GRIETA · El futuro cancelado
Precariedad como violencia: la generación que hereda el riesgo
Hay violencias que no gritan. La precariedad laboral es una de ellas: no golpea, pero desgasta; no aparece en las estadísticas de homicidios, pero define cómo viven —y cómo enferman— millones de jóvenes. Es lo que las ciencias sociales llaman violencia estructural: el daño que produce la propia organización de la economía.
Las generaciones millennial y Z crecieron con una promesa rota. Se les dijo que estudiar garantizaba estabilidad, y encontraron contratos temporales, trabajo por app sin derechos, rentas impagables y la sensación permanente de estar a un imprevisto de la crisis. El futuro dejó de ser un lugar al que se llega y se volvió una amenaza que se administra.
Mirar esta grieta desde la investigación significa dejar de leer la precariedad como fracaso individual —no eres tú, es la estructura— y empezar a leerla como un arreglo social que traslada todos los riesgos hacia los más jóvenes. La flexibilidad de unos es la inseguridad de otros.
Esta violencia silenciosa tiene consecuencias ruidosas: ansiedad, postergación de proyectos de vida, agotamiento crónico. La grieta econmica se filtra hacia adentro, hacia el cuerpo y la mente.
Reparar, en clave kintsugi, no es resignación ni positivismo tóxico. Es reconocer el daño estructural y organizarse frente a l: derechos laborales, redes de cuidado, sindicatos nuevos para trabajos nuevos. El oro sobre esta fisura es colectivo, o no es.
—
Grieta. Estudios sobre violencia(s). «Mirar por donde se rompe, reparar con lo que brilla.»

















