Nuestros colores
Hubo un día en el que apareciste y pintaste todas las imágenes de la habitación en colores fluorescentes, por encima del caótico gris al que estaba acostumbrada. Ese día me quedé admirándote, perpleja, con el sentimiento rojo propio (sólo) de una novedad. Te llamé inconscientemente, con cada vértice oscuro de mis ojos, y volcaste en mí el verde esperanza de los tuyos. Levantamos, juntos, las flameantes banderas de colores vívidos para avisarle al mundo y a nosotros mismos que habíamos encontrado algo digno de pintar.
Hubo un día en el que volteaste hacia mí pensando que quizás yo no era tan perceptiva como en realidad soy. Y tuvimos que chocar. Apartaste la mirada como si algo te hubiera quemado, y yo le sonreí a la nada. Ese fue el día en el que descubriste que yo era fuego. Cambiante, ardiente, repentino. En las ondas de mi pelo vislumbraste las llamas, en mi boca encontraste el dolor, en mis manos viste las quemaduras del amor.
Hubo un día en el que entendí que eras tierra, con los pies siempre firmes en el suelo, y supe que ni un milagro podría unificar lo etéreo de mis sueños con lo terrenal de tus sentidos. Eras mente, cuerpo y razón en cada lugar en el que yo era alma, corazón e imaginación. Nos golpeamos contra el suelo apenas empezamos a volar, porque no siempre alcanza sólo con el amor para aprender a usar las alas.
Hubo un día en el que te encontré en mis sueños diurnos por primera vez, donde me diste la mano. Nos confesamos a través de suaves “te quiero”, nos relatamos un par de anécdotas, nos reímos de esa locura, y te despedí con nuestro único beso justo antes de despertarme.
Hubo un día en el que nuestra imagen se rompió un poco a pedazos y los colores comenzaron a desfasarse, cuando invadiste nuestra habitación con el perfume de alguien más. Corrí a buscarte, pero el tiempo me había ganado, y tus manos dejaron de pertenecerme. Tuve que verte salir de mí y ocultar las cadenas que cargué desde el primer día en el que me miraste. Esa noche no dormí teniendo que escuchar como mis inseguridades asesinaban a lo que quedaba de mi fé. Para la mañana siguiente, el fuego divino había terminado de consumirse frente a mí.
Hubo un día en el que de mí sólo quedaron retazos. Ese día caminé quinientas millas, arrastrando tu ausencia, para verte tan sólo tres minutos. Pero tus ojos ya eran de piedra, insondables, y supe que no teníamos retorno a nuestro primer día y que los colores que habíamos creado juntos comenzaron a matizarse.
Hubo un día en el que deseé nunca haberte conocido ni haber ignorado las señales. Y lloré sobre tus poemas, bailé encima de tu recuerdo, te escuché a través de las canciones. Supe que estaba muerta de nuevo, y que me había matado para tenerte.
Volví a empezar lentamente e intenté crear con mi alma colores símiles a los que teníamos juntos. Me prometí que (algún día) podría convertirme en algo digno de pintar.











