Caja oscura
Un mago se presentó frente a ella en sueños y le dio a escoger: el presente como una constante eterna o lo que estaba en una cajita negra de poca monta. La atracción que la cajita ejercÃa sobre ella la abrumó tanto que la cajita terminó en sus manos. El mago desapareció y la oscuridad la envolvió. La cajita se abrió con rapidez y de ella surgió un remolino de colores y ruido que le acarició la cara y la abofeteó; tocó apenas su cabeza y la descalabró; rozó sus manos y las quebró; presionó sobre su estómago, la volteó al revés y sacó todo lo que tenÃa dentro. Terminó recargándose sobre una pared, desorientada, indefensa. Cerraba los ojos, volvÃa a abrirlos. RepetÃa la acción para alejar la bruma que no la dejaba ver con claridad. Tampoco era como si pudiera ver nada a través de la densidad de la tela oscura que se empeñaba en arroparla. Los colores ya se habÃan ido, pero aún quedaban resabios que seguÃa sin distinguir bien. Un poco de agua le ayudó a limpiar sus ojos. Manos se aferraban a sus brazos y piernas: intentaban ayudarla a pararse. Ella no podÃa. Sus miembros estaban hechos de plomo y, a pesar de que estaba vacÃa, no lograba reunir la fuerza suficiente para levantar su peso muerto. Apretó los dientes y los labios y los ojos una vez más. Intentó dar un paso. No podÃa porque se sentÃa caer, a pesar de que las manos la sostenÃan. Que sÃ, que no; que sÃ, que no. SÃ, claro que sÃ. No. Por supuesto que no. No… No. No y punto.
Su imaginación le jugaba una mala pasada y le hacÃa creer que estaba viendo un puntito de luz sobre ella.
Y entonces un ruido ensordecedor rasgó el silencio de la oscuridad. Y ella intentó avanzar porque querÃa alejarse de semejante amenaza. Intentó mover una de sus piernas. Apenas pudo. Al menos los brazos ya le respondÃan y podÃa ayudarse a levantar una de sus piernas con ambos. Lo intentó. Para su sorpresa, no fue del todo un fracaso. Hizo un esfuerzo más grande. SentÃa que tanto los brazos como la pierna que intentaba mover se le iban a quebrar, pero insistió. Y pronto estuvo convencida, también, de que el punto de luz no era parte de su imaginación: en verdad estaba ahà y ya venÃa con otro amigo y otro. Levantó la mirada y se cubrió los ojos, aunque no del todo, para adecuarse al cambio repentino. Parpadeó un poco y entrecerró los ojos. Algo se removió en su pecho y se atoró en su garganta. Su respiración se volvió errática e intentó tocar el montoncito de luz con la punta de sus dedos.
Logró alzar la mano. Sorprendentemente, caminaba en el aire sin darse cuenta. Su cabeza salió de la caja.
Y todo se volvió luz a partir de entonces.











