El libro ya estaba roto, casi destruido. Pero si hubiera estado sano, yo podría haberlo destrozado, lo merece.
El libro es tan ofensivo hacia la memoria y vida del prócer Lavalle que uno se debate entre hacer esto público para que más personas lo lean y analicen, o no mencionarlo nunca jamás para que la vida y obra (al menos esta) del autor, para con quien no tengo más que ira y desprecio, pasen al olvido eterno. El planteo del delirante autor, José María Rosa (primera y única vez que escribo su nombre, no volveré a dignificarlo) es muy simple y atractivo al lector. Simple porque son pocas hojas y todo se basa en lo siguiente: demostrar mediante el análisis de múltiples evidencias históricas que es imposible que el general Lavalle haya sido asesinado por quien la historia establece y de la manera en que la historia lo indica. Atractivo porque el autor nos da muy buena evidencia y nos invita a acompañarlo paso a paso, deducción a conjetura a través de una tarea detectivesca de verdadera trascendencia para la historia de la Argentina; Lavalle es prócer con mayúscula. El autor nos hace creer, de a poco y a paso firme, que vamos a dignificar el nombre del salvaje unitario, cuando en realidad, por esas mismas evidencias que desacreditan la teoría actual de su muerte, él plantea otra hipótesis a cómo sucedieron los hechos. Y dicha nueva hipótesis del autor no solo es ridícula por las propias evidencias que él aporta sino que además es prácticamente imposible de que sea plausible. El autor desparrama pruebas empíricas valiosas y con esas pruebas llega a una conclusión que no se condice con ninguna de ellas; es un delirio absoluto. Y en este delirio sin asidero, destroza la verdad histórica y la memoria de semejante prócer de la República Argentina. El libro además (esta aberración editorial) fue publicado en 1952, y ya en ese año existía la criminalística como ciencia (desde fines del siglo XIX). Ergo, ya existían las estadísticas, técnicas, pruebas y demás herramientas que le hubiesen servido al causante de este delirio para corroborar que su teoría era improbable al menos y perniciosa con demasiada liviandad para el general Lavalle. En resumen y sin tanto adorno, el perturbado autor dice que Lavalle no murió así. Expone valiosa evidencia para demostrarlo. La evidencia es buena, las conjeturas que nos arriman al momento final también. Y al llegar al fin de su exposición, donde, acorde a las evidencias históricas él debe reemplazar la hipótesis "oficial" de su muerte por la de él, sale con un delirio del cual no hay evidencia alguna, la criminalística no puede acompañar con casos semejantes y este señor cierra un libro, gana dinero y destroza el final de la vida de un héroe nacional argentino.
Así que me decidí a ir a verlo, con micrófono oculto y haciéndome el buenito. Iría a contarle que leí su libro con mucha atención, que acompañé cada evidencia y la comparé con la escena. Cuando él tuviera la guardia baja, le pediría de grabar con la cámara del celular el encuentro (asumí que era una persona mayor y no creí que se opusiera). Ahí lo confrontaría con educación pero con toda la furia y firmeza de una indignación justa; lo confrontaría con todos los argumentos que tengo y las estadísticas que existen (y ya existían) en todo el mundo desacreditando semejante delirio de él. Le mostraría lo que él ya sabe, que las propias evidencias que él presentó no conducen de ninguna manera a su teoría sobre la muerte del prócer (es imposible que él pueda llegar a semejante conjetura sin una intención genuina de dañar a Lavalle). Sería un proyecto simple y enriquecedor para mí. Pero ni bien lo busqué en internet, me enteré que murió hace 34 años. Bueno, ya está. Me tengo que conformar con estas breves líneas para cerrar este asunto en mi interior. Te salvaste Rosa, te lo aseguro. Lavalle te hubiese ajusticiado físicamente, yo solo quería carearte con la verdad, algo que vos decidiste no hacer en tu libro de porquería.















