La trampa del perfeccionismo
Escuchen a Josh Cohen, psicoanalista y profesor de teoría literaria moderna en Goldsmiths, Universidad de Londres, y lo que ha descubierto en sus investigaciones sobre el "perfeccionismo" como fenómeno social, esa "búsqueda de la felicidad" que parece hacernos tan infelices.
(Les traduzco aquí algunas ideas clave)
"La sociedad nos bombardea con instrucciones para que seamos más felices, más "fit", y más ricos...
¿Por qué nos hemos vuelto tan insatisfechos con ser personas comunes y corrientes?
En “La tiranía del mérito”, publicado en 2020, el filósofo estadounidense Michael Sandel sostiene que el capitalismo meritocrático creó un estado permanente de competencia dentro de la sociedad, que corroe la solidaridad y la noción del “bien común”. Este sistema sostiene un orden de ganadores y perdedores, que genera “arrogancia y autocomplacencia” entre los primeros y una autoestima crónicamente baja entre los segundos.
Este peso de las expectativas de la sociedad no es un fenómeno nuevo, pero se ha vuelto particularmente agotador en las últimas décadas. Las redes sociales generan una presión adicional para construir una imagen pública perfecta, lo que exacerba nuestros sentimientos de incompetencia.
En ausencia de sentimientos intrínsecos de valía, un perfeccionista tiende a medir su propio valor en función de parámetros externos: historial académico, destreza atlética, popularidad, logros profesionales. Cuando no cumple con las expectativas, siente vergüenza y humillación.
El perfeccionismo “hace que la vida sea delgada, vivida por lo que no es en lugar de por lo que es”.
Si siempre estás intentando que tu vida sea lo que quieres que sea, en realidad no estás viviendo la vida que tienes”...
Esa obsesión por ser cada día mejor puede parecer un estímulo para alcanzar el éxito en la edad adulta, pero en realidad es una actitud fundamentalmente infantil. Nos inculca la convicción de que la vida, en efecto, termina cuando perdemos la esperanza de convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Cuando por el contrario -como muchos lo han descubierto-, ese es el momento en el que la vida finalmente puede comenzar..."
Like the virus itself, perfectionism adapted to the very conditions that had begun to neutralise it
Changing the dimensions of a nose or bust has come to represent the much desired yet unattainable hope of a perfect future. This is just one of the perfectionist fantasies that plague our consumerist lives. Perfect weddings, homes and holiday destinations beam out from advertising hoardings, tv screens and social-media platforms, inciting feelings of envy, inadequacy and longing in billions of viewers.
In my work as a psychoanalyst I frequently encounter people in the grip of some punishing ideal of professional, romantic, physical or moral perfection. Rarely a day passes without at least one patient lamenting or berating themselves for having fallen short of an exacting goal or standard they had set for themselves. The self-laceration is usually amplified by the belief that someone else they know – a colleague, sibling or friend – would, in their place, have mustered the necessary effort or guile to succeed.