Su nombre era Liam, el rey sin corona. Por donde quiera que caminaba, los muertos se alzaban de sus tumbas y susurraban: Dios salve al rey. Pero él habÃa estado demasiado lejos de la salvación, corroÃdo, pútrido, llevando bajo sus uñas el aroma a muerte.Â
Y le gustaban, los huesos que en su trono coleccionaba.










