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Conceptos fundamentales del Psicoanálisis: El concepto de Sublimación
Para una mejor comprensión de esta definición, se recomienda la lectura previa de los conceptos de falo, castración y narcisismo desde Freud y Lacan, que se encuentran en los siguientes links:
Falo: http://belle-indifference.tumblr.com/post/149723251815/conceptos-fundamentales-del-psicoan%C3%A1lisis-el
Castración: http://belle-indifference.tumblr.com/post/148714174460/conceptos-fundamentales-del-psicoan%C3%A1lisis-el
Narcisismo desde Freud: http://belle-indifference.tumblr.com/post/152876848570/conceptos-fundamentales-del-psicoan%C3%A1lisis-el
Narcisismo desde Lacan: http://belle-indifference.tumblr.com/post/161036869265/conceptos-fundamentales-del-psicoan%C3%A1lisis-el
El concepto de sublimación
A menudo los psicoanalistas consideraron la sublimación como una noción alejada de su práctica clínica, mal articulada en el seno de la teoría y dotada de un sentido cuya connotación era demasiado general, estética, moral o intelectual. En efecto, la utilización abusiva del término sublimación en el ámbito siempre ambiguo del psicoanálisis aplicado, sumada al hecho de que Freud nunca terminó de elucidar verdaderamente dicho concepto, explican que éste haya sido relegado por diversos autores al rango de una entidad teórica secundaria. Nuestra posición es diferente. Creemos, por el contrario, que el concepto de sublimación, si bien está en el límite del psicoanálisis, constituye sin embargo un concepto crucial y que sigue siendo una herramienta teórica fundamental para guiar al psicoanálisis en la dirección de la cura. Crucial, porque está situado en el cruce de distintas elaboraciones conceptuales tales como la teoría metapsicológica de la pulsión, la teoría dinámica de los mecanismos de defensa del yo y, en especial, la teoría lacaniana de la Cosa. Pero es también una herramienta clínica fundamental ya que aun cuando este concepto no es reconocible de inmediato en un análisis, su lugar en la escucha del clínico es importante para reconocer y puntuar determinadas variaciones del movimiento de la cura.
Ahora bien, más allá de esta doble importancia conceptual y técnica, la noción de sublimación es necesaria para la coherencia de la teoría freudiana, necesariedad que puede expresarse en la siguiente pregunta: ¿cuál es la razón de existir del concepto de sublimación? ¿Cuál es su encrucijada teórica? ¿Qué problema en particular viene a solucionar? Respondemos que la sublimación es la única noción psicoanalítica susceptible de explicar el que obras creadas por el hombre — realizaciones artísticas, científicas e incluso deportivas— alejadas de toda referencia a la vida sexual, sean producidas, no obstante, gracias a una fuerza sexual tomada de una fuente sexual. Por lo tanto, las raíces y la savia del proceso de sublimación son pulsionalmente sexuales (pregenitales: orales, anales, fálicas) mientras que el producto de dicho proceso es una realización no sexual conforme a los ideales más acabados de una época dada. En consecuencia, ya desde ahora podemos afirmar que el concepto de sublimación responde fundamentalmente a la necesidad de la teoría psicoanalítica de dar cuenta del origen sexual del impulso creador del hombre.
Acabamos de plantear la sublimación como el medio de transformar y de elevar la energía de las fuerzas sexuales, convirtiéndolas en una fuerza positiva y creadora. Pero también debemos concebirla a la inversa, como el medio de atemperar y de atenuar la excesiva intensidad de esas fuerzas. Es en este sentido que Freud, desde los inicios de su obra, considera la sublimación como una de las defensas del yo contra la irrupción violenta de lo sexual o, como lo escribiría veinte años más tarde, como uno de los modos de defensa que se oponen a la descarga directa y total de la pulsión. Por lo tanto el concepto de sublimación puede ser considerado según dos puntos de vista complementarios que aúnan los diferentes enfoques freudianos: la sublimación es, o bien la expresión positiva más elaborada y socializada de la pulsión, o bien un medio de defensa susceptible de atemperar los excesos y los desbordamientos de la vida pulsional.
Abordaremos los siguientes temas considerando estos dos puntos de vista de manera concomitante:
—La sublimación como contrapartida del resurgimiento de un recuerdo sexual intolerable.
—La sublimación como contrapartida del estado pasional en la relación analítica.
—La sublimación como contrapartida de la fuerza desmesurada de la moción pulsional. Definición de una pulsión sublimada.
—La sublimación como la capacidad plástica de la pulsión.
—Un ejemplo de sublimación: la curiosidad sexual sublimada en deseo de saber.
—Las dos condiciones del proceso de sublimación: el yo y el ideal del yo del creador.
—Presentaremos el enfoque lacaniano del concepto de sublimación mediante el comentario de la fórmula: "la sublimación eleva el objeto a la dignidad de la Cosa."
—En conclusión, resumiremos los rasgos principales de una pulsión sublimada, así como los rasgos específicos de una obra creada por sublimación.
La sublimación es una defensa contra el recuerdo sexual intolerable
En 1897, en las cartas a Fliess, Freud se pregunta por la estructura de la histeria y descubre que la causa de esta patología es la voluntad inconsciente del enfermo de olvidar una escena de seducción paterna de carácter sexual. La histérica, para evitar la rememoración brutal de la escena sexual, inventa fantasmas construidos sobre el terreno del recuerdo que quiere apartar. Así, la enferma consigue atemperar la tensión de dicho recuerdo, es decir, sublimarlo. Por consiguiente, estos fantasmas intermediarios tienen por cometido depurar, sublimar y presentar al yo una versión más aceptable del acontecimiento sexual reprimido. Que quede claro: lo que se sublima es el recuerdo sexual; en cuanto al fantasma, es a un tiempo el medio que posibilita esta sublimación, y el producto final de la sublimación.
Freud da el ejemplo de una joven histérica inconscientemente culpable por sus deseos incestuosos hacia el padre. La paciente está en conflicto con un recuerdo inconsciente que quiere olvidar, con el cual está identificada a mujeres sexualmente deseantes, con más exactitud, domésticas de baja moralidad de quienes la paciente sospechaba habían mantenido un comercio sexual ilícito con su padre. La joven, a fin de impedir el retorno de este recuerdo intolerable por incestuoso, construyó un argumento fantasmático diferente al argumento del recuerdo, en el cual es ella misma la que se siente despreciada y teme ser tomada por prostituta. En el recuerdo, ella se identifica con las domésticas que supuestamente desean al padre, mientras que en el fantasma, por la intermediación de una transmutación que Freud denomina sublimación, se identifica con estas mismas mujeres, pero esta vez en tanto mujeres corruptas, acusadas de prostitución. Gracias a la sublimación, considerada aquí como una mutación en el sentido de la moralidad, el fantasma ha vuelto moralmente aceptable un recuerdo incestuoso e inmoral. El sentimiento inconsciente de ser culpable de desear al padre fue reemplazado, gracias a la sublimación, por un sentimiento conciente de ser víctima del deseo de los otros. Cabe observar que este cambio sólo fue posible al precio de la aparición de síntomas neuróticos tales como la angustia experimentada por la joven histérica al salir sola por la calle, por miedo a ser tomada por una prostituta.
Arribamos, entonces, a una primera conclusión al conferir a la sublimación una función de defensa que atenúa o transforma el carácter insoportable de los recuerdos sexuales que el sujeto quiere ignorar. La sublimación operó el desplazamiento de una representación psíquica inconsciente ligada al deseo incestuoso, hacia otra representación psíquica aceptable para la conciencia, aunque portadora de síntomas y generadora de sufrimiento.
La sublimación es una defensa contra los excesos de la transferencia amorosa en la cura
Pero Freud también sitúa la función defensiva de la sublimación en el interior mismo de la cura analítica. Esta vez, la amenaza de la emergencia de lo sexual surge de modo singular en el marco de la relación transferencial y puede manifestarse, por ejemplo, bajo la forma de una exigencia amorosa dirigida por la paciente a su analista.
"La transferencia puede manifestarse como una apasionada exigencia amorosa o en formas más mitigadas. (...) En este último caso algunas mujeres llegan incluso a sublimar la transferencia y modelarla hasta hacerla en cierto modo viable" y posibilitar así la prosecución de la cura. Entonces, saber sublimar la transferencia quiere decir que el vínculo amoroso de carácter pasional puede, e incluso debe, ir cediendo el lugar —mediante una progresiva deserotización— a una relación analítica viable. Después de un primer momento de investimiento libidinal de un objeto erógeno, en este caso el psicoanalista, el proceso de sublimación se desarrolla tan lentamente como por ejemplo el trabajo de duelo, o incluso como ese otro trabajo que implica para el analizante integrar en sí la interpretación enunciada por el analista (trabajo denominado de elaboración). La sublimación consecutiva a la pasión en la transferencia, el duelo consecutivo a la pérdida, y la elaboración consecutiva a la interpretación, todos ellos requieren mucho tiempo, el tiempo indispensable para permitir que las múltiples representaciones del pensamiento inconsciente se encadenen.
Pero a la exigencia de tiempo se le agrega además el peso del dolor inherente al ejercicio inconsciente del pensamiento. Ya que pensar, es decir el desplazamiento incesante de una representación sexual a otra no sexual, es penoso; para el analizante sublimar es una actividad dolorosa. Freud, en su correspondencia con el pastor Pfister, no duda en reconocer que las vías de la sublimación son demasiado trabajosas para la mayoría de los pacientes. Se ven constreñidos a someterse a las exigencias del trabajo analítico que implica un tiempo de dominio de las pulsiones —y por lo tanto una parte de sublimación—, y a renunciar entonces a su inclinación a ceder de inmediato al placer de una satisfacción sexual directa.
La sublimación es una defensa contra la satisfacción directa de la pulsión. Definición de una pulsión sublimada
Abordemos ahora la sublimación en su relación con lo sexual, estudiado ahora ya no como un recuerdo insoportable, ni como un estado pasional de la transferencia, sino como siendo una moción pulsional que tiende a satisfacerse de modo inmediato. Tengamos presente que la pulsión jamás logra tomar la vía de la descarga directa y total, porque el yo, por temor a ser desbordado, le opone una acción defensiva. Precisamente, la sublimación es considerada por Freud como uno de los cuatro modos de defensa empleados por el yo contra los excesos de la pulsión. Estos modos de defensa son denominados más frecuentemente los destinos de la pulsión, ya que el resultado final de una pulsión va a depender de la barrera que encuentre en su camino.
En primer lugar, el flujo pulsional puede estar sujeto al destino de la represión, o de una tentativa de represión seguida de un fracaso que, entonces, dará lugar al síntoma neurótico. Este mismo flujo también puede encontrar —segundo destino — otra forma de oposición: el yo retira el flujo pulsional del objeto sexual exterior sobre el cual había recaído y lo vuelve sobre sí mismo. La formación psíquica característica de este segundo destino en el cual la pulsión vuelve sobre el propio yo es el fantasma. Así, en un fantasma el investimiento que cargaba el objeto sexual es reemplazado por una identificación del yo con ese mismo objeto. El tercer avatar del flujo pulsional consiste en una pura y simple inhibición. La pulsión inhibida se transforma entonces en afecto tierno. Y finalmente —cuarto destino, el que en realidad nos interesa—, la moción pulsional es desviada y toma la vía de la sublimación. En este caso, diremos que una pulsión es sublimada cuando su fuerza es desviada de su primera finalidad de obtener una satisfacción sexual para ponerse al servicio, entonces, de una finalidad social, ya sea artística, intelectual o moral. Ahora bien, el cambio del fin sexual de la pulsión en beneficio de otro fin no sexual sólo será posible con la condición de que se cambie primero el medio empleado para la obtención del nuevo fin. Para que la pulsión sea sublimada, es decir, para que obtenga una satisfacción no sexual, será preciso que se sirva también de un objeto no sexual. Por lo tanto, la sublimación consiste en reemplazar el objeto y el fin sexuales de la pulsión por un objeto y un fin no sexuales.
Ahora bien, a pesar de ser fundamental para el proceso de sublimación, esta doble sustitución de objeto y de fin no basta para definirlo. Falta aún precisar que una pulsión sublimada depende también de dos propiedades comunes a toda pulsión. Por una parte, la pulsión sublimada, como toda pulsión, preserva la cualidad sexual de su energía (trátese de una pulsión sublimada o no sublimada, la libido es siempre sexual); y por otra, la pulsión sublimada, como toda pulsión, se mantiene constantemente activa (esté o no sublimada la fuerza de su actividad permanece constante, es decir, siempre en busca de una plena satisfacción que, en definitiva, jamás alcanza). Lo que queremos decir es que la fuerza pulsional sublimada sigue siendo siempre sexual porque la fuerza de donde proviene es sexual; y permanece siempre activa porque — puesto que su fin jamás es alcanzado plenamente— su empuje insiste y persiste. Sabemos que el fin de una pulsión es el alivio procurado por la descarga de su tensión; pero también sabemos que como esta descarga jamás es completa, la satisfacción es irremediablemente parcial.
En consecuencia, ya sea la satisfacción sexual (pulsión reprimida) o no sexual (pulsión sublimada) sólo puede ser una satisfacción parcial o, si se quiere, insatisfacción. Trátese del síntoma producto de la represión, del fantasma producto de la vuelta de la pulsión sobre el yo, de la ternura producto de la inhibición, o aun de la obra artística producto de la sublimación, reconoceremos allí las expresiones diversas de una misma insatisfacción, es decir, de una misma satisfacción parcial. A los ojos de Freud los seres humanos son seres deseantes cuya única realidad es la insatisfacción.
¿Qué es lo que caracteriza, en suma, a la sublimación? Por la vía de la búsqueda vana de una satisfacción imposible, es decir de una descarga total, la sublimación es una satisfacción parcial obtenida gracias a objetos distintos de los objetos sexuales eróticos. Por lo tanto podemos formular la siguiente conclusión:
Una pulsión sublimada será llamada sexual si pensamos en su origen y en la naturaleza de su energía libidinal, y será llamada no sexual si pensamos en el tipo de satisfacción obtenida y en el objeto que la procura.
La sublimación designa la capacidad plástica de la pulsión
Pero, si queremos ser rigurosos, debemos matizar esta última conclusión; debemos distinguir con claridad la pulsión sublimada de la operación de sublimación que la hizo posible. La sublimación no es tanto una satisfacción cuanto la aptitud de la pulsión para encontrar nuevas satisfacciones no sexuales. Sublimación quiere decir sobre todo plasticidad, maleabilidad de la fuerza pulsional. Freud lo escribe con mucha precisión: la sublimación es la "posibilidad de cambiar el fin sexual (...) por otro, ya no sexual, es decir, la capacidad de cambiar una satisfacción sexual por otra, desexualizada. El destino de la pulsión que denominamos sublimación es, hablando con propiedad, la operación misma de cambio, el hecho mismo de la sustitución. Por lo tanto, la sublimación es, ante lodo, el pasaje de una satisfacción a otra, más bien que un modo particular de satisfacción.
Un ejemplo de sublimación: la curiosidad sexual sublimada
El caso de la curiosidad sexual infantil como expresión directa de la pulsión voyeurista, y su transformación ulterior en sed de saber, ilustra bien esta sustitución de una finalidad sexual por otra desexualizada. El primer fin de la curiosidad sexual es, por ejemplo, obtener placer en descubrir las partes ocultas del cuerpo de la mujer, y completar así la imagen incompleta de un cuerpo parcialmente velado. Ahora bien, la exploración sexual del cuerpo femenino por el niño puede transformarse más tarde en el adulto, gracias a la sublimación, en deseo de un saber más global. Podemos decir con Freud que la pulsión de ver está sublimada "cuando es posible arrancar su interés curiosidad de los genitales y dirigirlo a la forma física y total". Como ya lo habíamos dicho, en la sublimación el cambio de fin sólo puede operarse si hay cambio de objeto: el cuerpo en su totalidad sustituye la región local de los órganos genitales; el todo toma el lugar de la parte. Por cierto, en la pulsión voyeurista sublimada, tanto el fin como el objeto cambian de naturaleza: el fin primeramente sexual (obtener el placer visual de descubrir y explorar el cuerpo sexual femenino) se transforma en fin no sexual (por ejemplo, obtener el placer de conocer la anatomía del cuerpo), y el objeto sexual y local (órganos genitales) se transforma en no sexual y global (el cuerpo como objeto de estudio). Así, la sublimación de la pulsión voyeurista consiste en el pasaje de una satisfacción erótica y parcial, ligada a un objeto erótico local (los órganos genitales femeninos), a otra satisfacción no sexual pero igualmente parcial, ligada a un objeto más global y desexualizado (el cuerpo entero como objeto de conocimiento científico). La imagen local, que velaba el lugar sexual erotizado y atraía la curiosidad infantil, se transforma de modo progresivo por la mediación de la sublimación, en una imagen global del cuerpo que despierta el deseo de saber propio del creador. Es ésta otra sed, la de conocer y de producir, la que empuja al artista a engendrar su obra.
Para ilustrar mejor el proceso de la sublimación vamos a apoyarnos en una célebre observación clínica de Freud, en la cual tanto la curiosidad sexual infantil como otras formaciones pulsionales están sublimadas. Se trata del caso de un niño de cinco años, "Juanito", presa del miedo a ser mordido por caballos en la calle. Este miedo fóbico infantil de estar expuesto en la calle al peligro de los animales proviene de la transformación en angustia de la energía libidinal de las pulsiones; el empuje sexual de las pulsiones inconscientes se transforma en el niño en angustia fóbica conciente. En efecto, la energía libidinal propia de las pulsiones que anidan en Juanito (pulsiones sádicas hacia la madre, tendencias hostiles y homosexuales respecto del padre, pulsiones voyeuristas-exhibicionistas, pulsiones fálicas que originan la masturbación), seguirá dos destinos. Una parte de la libido será transformada en angustia luego de haber sido sometida a un intento fallido de represión. Mientras que otra parte de la energía libidinal, la que escapó al intento de represión, será sublimada bajo la forma de un muy vivo interés del niño por un objeto no sexual y global: la música. Este nuevo investimiento libidinal que carga los sonidos y la armonía musical inicia un largo proceso de sublimación que se continuará hasta la edad adulta cuando Juanito llegue a ser un excelente músico.
Las dos condiciones del proceso de sublimación
1. La sublimación requiere de la intervención del yo narcisista para producirse. Hemos empleado la expresión "satisfacción desexualizada". Pero ¿qué se entiende por desexualización? El término es ambiguo ya que podría dejar pensar que ya no hay libido sexual en la pulsión. Ahora bien, hemos afirmado justamente lo contrario. Insistamos una vez más en el hecho de que la libido sublimada jamás pierde su origen sexual. De lo que se trata en la sublimación no es de "desexualizar globalmente" la pulsión, sino tan sólo de desexualizar su objeto. Desexualizar equivale a sustraer el investimiento libidinal que carga un objeto considerado erótico, para referirlo a otro objeto no sexual y así obtener una satisfacción igualmente, no sexual. Pero el éxito de este cambio desexualizante depende de una operación intermedia decisiva para toda sublimación: primero el yo retira la libido del objeto sexual, luego la vuelve sobre sí mismo y, finalmente asigna a esta libido un nuevo fin no sexual. Como podemos observar, el fin inicial de la pulsión de obtener una satisfacción sexual directa se sustituye ahora por una satisfacción sublimada, por ejemplo artística, gracias al placer intermediario de gratificación narcisista del artista. Es este narcisismo del artista el que condiciona y sostiene la actividad creadora de su pulsión sublimada.
En este punto debemos hacer una precisión. No toda desexualización es por ello una sublimación, pero en cambio, toda sublimación es, necesariamente, una desexualización. Dicho de otra manera, hay desexualizaciones que no tienen relación alguna con la sublimación, como por ejemplo la actividad del trabajo cotidiano o las actividades del ocio. Pero ¿qué es lo que especifica entonces al proceso de sublimación? Para responderlo, hemos de situar primero la segunda condición necesaria para este proceso.
2. El ideal del yo inicia y orienta la sublimación. El proceso de sublimación, es decir, el pasaje de una satisfacción erotizada e infantil a otra no erotizada e intelectual, no podría desarrollarse sin el sostén imprescindible de los ideales simbólicos y de los valores sociales de la época. Ahora bien, que las obras creadas por sublimación adquieran un valor social no significa que respondan a una utilidad social determinada. En general, los productos artísticos, intelectuales o morales no están sometidos a ninguna exigencia práctica en particular. La prueba más tangible de esto es la precocidad de los procesos de sublimación en los niños, tal como lo vimos en el caso de Juanito, o también en la renovada puesta en juego de las pulsiones sublimadas en el marco de la cura analítica durante el trabajo del analizante. Se trate de un pintor, de un músico, de un niño o de un analizante, todos ellos están entregados a una tarea cuyo resultado no puede ser medido por medio de criterios de eficacia, de utilidad o de ganancia. Cuando afirmamos que los objetos que procuran la satisfacción sublimada son objetos desexualizados y sociales, nos referimos principalmente al hecho de que responden a ideales sociales que exaltan la creación de nuevas formas significantes. Estos ideales sociales, interiorizados e inscritos en el yo del creador, son parte integrante de esa formación psíquica fundamental que Freud denomina ideal del yo. Las relaciones de esta formación de ideal con la sublimación no siempre fueron claramente elucidadas por Freud. No obstante, podemos afirmar que el ideal del yo cumple dos funciones respecto del proceso de sublimación.
En primer lugar, tal como acabamos de señalarlo, el ideal juega el rol de desencadenante del proceso, con la particularidad de que, una vez iniciado el movimiento de sublimación, el impulso creador de la obra se separa del ideal del yo que lo había suscitado al comienzo. En el caso de Juanito, es sin duda la música —ideal anhelado por el padre— la que toma la forma del ideal del yo incitando al niño a gozar del placer de los sonidos y las melodías, y a compensar de esta manera el sufrimiento neurótico de su fobia. Una vez experimentado el primer goce auditivo, el impulso pulsional de la sublimación se transformará en puro gusto por los sonidos, fusión íntima, físicamente sensual, con la materialidad del espacio sonoro; de allí en más, toda referencia ideal, toda norma o valor abstracto se reduce y se funde en el seno de este contacto siempre sensual y apasionado que mantiene el artista con los materiales de su creación.
A esta primera función de incentivo simbólico se le suma una segunda según la cual el ideal indica la dirección del movimiento iniciado. Precisamente, esta segunda función referencial del ideal del yo permite aclarar una formulación freudiana retomada frecuentemente pero rara vez explicitada. Cuando Freud afirma que la sublimación representa la satisfacción de la pulsión sin la represión, esto no significa en modo alguno que la fuerza pulsional sea descargada, plena y libre de toda constricción. Por cierto, la expresión "sin represión" quiere decir ausencia de una censura que impida el paso del empuje de la pulsión, pero no por ello implica la idea de una fuerza pulsional errática y disminuida. La sublimación de la pulsión no es por cierto la represión, pero es no obstante una constricción impuesta a la actividad pulsional bajo la forma de una desviación del curso de su flujo hacia una satisfacción distinta de la satisfacción sexual. Ahora bien, el elemento que impone este desvío no es la censura que reprime, sino justamente el ideal del yo que exalta, guía y enmarca la capacidad plástica de la pulsión.
Enfoque lacaniano del concepto de sublimación: “la sublimación eleva el objeto a la dignidad de la cosa"
La teoría lacaniana de la sublimación descansa íntegramente en una proposición princeps formulada por Lacan en su seminario sobre La ética del psicoanálisis: "La sublimación eleva un objeto (narcisista e imaginario) a la dignidad de la Cosa." Nos limitaremos aquí a explicar el sentido general de esta fórmula partiendo del efecto provocado por la obra —producto de la sublimación— en aquel que la mira. Ya habíamos subrayado una primera característica de las obras creadas por sublimación: son en principio objetos desprovistos de toda finalidad práctica y que responden a ideales sociales elevados, internalizados subjetivamente bajo la forma del ideal del yo del creador. Pero la especificidad de las producciones intelectuales, científicas y artísticas elaboradas con la fuerza sexual de una pulsión sublimada reside principalmente en su cualidad de objetos imaginarios. Estas obras, y en especial la obra de arte, prototipo de creación producida por sublimación, no son cosas materiales sino más bien formas e imágenes nuevamente creadas, dotadas de una singular eficacia. Se trata de imágenes y de formas significantes trazadas a la manera de la imagen inconsciente de nuestro cuerpo, más exactamente, de nuestro yo inconsciente narcisista. Ahora bien, estas obras imaginarias de la sublimación son capaces de producir dos efectos fundamentales en el espectador: lo deslumbran por su fascinación, y suscitan en él el mismo estado de pasión y de deseo suspendido que había llevado al artista a engendrar su obra.
¿Qué deducir de esto sino que una representación de nuestro yo narcisista, proyectada afuera en la existencia objetiva de una obra, ha sido capaz de reenviar al espectador a su propio deseo de crear? Una imagen modelada por el yo ha provocado en el espectador un similar movimiento pulsional hacia la sublimación, es decir, hacia una satisfacción no sexual, global, cercana a un vacío infinito, de un goce sin límites. Elevar el objeto narcisista a la dignidad de la Cosa quiere decir, entonces, que la impronta del yo del creador, objetivada en obra de arte, ha abierto en el otro la dimensión intolerable de un deseo de deseo, de un deseo en suspenso sin ningún objeto asignado. El objeto imaginario y narcisista —verdadera condensación de estos tres componentes que son la fuerza pulsional, el narcisismo del creador y la forma acabada de la obra— se disuelve y se disipa ahora en el vacío de la emoción intensa y poderosa que suscita en el admirador fascinado.
Resumen...
Resumamos de modo esquemático los rasgos principales de una pulsión sublimada:
— La fuente de la cual proviene es, como para toda pulsión, una zona erógena y por lo tanto sexual.
— El empuje de la pulsión, marcada por el origen sexual de su fuente, sigue siendo siempre, independientemente de su destino, libido sexual.
— El fin específico de la pulsión sublimada es una satisfacción parcial pero no sexual.
— El objeto específico de la pulsión sublimada es igualmente no sexual.
— En suma, una pulsión sublimada será llamada sexual si pensamos en su origen y en la naturaleza de su energía libidinal, y será llamada no sexual si pensamos en el tipo de satisfacción obtenida (parcial) y en el objeto que la procura.
— La sublimación no es, hablando con propiedad, una satisfacción, sino la capacidad plástica de la pulsión de cambiar de objeto y de encontrar nuevas satisfacciones. La fijeza de la pulsión sobre un objeto sexual se opone a la movilidad de la sublimación desexualizada.
— El movimiento de la sublimación, que se origina en una fuente sexual y culmina en una obra no sexual, sólo puede cumplirse con dos condiciones. Por una parte, el yo del creador debe estar dotado de una particular potencialidad narcisista capaz de desexualizar el objeto sexual cargado por las fuerzas pulsionales arcaicas que resultan de la fuente sexual. Por otra, la creación de la obra producto de la sublimación responde a los cánones de un ideal anhelado por el yo narcisista del creador. Insistimos: una actividad de origen sexual, desexualizada a través del narcisismo, orientada hacia el ideal del yo y generadora de una obra humana no sexual, tal es la dinámica propia del movimiento de la sublimación.
Para concluir, resumamos ahora los rasgos de las obras creadas gracias a la actividad de una pulsión sublimada:
— La obra producida por sublimación no tiene ninguna finalidad práctica o utilitaria.
— La obra de la sublimación responde a ideales sociales elevados, internalizados subjetivamente en el ideal del yo del artista creador.
— Las obras de la sublimación son imágenes y formas significantes nuevamente creadas, más bien que cosas materiales.
— Se trata de imágenes y de formas trazadas a la manera de la imagen inconsciente de nuestro cuerpo, o más exactamente a la manera de nuestro yo inconsciente narcisista.
— Las obras imaginarias de la sublimación son capaces de producir dos efectos fundamentales en el espectador: lo deslumbran por su fascinación, y suscitan en él el mismo estado de pasión y de deseo suspendido que había llevado al artista a engendrar su obra.
— La obra de arte, verdadera condensación de esos tres componentes que son la fuerza pulsional, el narcisismo del creador y la forma acabada de la obra, se disuelve y se disipa ahora en el vacío de la emoción intensa y poderosa que suscita en el admirador.
Bibliografía:
-Nasio, Juan David: Enseñanza de siete conceptos cruciales del psicoanálisis. Barcelona: Gedisa, 1988
La verdad, no tenía ni idea de que el yodo puede sublimar. Y ya de paso he aprendido que por lo visto hay un mito sobre que no se puede fundir, pero sí que se puede xD El vídeo es un poco lento, especialmente al final cuando entra en definiciones. Pero si te gusta el rollo, está bien :)