— Ey, despierta...
– Gracias por darme hoy el mejor de los despertares...
— Tienes una espalda perfecta para recibir besos.
– Eso me has dicho... Pero tú te recreas.
— ¿Cómo no hacerlo ante la imagen de tu espalda desnuda?
– ¿Ves la ventaja de dormir en la mejor postura del mundo? Que tienes acceso ilimitado a mi espalda.
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- Sigo creyendo que es una postura de lo más incómoda. - Declaró al cabo de unos segundos, conforme apoyaba parcialmente el rostro en un punto alto e inexacto de la espalda femenina.
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- ¿Acaso parezco incómoda dormida? - Cuestionó sin poder evitar el florecimiento de una sonrisilla al sentir el cálido contacto ajeno sobre su piel.
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El americano optĂł por guardar, al menos momentáneamente, silencio: puede que Eleanor tuviese razĂłn, pero subjetiva y personalmente hablando, aquella postura le provocaba dolores de espalda sĂłlo de pensarla. Mudo, variĂł el lateral del rostro sobre el área ocupada: instante a partir del cual concentrarĂa la atenciĂłn de su mirada en la caricia que, a la altura del hombro femenino, uno de sus dedos se encontraba desarrollando.
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« Quien calla, otorga. »
No sintiĂł deseo alguno de exteriorizar aquel burlesco pensamiento, ni siquiera por tocarle las narices al americano: estaba demasiado ocupada concentrándose en aquel mimo que estaba dedicándole a la altura del hombro. Privarse del sentido de la vista fue automático, querĂa disfrutar(lo) con todos sus sentidos.
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— ÂżNos damos un baño? En la piscina. PodrĂa ser una buena hora, sin tanta gente.
– Si es lo que quieres...
— Imaginarme abrazado a ti en mitad del agua me parece una imagen perfecta.
– En eso pensaba yo estos dĂas que he estado yendo a la piscina de la urbanizaciĂłn de mi abuelo.
— Si te abrazas a mi espalda y coges aire, haremos una excursión al fondo de la piscina.
– ÂżSabes hacer RCP? Porque cuando no hago pie, me agobio y ahogarme está implĂcito...
— No me digas...
– SĂp...
— Entonces nada de inmersiones.
– Podemos ir a lo hondo, y sumergirnos. La única condición es que estés cerca para poder aferrarme a tu cintura cuando lo estime oportuno.
— ¿Sabes?
– Te escucho.
— Quiero instalar mi lengua en tu boca.
– Mejor que no sepas donde querĂa instalar yo la mĂa...
— Mucho mejor. Porque esto se trata de ti. No de mĂ.
– Para mà es justo al revés.
— ¿Escoges bikini? Gracias.
– No. Escógemelo tú.
— Sabes perfectamente que si por mi fuera, no lucirĂas ninguno. Pero... estoy recordando uno. La parte superior, los triángulos del pecho, eran desplazables. PodĂan moverse. Iba a juego con la parte inferior.
– Está bien... Ve bajando, en cinco minutos nos vemos allĂ.
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- ÂżDĂłnde prefieres que coja sitio? ÂżSol, sombra o una combinaciĂłn de ambas? - ConsultĂł a la morena, nada más haber extraĂdo del interior de uno de los armarios un par de toallas de verano.
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Tras terminar de aplicarse crema protectora en diferentes áreas de su anatomĂa gracias al formato en spray, saliĂł del aseo directa al dormitorio en busca de aquel bikini. Al cabo de un dos o tres minutos ya estaba lista para bajar a la piscina: como siempre, completĂł el conjunto con pareo translĂşcido a juego. (...) Una vez hubo dejado sus pertenencias sobre la toalla que el americano dispuso para ellos: fue directa hasta donde Ă©l se encontraba para adentrarse juntos en el agua. - Has escogido bien nuestro rinconcito. Tendremos unos minutos más de luz solar que el resto. ÂżVamos a la ducha primero, o ya te me has adelantado?
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Antes de adentrarse en la zona comĂşn de la urbanizaciĂłn que enlazaba directamente con el jardĂn y la piscina, el muchacho se detuvo unos segundos frente a un pequeño e improvisado puesto de gominolas, regentado por un reducido grupo de niños: los cuales pretendĂan recaudar unos cuantos euros para reemplazar la ventana de uno de los pisos bajos, rota a consecuencia de un balonazo.
Comprometido con la causa, el americano no dudó en hacerse con un surtido de dulces para amenizar la tarde, entre los que destacaban los ositos recubiertos de azúcar, coca-colas, lenguas, dedos, moras y ladrillos, antes de acomodar las toallas en uno de los rincones más tranquilos del lugar.
- Tan sólo he probado el agua con los pies. - Comunicó, tras haber negado con una expresión sonriente en el rostro. - Aunque me temo que tras haber presenciado algunas reacciones, la temperatura del agua no será de tu agrado. Al menos, no la de la ducha.
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— En la urbanizaciĂłn de mi abuelo, salĂa caliente y no me disgustĂł. Si está frĂa, con la calor que tengo ahora y sin corrientes de aire, tampoco. Probemos suerte. — Sin más dilaciĂłn, la muchacha agarrĂł al americano por una de las muñecas y tirĂł de Ă©l en direcciĂłn a las duchas. — Vamos.
Anduvieron unos cuantos pasos hasta la zona habilitada para las duchas pre y posbaño. No quiso demorarse allĂ excesivamente, tan sĂłlo pretendĂa mojarse e ir directa a la piscina: por lo que, tras girar el grifo, tratar de regular la cascada de agua y asegurarse de que cada rincĂłn de su anatomĂa estaba ahora hĂşmedo, fue descalza, dando « pequeños saltitos » hasta el borde de la piscina.
Incapaz de contenerse, hundiĂł uno de sus pies en el agua, sobre el primer escalĂłn para comprobar quĂ© tal estaba la temperatura. — Está buena... — MurmurĂł para sĂ.
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Antes de situarse bajo el ancho cabezal de la ducha exterior, el americano dedicĂł unos segundos de su tiempo a la contemplaciĂłn y al estudio de la figura femenina. ÂżPodĂa existir una imagen más erĂłtica y sensual que aquella? Lo dudaba. Lo dudaba enormemente. Sin embargo, todo lo que en esta vida tuviera a Eleanor como protagonista, era posible.
Relajado, el muchacho se privó voluntariamente del sentido de la vista durante el transcurso de la descarga temporal de agua. Una vez su cuerpo se hubo acostumbrado a la temperatura que lo bañaba, abandonó el espacio ocupado en busca de una espalda a la que aferrarse. - Preparada o no, allá vamos.
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Las carcajadas de la veinteañera brotaron desde lo más hondo de su ser, de forma espontánea y natural. Aquella risotada no fue fruto de sentir el húmedo cuerpo masculino aferrándose a su espalda repentinamente, ni mucho menos. Fueron precisamente aquellas palabras las que tanta gracia le hicieron. ¿Y si no estaba preparada para la inmersión? ¿Qué? No importaba, claro...
Qué feliz era, maldita sea. Qué feliz con tan poco.
— Pero desde aquĂ, por las escaleritas... — En aquella ocasiĂłn, la fĂ©mina utilizĂł aquel tonito de voz infantil que sĂłlo usaba cuando pretendĂa salirse con la suya, y quiso enfatizarlo entrelazando sus falanges con las de Ă©l, al tiempo que comenzaba a descender, a meterse (paso a paso) en la pisicina.
Un escalĂłn.
Dos escalones.
Tres escalones...
El movimiento en sà fue rápido, todo con el fin de intentar quitarle de la cabeza algún plan malévolo que quisiera llevar a cabo con ella: como que saltaran juntos desde la parte más honda, o que quisiera sostenerla entre sus brazos para lanzarla al punto intermedio entre un extremo y otro al que poder sujetarse, o que simplemente la empujara e hiciera acto seguido una ahogadilla con la que iniciar una guerra.
El agua de la piscina le resultĂł inmejorable, sorprendentemente agradable. Cuando Ă©sta ya le cubrĂa, no dudĂł en separarse de su pareja para adentrarse un poco más y poder sumergirse por completo... BuceĂł tan sĂłlo unos segundos y emergiĂł a la superficie con una sonrisa en los labios. — Está increĂble.
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« Pero desde aquĂ,
por las escaleritas... ».
Pero cĂłmo y de quĂ© manera la conocĂa.
Pero cĂłmo y de quĂ© manera ella podĂa llegar a conocerle.
Lejos de mencionar cĂłmplicemente el « miedo » que Eleanor parecĂa tenerle, el americano escoltĂł los pasos femeninos hasta el interior del agua: desde el primero de los escalones, hasta rodear con sus brazos la figura ajena, demandando cercanĂa fĂsica. — ÂżHablas del agua o de ti?
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— En caso de que hubiese hablado mĂ, habrĂa utilizado la primera persona del singular, Âżno? Estoy*, increĂble. — Con una expresiĂłn de picardĂa y aire travieso decorándole las facciones tras la composiciĂłn de aquella correcciĂłn: la fĂ©mina, con indiscutible complicidad, aprovechĂł ese instante de intimidad para alzarse un pelĂn más (de puntillas) y poder sobresalir del agua, para mostrarle la pieza superior del bikini. Lo hizo justo despuĂ©s de mudar las manos a ambos lados de su anatomĂa, de ese modo pudo aunar sus pechos sin ningĂşn tipo de percance.
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Toda acciĂłn, conlleva una reacciĂłn. En aquella ocasiĂłn, las manos del americano se precipitaron a lo largo de los flancos femeninos, transitando sus curvas: recorriendo la estructura existente entre su cintura y caderas, en busca de una postura deseada. De un contacto, directo. Piel con piel.
Lejos de incitarla o de invitarla a adaptarse a su cintura, el treinteañero maniobró, manipuló y usó el cuerpo contrario a su antojo: suscitando un asiento sobre sà mismo. Forzando, de algún modo, la constitución de un anillo alrededor de su cuerpo. — La próxima vez que quieras enseñarme el pecho, asegúrate de ponérmelo en la boca.
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Jugar con fuego significaba, grosso modo, arriesgarse hasta las Ăşltimas consecuencias. Correr el riesgo, con todas las letras. Sin excusas. Saber que existĂa un cincuenta por ciento de posibilidades de salir con quemaduras de segundo o tercer grado, o salir indemne de las llamas. Esas probabilidades con el americano como protagonista, no eran realistas; no valĂan nada. O te quemabas, o te quemabas. No habĂa ninguna otra salida. Y si a algo estarĂa dispuesta siempre la morena, era a acabar hecha cenizas.
Si fuera del agua ya podĂa manejarla, dentro... Era una batalla perdida. Con tan sĂłlo reconocer sus manos recorrer su piel, la fĂ©mina se estremeciĂł de pies a cabeza. Las constituciĂłn de una nueva rĂ©plica se le atragantĂł en la garganta: enmudeciĂ©ndola. Esa sensaciĂłn de aumento de calor y temperatura, no hizo más que acrecentarse cuando aquella frase la traspasĂł. La firmeza con la que entonces sus piernas se aferraron a Ă©l fue inminente, esa fuerte, notable e inevitable opresiĂłn como respuesta a sus palabras. — No me hables asĂ... — MurmurĂł, con la boquita pequeña, a modo de advertencia: a medida que arrastraba la palma de sus manos sobre sus pectorales y se aproximaba, a continuaciĂłn, al oĂdo masculino.
En el cual abandonó su cálido aliento, en un sentido y lastimero suspiro.
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« No me hables asĂ... ».
Antes de que aquel ruego dejase de existir, el americano conformĂł una cadena alrededor de la garganta femenina: de presiĂłn nĂtida y contexto Ăntimo, a la que acompañarĂa, en todo momento, de un contacto visual directo. Provocador.
— Ah, ah. — Vedada la posibilidad de un acercamiento fĂsico, el treinteañero « castigĂł » el atrevimiento ajeno a travĂ©s de una doble vertiente: la primera, al infringir una leve -aunque gradual- presiĂłn en el área más central de la garganta; y la segunda, al generar un preliminar, reincidente y obsesivo rebote entre sexos.
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« Ufff... »
Si algo habĂa descubierto la veinteañera junto a su compañero de vida en lo que llevaban de relaciĂłn, era lo jodidamente erĂłtico y estimulante que le resultaba la privaciĂłn de oxĂgeno. PodĂa sentirlo palpitando entre las piernas. Cuánto la excitaba que apretase... Cuánto y de quĂ© manera. Incluso más cuando aquel desafĂo visual tenĂa lugar. Adoraba que fuese incapaz de quitarle los ojos de encima, la enloquecĂa esa manera de mirarla tan personal e Ăntima. Era un sentimiento enloquecedor, enfermizo.
La excitaciĂłn aumentĂł considerablemente al sentir ese contacto reicidente entre sexos, sĂ; pero sobre todo..., cuando Ă©ste le prohibiĂł e impidiĂł aquella aproximaciĂłn. De hecho, es que ni siquiera logrĂł contener un jadeo, ni pudo evitar clavarle las uñas a la altura de los hombros con la pretensiĂłn de hacerle partĂcipe de que aquello, fuera cual fuese su intenciĂłn, le gustaba. Aquel rol dominante tan propio y caracterĂstico del treintañero era una de sus debilidades: disfrutaba sin cohibiciĂłn, sabiĂ©ndole el dueño de la situaciĂłn.
Sin embargo, y pese a ello, la fémina no pudo evitar buscarlo bajo el agua: meciendo sutilmente las caderas, de atrás hacia delante y también intercalando algún que otro bote con tintes evidentes de desesperación y necesidad, que se reflejó en su expresión facial, tan lastimera y suplicante.
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                                          23:57Â
Cuando la joven apenas habĂa retomado su Ăntima confesiĂłn, el americano, de un modo tan espontáneo como inesperado, decidiĂł sorprenderla: asaltarla, en mitad de aquel cepillado de dientes, tomándola completamente desprevenida.
La ropa interior femenina no tardo en decorarla los tobillos. Con idĂ©ntica premura, su cintura fue ajustada a la frĂa y lisa superficie del lavabo.
De poco importaban las horas que en aquellos instantes marcase el reloj, o el cansancio acumulado de la jornada: en aquel momento, todo cuanto importaba, era el placer y bienestar sexual de su pareja.
Fue asà como, tras acomodarse en el suelo, el treinteañero se abrió paso desde una perspectiva posterior: no sin antes haberse tomado unos segundos de su tiempo en separar los labios vaginales mayores, con el fin de rebelar y manifestar su particular « premio ».
Alejado de las florituras y desvĂos propios de otros encuentros orales, el americano se asegurĂł de que en aquellas decenas de segundos, la humedad estuviese presente y fuese la máxima protagonista.
Por medio de la boca.
A través de la lengua.
Viajando desde el inicio hasta el final. Abarcando más allá del propio sexo, hasta recalar en alguna contada ocasión en las proximidades del agujero más recóndito.
Desgastando el contorno del clĂtoris. Amagando con conquistar su extensiĂłn para, acto seguido, aliviarlo con el fugaz  y delicado tacto de las yemas de los dedos.
Apenas fue un minuto de atenciones.
Sesenta segundos en los que se empapĂł de su sabor antes de vestirla con la muda interior, recobrar la postura y hacerse con el cepillo de dientes.
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Cuando atisbĂł a enfocar debidamente el reflejo de la silueta masculina a travĂ©s del espejo: fue demasiado tarde. Su figura fue, de sĂşbito, emplazada y espachurrada contra aquel frĂo mármol. Lo que ocasionĂł que se golpeara accidentalmente con el cepillo de dientes la cara interna de la mejilla.
El mero hecho de sentir su muda interior siendo tan abrupta y apresuradamente descendida por sus extremidades interiores, la encendiĂł. La excitĂł tanto como la desconcertĂł.
Desde luego…
Desde luego aquello no se lo hubiera esperado ni en el mejor de sueños, mucho menos aquella noche, mucho menos antes de irse a la cama. Mucho menos de aquel modo tan vehemente e inesperado.
Acababa de pillarla totalmente a contrapiĂ©. No comprendĂa por quĂ©, o debido a quĂ© habĂa decidido hincar las rodillas en el suelo; pero en cuanto percibiĂł su aliento acariciándole su feminidad, poco (¡nada más!*) importĂł.
Los cálidos dedos del americano separando sus labios vaginales provocaron que la fĂ©mina quisiera buscar en el lavado un punto con el que apaciguar aquel irritable maremágnum de sensaciones a la altura del clĂtoris.
La cosa no mejorĂł cuando el aseo se llenĂł de aquel sonido tan hĂşmedo y acuoso, sucio: consecuencia de los esputos, las chupadas, lamidas y succiones que fueron intercalándose sobre su sexo de un segundo para otro. Eleanor habĂa perdido cualquier resquicio de raciocinio. Es que... ¡¿QuĂ© más hacĂa falta?! Acababa de asaltarla de improviso, acababa de situarse justo detrás sabiendo lo que provocaba en ella, acababa de fundir esos labios gruesos y carnosos contra su sexo para estimularla.
Nunca habĂa reaccionado con tanta receptividad a una boca, ni a una lengua. Pero Ă©l... Josh sabĂa lo que hacĂa, era indiscutible. Con cada parte de su cuerpo. ConocĂa cada terminaciĂłn nerviosa de la veinteañera, cada punto erĂłgeno y lo usaba tan a favor como en su contra.
El camino que decidiĂł seguir, de un orificio a otro, de un extremo al otro; sin pedir permiso, tomándose esas libertades... (Y bendito atrevimiento): la puso muchĂsimo. Porque sabĂa que se la comerĂa entera, toda, sin dejarse nada que llevarse a la boca.
Gracias.
Gracias.
GRACIAS.
Qué.
¿Gracias? ¡Por nada!
Aquel encuentro, aquella sesiĂłn oral se terminĂł tan pronto como empezĂł. No le habĂa dado tiempo siquiera de relamerse cuando distinguiĂł la tela adaptarse perfectamente a su sexo, calado y colmado de fluidos tanto propios como ajenos, aĂşn receptivo.
ÂżQuĂ© si le fulminĂł con la mirada? Si las miradas matasen, el americano habrĂa muerto alrededor de cuatro o cinco veces en cuestiĂłn de dos segundos. Pero... Pero cĂłmo demonios se atrevĂa. CĂłmo podĂa hacerle algo asĂ, ponerle el caramelo en la boca para arrebatárselo antes siquiera de poder degustarlo como merecĂa. ¡CĂłmo! Sabiendo que la rabieta tendrĂa lugar en...
— No he conocido a mayor hijo de puta en mi vida que tĂş. — Dicho lo cual, y de muy, pero que muy, muy, muy malas formas: la fĂ©mina terminĂł de escupir el producto bucal sin ni siquiera molestarse en enjugarse justo despuĂ©s, saliĂł del cuarto de baño apagando la luz de un fuerte manotazo sin importarle que Ă©l aĂşn estuviese dentro. Todo ello por contenerse y no « reventar » al americano, u obligarle a terminar lo que habĂa iniciado.