Estos días tristes, en los que no ves salida de la oscuridad que te rodea. Estos días en los que todos tus planes te salen mal. Hay días en los que solo hay luna, no hay sol, sólo oscuridad. Aún en esos días, no puedes olvidar que para que la luna apareciera, el sol debió esconderse, y con él pintar el cielo de matices rosa y naranja. Sólo imagínate cómo se vio, y cómo se verá púrpura al amanecer. En esta tierra existen valles y montañas. Para que la majestuosidad de una montaña se pueda apreciar en su esplendor, el valle debe ser suficientemente profundo. Si el valle no es profundo, ¿qué tan alta puede ser la montaña en comparación? Si el valle es profundo, el acenso a la montaña, más empinado, más vertical, requiere más esfuerzo, y la montaña se vuelve algo que cualquier escalador querrá alcanzar. ¿No son los valles los que bajas más rápido, para descansar suficiente para empezar a subir la montaña? ¿No es el valle el que anhelas cuando tus piernas no pueden con el peso de tu cuerpo, y la colina se vuelve más difícil de caminar? En la profundidad del valle hay descanso, reflexión, y nos volvemos más humildes. Encontramos que no somos tan incalcanzables despúes de todo, y podemos apreciar más cuando las montañas vienen. ¿Qué sería de la tierra si las montañas fuesen infinitas? ¿No sería la tierra un horizonte plano sin forma, sólo una línea horizontal? ¿Dónde está la aventura de la tierra sin valles, planos y montes? La tierra sería monótona y triste. El viento no rebotaría y se torcería como lo hace. La vida cobra sentido cuando hay acensos y descensos. Apreciemos la profundidad del valle. Algo nos enseña estar ahí, y mirar el acenso que se avecina.