La médium
Amadas voces ideales
de aquellos que han muerto, o de aquellos
perdidos como si hubiesen muerto.
(Kavafis)
La terraza estaba abarrotada de gente -a pesar de que los precios de todo no paraban de subir. Estaba en ayunas, pero cuando el camarero llegó solo pedí una bebida: tener el estómago lleno hacía que las visiones fuesen lentas y pesadas, pegajosas a veces, y solo estaba haciendo tiempo. Ya comería al llegar al llegar a casa.
-¿Qué te pongo, Corazón? -preguntó el camarero.
-Un zumo de naranja.
-¿Naranja o limón?
-De naranja -repetí.
-¿Con hielos o del tiempo, bella?
Yo lo prefiero de coco, con hielos y sombrilla. Dijo la sirena, pero nadie más la escuchó.
-Sin hielo, por favor.
El camarero se fue tarareando una canción en voz de grito. Él era el responsable de toda la terraza, y lucía una inquietante mezcla de buen humor y violencia contenida. La sirena no era tal, tenía dos piernas y llevaba una gabardina deshilachada.
Suelo evitar hablarles y mirarles, a todos ellos, y más en público; ya bastante aspecto de tarada arrastro desde hace unos años. Pero a veces no puedo evitar buscar sus ojos para sumergirme un par de segundos en ellos dos pozos sin fondo.
Pozos que contienen el mar. Dan vértigo, y un poco de miedo. No contienen un Mediterráneo cualquiera, ni tampoco uno de esos extraños lugares de culto de agosto. Contienen el principio de todo, allí donde un día los volcanes submarinos acumularon la vida a su alrededor, donde no llegan los rayos solares y los habitantes se las apañan para crear su propia luz.
Poca broma. Pero más allá de eso, de sirena no tiene nada, aunque sus ojos enormes me llamen desde detrás del pelo rubio, y aunque entrevea bellísimos rasgos, quizá al margen de lo que es posible en este mundo. Cuando aparece, me dan ganas de preguntarle si murió ahogada.
Pero me he impuesto esa regla: no hables con fantasmas. El camarero me trajo un zumo de limón.
-A mandar, Corazón, sin hielos -y se va a toda prisa, tarareando la misma canción.
Estoy segura de que la canción es inventada y que el camarero la tararea como un tipo de método para no dejarse llevar y matarnos a todos. Me tomé el zumo de limón con resignación. El taller de bicicletas abre a las cinco, ¿o era a las cinco y media?
Ves, si le hubieses dicho que lo querías de coco el camarero no se habría olvidado. Nunca nos haces caso.
Siento yegar tarde, dice el ludópata al llegar.
Vaya, el que faltaba. Dice la sirena, poniéndose unas gafas de sol, que saca de su capa hecha jirones.
Sé que te alegras de berme, no mientas, que sé ke eres feliz aunque ballas de que no.
No, no es así, es que nadie te aguanta.
Me amas. Se be.
El ludópata tiene el pelo de punta, va vestido de lo que hace no mucho habría sido a la última moda, es un hijo de la ESO, y escucha trap en su mp3. Sin embargo es una rara avis, es diferente. Lo veo cada vez que saca a pasear su humor inquebrantable cerca de mí, aunque tampoco sé exactamente porqué.
Pero no puede ser, nuestro hamor es himposible, muerta.
La Sirena decide ignorarle. Veo las aves muertas, quien sabe si atropelladas o simplemente muertas, como la mayoría de los pájaros de las ciudades. Una vez leí que alguien se dedicaba a poner trampas en los parques, y les cortaba las patas a los pájaros que cazaba utilizando bridas de sujeción. El taller de bicicletas ya estaba abierto.
Pero estaría vien que lo reconocieses, dilo, te a-mo…
Y entonces los fantasmas empezaron a pegarse.
Dejo los tres euros que sé que cuesta el zumo sobre el plato, y me levanto para cruzar la plaza llevando la bibicleta a mi lado mientras los miro de reojo. Se agarran del pelo, trozos de la capa echa jirones vuelan, gruñen cosas inteligibles, ruedan por el suelo. Los transeúntes los atraviesan. Las peleas son habituales entre ellos dos.
Trabajo en un centro de recuperación climática, a pesar de que creo que la solución tendrá lugar por si misma, queramos o no. Cuando nuestra especie aprendió a manejar el fuego se desató el problema. Nos sacó de nuestro lugar en el ecosistema, para darnos armas para dominar a los depredadores, a comernos todo, a cocinarlo, a organizarnos y a multiplicarnos como lo hace cualquier especie sin control. Pero después, unos millones de años y todo volverá al inicio, aunque sea bajo la forma de pequeñas células en torno a volcanes submarinos. No pasa nada.
Parece que la pelea va en serio. La sirena grita desquiciada mientras intenta arañas la cara del ludópata. Doy unas zancadas y los dejo atrás.
Repite konmigo, reina, te deseo, te hamo, te…
Timbro la a la puerta del taller de bicis y me abre la puerte un joven sorprendentemente atractivo.
-Pasa -el joven me indica amablemente que entre al establecimiento, aún con las luces apagadas.
Ojea la bicicleta echa polvo, además de embarrada. Pero muy profesionalmente, no dice nada. Mientras me indica que seguramente estará lista para el jueves, trato de ignorar al fantasma sentado a la mesa de despacho.
Seiscientas pesetas de beneficio, y…
Cuenta. Oigo como la sirena y el ludópata han parado de pelearse, y ahora siguen discutiendo ahora al lado de la puerta. Me es imposible oír lo que me dice el chico del taller entre las tres voces. Hago un esfuerzo titánico para sonreír y despedirme, mientras salgo.
Cállate, analfabeto.
Disculpen, ¿sería mucho pedir que me dejasen terminar el balance de cuentas? Pueden discutir fuera.
Cáyate tú, warra.
Oigo sus voces a mis espaldas. Por suerte, se ha puesto a llover. Por eso aprovecho para salir corriendo y concentrarme en algo que no sea el profundo desazón que me invade desde que empezó esa situación, hace años.
















