La visión histórica enseña a cualquier observador que durante los últimos tres o cuatro mil años a los grupos humanos de las regiones de los pioneros les tuvo que dar resultado dejarse arrastrar en sus viejas balsas, de modo que pudieran surgir confederaciones de balsas de gran formato. Con ello, se alcanzó el nivel tribal del desarrollo.
Las estirpes y las confederaciones de estirpes, es decir, los pueblos, son hiperhordas o, mejor, integrales de hordas, que se mantienen unidas por eso que se conoce con el término cultura, tan pobre en sustancia de pensamiento y con todo tan difícil de significar. De ahí que las culturas sean, per se, grandezas políticas —instrumentos para el arte de levantar el edificio de lo improbable, pero posible, sobre las superestructuras de las confederaciones de balsas de hordas—.
Nada mas natural que comparar las culturas con materiales de impregnación, o con diapasones que pueden usarse en el mismo tono base para afinar diferentes instrumentos. Máximamente, la cultura se podría circunscribir a un set de tonos que las poblaciones afinan para convivir y jugar entre ellas. En efecto, las lenguas están en el centro de las culturas, en la medida en que introducen a sus hablantes en juegos mundiales comunes.
Por la razón de que convivir es un sinónimo para la protección de las oportunidades vitales, los desafinos en los etnocuerpos sonoros están por principio preñados de peligros de violencia. La cultura, entendida como tarea, incluye los esfuerzos para la conservación de la continuidad étnica —precisamente y sobre todo a través de las componentes prosódicas y performativas de las lenguas—.
Esto puede hacer suponer que las evoluciones populares y las lingüísticas son uno y lo mismo (no lo son). La repetición de los hombres por obra de los hombres, que en todas las épocas ha sido cosa de las hordas y tiene que permanecer en las imágenes formales o informales de sus descendientes en la era de las culturas superiores, se está malinterpretando crecientemente en la modernidad como un asunto del pueblo: la cultura unida al pueblo se acuña en la fisiognómica individual como el sello al parecer más fuerte.
Así, se habla de lo típicamente alemán, típicamente judío, típicamente ruso y, con tales caracterizaciones, los pueblos, y aún más las naciones, se arrogan subrepticiamente en el privilegio de quien reparte la vida y engendra. Pero en su decadencia se muestra que la ayuda que las superestructuras pueden prestar a los esfuerzos del individuo particular por proseguir la vida es tanta como ninguna.
Entonces es cuando se hace mucho más reconocible que en cuanto el opus commune se desintegra en el nivel superior, los hombres sólo pueden regenerarse en pequeñas unidades.
—Peter Sloterdijk, En el mismo barco (1994)