She's back in town.
Su cuerpo se negaba a obedecerlo, su mente no le daba respuestas y su corazón se negaba a latir más lento. Al contrario, parecía que estaba compitiendo en una carrera de velocidad contra quién sabe qué, haciendo que su pecho doliera con cada latido. Sacudiendo su cabeza, trató por todos los medios de conseguir su voz, de conseguir sus movimientos o, por lo menos, de conseguir la capacidad para no parecer asombrado y disgustado por la presencia de la morena. Pero nada de eso paso, no. Lo que realmente pasó fue que no pudo articular palabra y no pudo desviar ni siquiera su mirada, la cual, sorpresivamente para él, se hallaba recorriendo el cuerpo de la chica de los pies a la cabeza. Estaba bien, se veía bien pero sabía que el daño realmente no estaba a la vista. Sabía, mejor que nadie, que el daño estaba en el interior, un lugar a donde la chica lo había dejado entrar y que él se había encargado de destruir. Mientras pensaba en eso, su mente comenzó a trabajar nuevamente, pero en vez de sacarlo de aquel apuro, lo único que hizo fue bombardearlo con las imágenes de la ojioscura acostada en una cama de hospital con múltiples vendajes cubriendo su anatomía. Y luego, la voz de la enfermera que le decía a través de una línea telefónica que América iba a despertar pero que quedaría sin memoria. Cerrando sus ojos, trató de bloquear todo aquello mientras su respiración comenzaba acelerarse sin remedio alguno. No, no podía pensar en eso y no, la chica no estaba ahí. Cuando abriera los ojos, todo habría sido una ilusión. Pero no fue así, cuando volvió abrir sus marrones ojos, se encontró con los contrarios puestos en él, evaluándolo, escrutándolo. En aquellos momentos la pelinegra se hallaba diciendo algo pero, incapaz de hacer otra cosa que no fuera verla y discutir con sus pensamientos, Sebastian se perdió por completo en su voz y sus palabras, recordando una vez más como aquella voz que tanto le había gustado le decía te amo por primera vez, haciendo que se sintiera el hombre más feliz de la Tierra en cuestión de segundos. Una vez más, trató de bloquear esos pensamientos con todas sus fuerzas pero, como anteriormente había pasado, no pudo lograrlo. Éstos seguían ahí, aunque había luchado contra ellos incontables veces. Sacudiendo la cabeza una vez más, trató de centrarse en lo que estaba pasando delante de él, trató de centrarse en la hermosa chica frente sus narices. Una vez más volvió a sorprenderse por sus pensamientos, pues le asombraba y asustaba encontrar a la chica hermosa. Pero era la verdad, seguía siendo la misma mujer hermosa que una vez llegó a querer incondicionalmente. Incluso se atrevía a decir que estaba más bonita que antes, aunque suponía que eso era una máscara, un disfraz. — ¿Q-Qué? —Preguntó confuso, frunciendo levemente su ceño mientras se preguntaba qué aspecto debía de ofrecer para que la chica se alterara de aquella manera. Dispuesto a responder a su pregunta, se halló interrumpido cuando la mano de la morena tocó su frente, haciendo que una oleada de escalofríos lo sacudiera, haciéndolo estremecer involuntariamente. No, no, no y no. Él no podía sentir aquello que sintió con aquel roce, no podía, no debía. Pensaba que ese tipo de sentimientos habían muerto cuando la abandono… Pero parecía no ser así—. E-estoy b-bien —tartamudeó, apretando sus labios—. ¿Qué h-haces aquí, América?
Miraba expectante los gestos del moreno. Al parecer su aparición le había tocado bastante fuerte, pero también a ella, así que no entendía porqué tanto suspenso. Aunque sí, ella había estado recreando justo éste momento en su cabeza más de una vez y quizás él estaba en desventaja por no esperarse nada así, pero de cualquier forma debió haber disimulado. La morena no era una maestra para leer las señas, pero podía entender por su expresión, que lo menos que el castaño tuvo al verla, fue emoción. En cierto modo éso la alentó, quizás reprimiría cualquier tipo de encuentro con ella ahora que sabía donde estaba, pero estaba el otro lado en el que todo lo contrario pasara, cosa que realmente esperaba que no. No pudo reprimir algunas risas al notar su obvia confusión y simplemente presionó sus labios con diversión, observándolo. —¿Seguro? —cuestionó no demasiado confiada de sus palabras, para luego entrecerrar sus ojos y sacar un pequeño estuche de su cartera. —Te daré una pastilla, solamente para asegurarme. —indicó, dejando que sus dotes médicos salieran a relucir, mientras finalmente encontraba la medicina. Tomó la mano del moreno para tendérsela y sacó rápidamente un botellón de agua de su mochila para cerciorarse de que la tomase. No pudo evitar que su mirada se posara en sus labios tras aquella acción, trayendo de vuelta a su cabeza aquellos besos de los que antes era adicta, la textura de sus dulces labios y el sabor de su boca, todo aquello la golpeó bastante fuerte en ése momento, provocando que la mayor se mordiese el labio y disimuladamente sacudiera su cabeza, alejando aquellos pensamientos. Nuevamente escuchó aquella melodiosa voz, que aunque sonara bastante temblorosa, seguía provocandole todo tipo de estremecimiento, con tan solo atender a su entonación. —Creo que es un poco obvio. —comentó señalando sus maletas que descansaban en el suelo luego de aquél choque, soltando una risita por lo bajo. —La verdad es que las amigas con las que trabajo decidieron obsequiarme un viaje. —relató, alzándose de hombros. —Les conté mucho sobre Calivigny así que creyeron que sería un lindo detalle regalarme el pasaje. —acabó, sin darle demasiados detalles. —¿Qué hay de ti? ¿Te estableciste aquí? ¿Tienes algún trabajo, familia, o algo así? —inquirió, genuinamente curiosa y queriendo saber, sobretodo sobre lo último. Quizá el escuchar sobre alguna relación que poseyera el chico la haría olvidarse por completo de él, finalmente dejarlo como un capitulo cerrado y reprimir los sentimientos que estaban volviendo a aparecer con tan solo tenerle en frente.













