—Bella —ojalá percibiera la devoción que emanaba mi voz—. Yo voy a estar contigo —tanto tiempo como pueda, tanto como me esté permitido, tanto como pueda mientras no te haga daño. Hasta que reciba la señal, hasta que me resulte imposible ignorarla—. ¿No basta con eso?
Sonrió, pero no estaba conforme.
Bella no comprendía que el ahora era todo cuanto teníamos. Mi respiración brotó en forma de gemido.
Me acarició la mandíbula con la yema de los dedos.
—Mira —dijo—. Te quiero más que a nada en el mundo. ¿No te basta eso?
Y por fin fui capaz de esbozar una sonrisa sincera.
—Sí, es suficiente —prometí—. Suficiente para siempre.
Esta vez me refería a la verdadera eternidad. Mi eternidad. Mientras la noche devoraba las últimas luces, me incliné y le besé la cálida piel del cuello.
Sol de medianoche; Stephenie Meyer