoco deseo ser una carga para el...
Solo un par de días bastarían para que su mente repusiera fuerzas; no podía regresar al Olimpo en ese estado...
Por lo que se dejó caer sobre la cama de Stelios, el fauno que lograba distraerla de sus penas.
Mientras tanto, lejos de la cabaña, las pezuñas de Stelios apenas rozaban el suelo. Su velocidad cortaba el viento, pero no la flora.
Al terminar de recolectar los encargos, sintió cierta prisa por volver, hacía tiempo que nadie esperaba su regreso a casa.
—Todo listo. —se dijo a sí mismo, ajustando el carrete de seda en su hombro.
Pero a medio trayecto, sintió una mirada clavada sobre él.
Stelios apretó el agarre sobre el cordel. Disimuló seguir recolectando materiales, arrancó un par de hierbas y se sentó un momento. La presencia se mantenía a raya, oculta entre las sombras del bosque. No era ni instinto predador, ni curiosidad, y no poder descifrarlo le inquietaba más.
Al llegar a un riachuelo, dejó de lado los encargos con cuidado aparente. Fingió agacharse a beber, pero en un movimiento "accidental", tiró una rama al agua.
El chapoteo rompió la quietud del agua en ondas. Como esperaba, la ninfa del riachuelo respondió furiosa, disparando rocas en su dirección. Stelios las esquivó de un salto ágil, de esta trampa no se libraría el ente.
Por un instante, el observador reaccionó ante el estruendo. La sombra se movió entre los árboles, rápida como el pensamiento. Stelios giró para perseguirla, se impulsó con velocidad, pero solo halló un rastro de hollín donde había estado la presencia.
Y algo más.
Stelios tomó entre sus dedos parte de la ceniza y frunció el ceño. El olor que despedía era inconfundible.
—Esto es incienso de azufre.
Se dio media vuelta hacia el riachuelo, guardando una pizca entre sus ropas.
—Perdona las molestias, doncella del agua, pero quisiera saber si conoces a esa entidad.
Las aguas burbujearon con indignación antes de que emergiera la pequeña figura, delicada y menuda. Esta hizo de lado los negros cabellos que cubrían su rostro, revelando ojos oscuros. Negó con la cabeza, pero luego, señaló los materiales junto a la orilla: la seda, la miel y el laurel.
Él se sorprendió un poco ante la duda, pero aclaró:
—¿Eso? No son para mí.
La ninfa se cruzó de brazos y frunció el ceño con escepticismo. Stelios elevó las palmas, antes de que ella tratase de llevárselos.
—¡Son encargos para una olímpica! —explicó, sorprendido por elevar la voz más allá de lo usual.
La pequeña dio un respingo. Sin mediar palabra, se sumergió en las aguas con un chapoteo apresurado que apenas disimuló su miedo.
Stelios agachó las orejas. Parecía una muy mala excusa e ingratitud suya. Exhaló con pesar.
—Me olvidé agradecerte, lo siento. ¡La próxima vez que vaya a la aldea, te traeré los dátiles que tanto te gustan!
Contempló su reflejo en el agua, distorsionado por las ondas que la ninfa dejó. Al poco, un par de peces saltaron a la orilla en respuesta; ver sus brillantes colores al sol, le trajo un alivio que aligeró la tensión en su ceño.
—Iré antes de la próxima luna, te lo prometo. Cuídate.
Stelios escaló las ramas de los árboles, buscando indicios de la presencia. Sus ojos lavanda escrutaron cada sombra, cada movimiento del follaje. Pero el rastro se había desvanecido por completo, como si nunca hubiera existido.
Al asegurarse de que no deambulaba por los alrededores, recogió los materiales y regresó veloz a su hogar. Aunque se desplazaba a toda velocidad, no dejaba de analizar el entorno. Lo que menos quería era traer problemas a su cabaña.
«Ya suficiente tiene ella», aún le intrigaba por qué aquella paloma le parecía tan frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento. En contraste con su forma divina. Empero, fuera lo que fuera aquella entidad, no la dejaría acercarse.
Al llegar a su hogar, estuvo atento al silencio del lugar. No había señales de disturbio, o de alguna presencia acechando entre los árboles circundantes.
—Bien.
Aún retozaba en la cocina el aroma frutal, y pocas cosas estaban fuera de su lugar. Afrodita respetó su espacio y límites, un gesto que no esperaba de la diosa del deseo. Dentro de un cántaro halló el dulce vino. Incluso suspiró ante su exquisito aroma, disipando sus preocupaciones por un instante. Al no verla cerca, pensó: «Quizá tarde demasiado en regresar». Así que buscó el cesto de manzanas para agradecerle. Pero el canasto se hallaba vacío.
Una aprensión sutil se cernió en su mente, tal vez no debió bajar la guardia tan pronto. Subió las escaleras con cautela, cuidando que sus pezuñas no hicieran el menor ruido. Al asomarse a su habitación, el aire se le escapó de los pulmones.
La pequeña paloma yacía sobre su lecho, acurrucada entre las mantas. Pero no parecía dormida y de hecho, creyó ver diminutas lágrimas deslizándose por su plumaje: un ovillo blanco, sobre la manta de anémonas.
«¿Esas no son las flores donde...?»
Su mente volvió al claro, en el momento dónde la vió por primera vez.
Stelios se quedó inmóvil en el umbral, con el carrete de seda aún colgando de su hombro y el cuenco con miel en su mano.
No sabía qué hacer. Tomarse la libertad de ofrecer consuelo a una olímpica ¿Sería considerada una blasfemia? El peso de sus pensamientos lo aplastó.
Así que hizo lo único que sabía hacer cuando sus alumnos lloraban en silencio: esperó.
Y cuando ella advirtió su presencia, sus pequeños ojos se volvieron hacia él. La vulnerabilidad que denotaban rompió el corazón de Stelios, que sin pensarlo, paso al interior de la habitación, depositando los materiales con cuidado en la mesita.
—Mi señora —murmuró con suavidad—, he traído lo que me pidió.
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Capitulo 3:
"Ofrenda"
El fauno miró de soslayo a la paloma. El ave ladeó la cabeza y dio un par de saltos. Stelios frunció los ojos. La paloma sacudió la cola, extendió las alas y saltó a la silla, donde retomó su forma divina.
Cruzó las piernas con una elegancia que era un decreto, y declaró:
—Tal parece que tus ojos son deslumbrados ante la encarnación de los sueños de miles.
Afrodita tomó el frutero y seleccionó una uva, depositándola entre sus labios como una ofrenda a sí misma.
—Ahora, tu huésped, gentil Stelios…
Con un gesto, instó al fauno a acercarse. Él avanzó, cada paso medido. Al terminar la fruta, y ante la rigidez perpetua de su anfitrión, preguntó:
—Dime, ¿acaso no te complace la bendición que se te ha concedido?
Tomó otra uva y la aprisionó con fuerza en su puño. Stelios contuvo el aliento. Ella abrió la palma con suavidad: donde hubo fruta, ahora una gema púrpura latía.
El fauno cruzó la mirada con ella. Elevó una mano, pidiendo un momento. La diosa asintió con una sonrisa, apoyando su rostro en las palmas: a la par estudiaba cada tic y alteración en la respiración del arquero.
Tras siglos, reconocía hasta el menor gesto: tanto de devoción como deseo. Pero aquel fauno de cornamenta rota era una intriga total. Y a ella le complacía descifrarlo.
«Qué adorable ser.»
Stelios se dio media vuelta con total rigidez y se dirigió a la estantería. Del cajón sacó una correa de cuero de la que pendía una lupa, regalo de su abuelo. Tomó un banco y lo colocó frente a la diosa.
Limpió el lente y examinó el obsequio. Su color tan distinto despertó mil preguntas en él. Mientras admiraba los destellos internos de la gema, la curiosidad de la diosa por el artefacto creció hasta ser tangible. Extendió la mano al frente para solicitar la lupa. Stelios asintió y se la entregó.
La calidez de los dedos divinos, así como su sed de respuestas, le recordaron a sus jóvenes pupilos. Sin darse cuenta, la tensión en sus hombros cedió.
La diosa observó primero las palmas callosas. Después, las cicatrices en el contorno de esos ojos, de pupilas únicas.
—Vaya. El detalle que se aprecia es magnífico —murmuró, absorta en el mundo que la lente revelaba.
Al aproximarse más, notó de nuevo ese gesto en Stelios, ese fruncir de ojos. Ya que su anfitrión se adaptaba a su estadía, parecía tener otra razón. Así que le preguntó en susurro:
—Dime, ¿no eres capaz de admirar con claridad el esplendor del todo?
El fauno asintió con un suspiro, su respuesta fluyó con mayor confianza.
—Así es, mi señora. No es que desprecie su compañía. Para mí es un honor inmerecido. —Unió ambas palmas en ruego e inclinó levemente la cabeza—. Pero le pido paciencia. Valorar los detalles me exige usar la lente. —Elevó la visión, que despedía una chispa de alegría—. Le agradezco de corazón. Es… muy amable conmigo, mi señora.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Afrodita, realzando su esplendor olímpico. El fauno aceptó su gratitud, y con ello, su estadía.
—La manera en que diriges tu verbo sería aplaudida por la mismísima encarnación de la sabiduría. —Desvió la mirada y un suspiro escapó de sus sedosos labios—. Mas mi afinidad con esa deidad es… escasa. —Balanceó una uva entre sus dedos y añadió—. Tu caso es distinto.
Depositó la uva en los labios de su anfitrión, quien la recibió con una leve inclinación.
—¿Es mérito propio, o acaso ella te brindó parte de su conocimiento?
Stelios esbozó una sonrisa y, sonrojado, desvió la mirada, musitando:
—Tendrá su respuesta después de su baño, mi señora. Es algo digno de contarse con un buen pan, queso suave y algo de vino.
Los ojos de la diosa brillaron con un fulgor dorado ante la pícara respuesta. Su anfitrión era un cofre de sorpresas gratas, a diferencia del de Pandora. Stelios devolvió la mirada a su huésped, y señaló al norte.
—En esa dirección hay un lago cristalino que podría ser de su agrado, mi señora.
Su visión recorrió de pies a cabeza la figura divina. Consideró que esa piel de mármol podría dañarse aún con la más suave de sus toallas. Se cruzó de brazos, miró al techo y analizó diversas opciones para tal dilema. Se puso de pie y se dirigió a buscar algo digno en su cofre, descartando tela a tela.
La diosa, al principio, se sintió desconcertada por el pequeño caos. Pero, al caer en cuenta sobre la causa y ver cómo el fauno se ocupaba tanto en resolver por su cuenta tal trivialidad, le resultó profundamente tierno.
—¡Stelios!
Lo llamó con suavidad mientras apoyaba su palma en el hombro del fauno. Este elevó las orejas ante el tacto y regresó a la realidad.
—Ven, requiero unos favores de tu parte. Cúmplelos al pie de la letra y te otorgaré… una porción de mi favor.
El fauno ladeó la cabeza, dubitativo.
—Prometo que te divertirás, son pequeñas hazañas que no requieren que salgas más allá de tus dominios.
Su anfitrión asintió, la curiosidad venció su precaución.
—¿En qué puedo servirla, mi señora?
Afrodita enumeró las misiones a cumplir.
—Necesito toda la seda de araña que puedas conseguir, pero debe estar libre de impurezas. Algo de miel. Aceite de olivo y un par de hojas de laurel. —
Hizo una pausa, consciente de su propio tono imperioso, y añadió con dulzura genuina—: Yo me encargaré de preparar un buen vino. Deseo escuchar tu relato, si no te importa.
Stelios sonrió, presentó una breve reverencia y respondió:
—Sus deseos son mi fundamento, mi señora. No tardo.
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Tan inaudita visión descoloco al fauno de la cornamenta a las pezuñas, robándole el aliento. Tras mirar su reflejo en la mirada ajena, tamborileó la superficie con sus dedos: confirmó que sus ojos no le engañaban. No se trataba de áspera lana, sino de la seda carmesí que envolvía los delicados costados de la diosa.
Ella se deslizaba con fluidez felina. Los instintos primordiales de Stelios le gritaban que huyera, pero el peso divino sobre su regazo lo inmovilizó por completo. Sentía el palpitar de su corazón en la garganta.
Apartó las manos con cautela. No pasó por alto que la dulce esencia de rosas, ocultara un vaho a muerte. Cuanto más se acercaba la divinidad, más fruncía el los ojos. Limitando su mundo a una rendija. Sus latidos resonaban con fuerza. Se negaba a cerrar los ojos; temía que, si se sumía en la oscuridad total, jamás volvería a ver la luz.
Afrodita se detuvo. Retrocedió un palmo. Stelios abrió los párpados, despacio. Ella sonrió ante su descubrimiento. Observó al fauno petrificado. Segura de que la embriagaba su imagen de ensueño.
Con un gesto sutil, tomó el mentón de Stelios. Se acercó hasta que su cálido aliento acarició la piel del arquero. Sus ojos de jade, advirtieron las delgadas cicatrices que enmarcaban los ojos del fauno. Pero no se detuvo, y siguió escudriñando el peculiar color lavanda de su anfitrión.
Fueron instantes de un silencio total, en los que la diosa parecía querer desentrañar el rincón más recóndito de su alma. Él solo apretó los puños con fuerza, esperando el golpe que no llegó.
Luego, Afrodita se distanció con la misma delicadeza letal. Para Stelios, esos segundos fueron una eternidad. Recuperó el aliento y relajó las manos.
La diosa se irguió por completo. Las patas del fauno temblaban. Ella le dedicó una mirada que no era compasión, sino el interés de una coleccionista por una pieza rara, y su voz resonó con una dulzura cortante.
—Tu piel es un mapa de batallas, más tus ojos no tienen la mirada de un guerrero.
Stelios abrió de par en par los ojos, desprevenido. Afrodita se cruzó de brazos, impaciente.
—Y no solo eso. Tu cuerpo parece actuar por cuenta propia. —Señaló sus patas. Stelios posó sus manos en las rodillas; el temblor disminuyó. Ella asintió complacida; su obediencia le agradaba—. Un reflejo, ¿no es así?
Se acercó a la estantería. Delineó con un dedo perfecto los vértices de un yelmo, dejando un surco en el polvo.
—Dime, ¿tienes alguna razón para conservar esto? No pareces tener el temple para derramar sangre ajena. Tú, que lloras al fulminar, para salvar…
Ante la pregunta, el rostro del fauno se ensombreció. Pese al temblor de sus patas, se puso de pie y se dirigió a la estantería. Afrodita analizaba con avidez cada uno de sus movimientos.
Al llegar, Stelios tomó el yelmo entre sus manos, sonriendo con una amargura que le agrió la voz.
—Su atención al detalle es formidable, mi señora. Mi devoción era hacia mis pupilos. No obstante, ellos... se encaminaron por los senderos de la guerra.
El fauno regresó el yelmo a su sitio y, de un cajón oculto, extrajo un pequeño pergamino.
—Esto podría ser de su agrado. Son los primeros versos que mi estudiante le dedicó a su amor.
La diosa desenrolló el papiro con una curiosidad genuina. Sus ojos recorrieron los trazos torpes, y una sonrisa de compasión auténtica se dibujó en sus labios.
—No está mal. Reconozco el ingenio para crear versos con "fuego abrasador" y "fuerza implacable", aunque dudo mucho cautiven genuinamente a una doncella... No negaré que el amor profesado es, tierno, a su modo.
Afrodita dejó el rollo a un lado, prefería no ahondar en esos temas, pero no quería ser descortés con Stelios. Cuya mirada se perdió en el vacío unos instantes, antes de añadir.
—Sus nobles sentimientos le fueron correspondidos y al madurar, concibieron un hijo. Sin embargo, tras cumplir su misión, se desconoce su paradero...
La diosa advirtió entonces cómo los ojos del fauno retenían un mar de lágrimas, y su boca, un centenar de historias por contar. Se acercó entonces, con un contoneo que era un arma en sí mismo. Colocó su índice sobre los labios del fauno, sellando cualquier palabra.
—Cuéntame más... mañana. ¿Te parece bien?
Stelios asintió con la cabeza, incapaz de articular sonido. Ella le dedicó una sonrisa que no era apacible, sino una promesa. Se dio media vuelta. Cada paso sonaba cual verso de seducción. Al llegar a la mesa, se giró para mirarlo y le guiñó un ojo. La espuma de mar envolvió su cuerpo, devolviéndola a su humilde forma plumífera.
Se recostó en el canasto y trinó con suavidad. Stelios se levantó de la silla con torpeza. Hizo una reverencia y apenas atinó a musitar:
—Que Orfeo cuide también de sus sueños, mi señora.
El ave cerró los ojos y se hizo un ovillo. El fauno salió de la habitación sin hacer el menor ruido, preguntándose si todo había sido un sueño.
«Quizás esas moras estaban fermentadas... sabía que comer algo tan dulce no sería nada bueno. Seguro todo volverá a la normalidad mañana.»
Pero, al despertar, notó un montón de manzanas sobre su mesita. Y en la mesa central, el canasto con la tela de lino. No fue un sueño. Fue real.
«¿En qué clase de problema te has metido, Stelios? Y, sobre todo... ¿qué pretende la diosa del amor?»
Al acercarse, notó que el canasto estaba vacío. Exhaló, aliviado. Más un aleteo y el pequeño peso de un ave sobre su hombro, disipo la efímera paz.
—Buen día, Stelios. ¿Dónde puedo tomar un baño? —trinó el ave en su oído, con un dejo de picardía divina. Provocando que el pelaje de Stelios se erizara por completo.
🏹 Un fauno que llora por sus enemigos: Abandonando todo, para perseguir un sueño imposible. ♀️ Una diosa que desconoce la virtud de su domin
Unas alas cortan los cúmulos en picado. Las garras se abren hacia un lecho de anémonas rojas. Allí, una paloma clava la mirada en el predador. No es miedo. Es otro instinto ancestral.
Antes de que sus garras se contraigan, un silbido corta el aire.
El último trinar de la rapaz estremece el claro. Unas pezuñas se abren paso entre la hierba. Y él cae de rodillas frente a su presa. El enorme arco se desliza de su hombro. Con manos temblorosas, toma el cuerpo del predador. La cabeza del ave se balancea, inerte.
Un sollozo se desgarra en su garganta.
—Perdóname… Tú solo seguías tu instinto. Yo no quería arrebatarte la vida. Lo siento tanto.
La avecilla blanca ladea la cabeza. Mira con curiosidad al arquero que llora, como si hubiera perdido a un viejo amigo.
La paloma aparta los pétalos de su refugio. Extiende, con trabajo, el ala derecha. Sacude su plumaje y se acerca, cautelosa, al extraño. Ulula por lo bajo. Él, eleva las orejas ante aquel trino lastimero y la mira. La paloma, confiada, se aproxima. Pero tras unos pasos, cojea.
Él deposita el cadáver entre las flores y se acerca con mesura. El ave lo observa, atenta, y levanta su ala temblorosa. Él comprende al instante. Seca sus lágrimas con el dorso de la mano y asiente.
Analiza al frágil ser: sus patas rosadas, el plumaje desordenado. La carga con sumo cuidado entre sus manos. Inhala profundo, recuperando algo de paz con tan simple acto. El agarre se vuelve seguro.
Retoma el arco y se lo echa al hombro. Se pone de pie y avanza, cuidando de no aplastar las flores con sus pezuñas. Observa alrededor. No hay nidos cerca.
—¿Cómo llegaste aquí en ese estado? — observa al ave, que solo le devuelve la mirada y suspira. Sigue avanzando. Nada. Los nidos que divisa tienen ocupantes que no se le parecen.
De pronto, una gota de agua cae sobre su cornamenta rota. Un estremecimiento recorre su lomo. La fina lluvia comienza a caer, cálida y delicada. El fauno, preocupado por su preciada carga, corta un par de hojas amplias e improvisa un manto para cubrir al ave.
—Parece que estás muy lejos de tu hogar. Ven. Te llevaré al mío. Cuidaré de ti hasta que sanes.
La paloma oculta el rostro entre sus alas y se hace un ovillo. El fauno sonríe con alivio. A su manera, parecía que el ave aceptaba la ayuda.
Al llegar a su humilde cabaña, él estaba empapado. Pero no el ave. Usualmente, el fauno no tardaba en llegar a su hogar; su velocidad rozaba la de Hermes. Pero en esta ocasión, un mal paso podría lastimar a su nueva amiga. O eso quería pensar. Tal vez tanto tiempo solo, lo acercaba más a la locura.
El fauno buscó un sitio para su huésped, alegrándose al encontrar el indicado: ¡el canasto con manzanas! Lo vació y forró el fondo con lino suave. La paloma observó los frutos con tal intensidad, que un escalofrío recorrió su columna
—Entiendo. Alejaré esto de tu vista.
Cargó el canasto con cuidado. Un sutil estornudo de su huésped lo hizo volver la mirada. El fauno sonrió con ternura y le dio un toque sutil a la cabecita del ave. El plumífero se esponjó y cerró los ojos.
—No tardo. Solo permíteme secarme, o seremos dos los enfermos. Eso no sería bueno.
Colgó el arco en su sitio y salió de la habitación. Mientras la paloma esperaba en su improvisado nido, escrutó con curiosidad aquel refugio. Modesto, algo polvoriento. Pero su atención se fijó en el arco, demasiado grande y pesado para un ser de su tamaño, sumado al forro de piel de león.
Siguió curioseando: la estantería exhibía diversas piezas bélicas, tan pulidas que brillaban con una luz fría. El ave esponjó sus plumas. «Las apariencias engañan. Este ser es amante de la guerra». Bufó.
Volvió la espalda a ese rincón. Al continuar su exploración, encontró algo de su agrado: un hermoso tapiz con flores blancas que bordaban el nombre de "Stelios". Al girar, se estremeció. Su plumaje se erizó y emitió un gorgojeo de sorpresa. El fauno estaba tras ella.
«No escuché sus pezuñas... ¿Cómo es posible?»
Él se sobresaltó ante la reacción. Se agachó a su nivel y elevó las palmas, tratando de calmar al huésped. Los nervios lo inundaron de vergüenza.
«Cómo pude asustar así a un animal lastimado. Casi es devorado y ahora su corazón podría detenerse del susto. Atenea, ¿cómo fue que me tuviste tanta paciencia?»
—Tranquila, pequeña. No pretendía asustarte. Perdona mi torpeza.
El ave recompuso sus plumas y volvió la mirada al tapiz.
—¿Eso? —su voz se suavizó—. Es un regalo de mi madre. Mi padre no comprende la razón por la que me nombró así. Ni yo mismo, para ser honesto. —Se rascó la nuca con cierta pena—. ¿Me permites examinarte?
El ave se dejó hacer. Las manos de Stelios, callosas por la empuñadura de las armas, trazaron su contorno con la meticulosidad de un artesano.
—Tus ojos y plumaje delatan tu juventud. —El fauno sintió una opresión en el pecho; su sonrisa se apagó—. Igual que las suyas... —Miró por la ventana el caer de la lluvia, el aroma a tierra mojada—. Al menos el agua lavará la sangre de su cuerpo... —Con la cabeza baja, exhaló. Miró a la paloma—. No. Era muy injusto. Tú estás herida y tan sola.
La paloma trinó por lo bajo; ella parecía entenderlo, y prosiguió.
—Eres tan pequeña y valiente. No lloraste, ni pediste ayuda. Pero aun así, no eres nadie...
Ambos cruzaron miradas. En ese instante, el fauno cayó en la cuenta: ese diálogo era para sí mismo.
—Perdóname, estoy divagando. Seguro te aburro.
Stelios dejó al ave sobre la mesa y, con la cabeza gacha, fue a reposar un momento en su silla. ¿Desde cuándo se volvió tan pesimista? De pronto, un aleteo irrumpió su línea de pensamiento. La paloma se posó en su regazo. Preocupado por su estado, acercó la mano.
Los ojos del ave emitieron un resplandor dorado. Stelios se petrificó ante ello, y la paloma fue envuelta en espuma de mar. Donde hubo plumas, surgieron curvas. Donde hubo pico, una sonrisa pícara. Los brazos de la belleza nacida de la espuma rodearon los hombros del atónito fauno.
—Yo no soy "nadie" —dijo la mujer, con voz firme y clara—. Ahora, cuéntame más.
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