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Un paso por Olinda y Recife: tejados coloniales, historia viva, sinagogas, frases que se quedan. Y al volante, una particularidad brasileña: manejar con un ojo en la calle… y el otro en los radares. Están por todos lados, en ciudad y carretera.
Un gato custodiando una tienda de cosas made in China —de cortaúñas a maletas—, camino al Pão de Açúcar con publicidad de Sol, y un paseo nocturno entre hamacas, barcos varados y playa vacía. João Pessoa también sabe bajar el ritmo.
Del museo a la Lagoa, con pausa para café entre sombras. Terminé el día en la Plaza dos Três Poderes, en videollamada y con el sol bajando. João Pessoa tiene su ritmo, solo hay que dejarse llevar.

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Un paseo por dos museos en João Pessoa: el de la ciudad y el de artesanías. Historia, retratos, banderas, barro y muñecos. Todo cabe en la memoria si se mira con calma.
Tres escenas, un mismo protagonista: el coco. En la playa, en la ciclovía, y también tirado junto al basurero que pide mantenerla limpia. João Pessoa, como un sorbo de agua de coco con sal.
El ‘doce de amendoim’ brasileño me recordó al mazapán, pero más denso y sin desmoronarse al primer intento. Y la Coca-Cola con café… esa sí que fue sorpresa. En México ya no la he visto, pero aquí sigue viva. No soy de tomar Coca, pero esa, de vez en cuando, sí.