En una noche de lluvia de estrellas, el curioso Alexander salió de casa y caminó hasta llegar a un parque cercano, donde miró al cielo y unió las manos frente a su pecho para pedir un deseo; tal como le había enseñado su madre.
"Deseo tener el poder para vengar la muerte de mi madre."
Murmuró el niño sin una pizca de remordimiento. La mujer que más amaba a sus cortos diez años, había sido asesinada por la familia de su padre por no ser nativa del mismo país. En el intento de conseguirle al señor Lockwood una esposa que fuera digna del puesto, ocasionaron un choque en el que Miyeon perdió la vida, y en su lugar, lo comprometieron con otra empresaria famosa para consolidar ambas empresas.
El sufrimiento en sus palabras y la seriedad con la que fue pedido aquello, llevaron a que Calcifer; una estrella que cruzaba el cielo en ese momento, aterrizara en sus manos para confirmar que ese fuera su deseo. Para cumplirlo, tenía que entregar a cambio lo que más amara en ese momento y lejos de pensar en su familia, dio su corazón a cambio; ya que era todo lo que poseía en el momento.
Después de entregar aquello que lo hacía más humano, huyó acompañado de Calcifer convertido en un demonio de fuego y se dedicó a aprender sobre los nuevos poderes que le habían sido otorgados hasta que se convirtió en un gran mago.
Regresó a casa años más tarde, el día de la gran ceremonia para celebrar el nuevo miembro de la familia Lockwood, arrasando con toda la gente a su paso; reconociendo en ellos a los responsables de haber asesinado a su madre y haciendo que ardieran en llamas.
Todos a excepción de uno...
Su padre.
Tomándolo como rehén, regresó a la casa que había compartido con Miyeon y él; misma que no había sido utilizada desde el incidente de la muerte de la mujer y la desaparición del niño, para vengar pieza por pieza el accidente en el que había muerto su mamá. Todo el odio que acumuló contra el hombre por años, fue saciado por sus gritos de dolor y las constantes súplicas para salvar su alma, pero ya era demasiado tarde, porque no pensaba dejarlo vivo para contarlo.
Esa tarde-noche quedó grabada en distintos medios de comunicación como "El cumpleaños de Stephen Lockwood" y recordado por las enormes llamas que consumieron a cada miembro de la familia en el recinto en el que festejaban al niño.













