Mi tradicional post mundialista
(bueh, solo he escrito 3, pero, ya saben…)
Brasil 2014 está a la vuelta de la esquina, como dirían los clásicos. Mañana comenzará a rodar el balón dentro de la máxima justa pambolera, una fiesta celebrada cada 4 años y por la que genuinamente vale la pena esperar. ¿O no? ¿Qué tan sobrevaluado está el mundial? En una primera lectura diría que mucho. No es un secreto para nadie que un mundial contiene empates a cero o a uno más aburridos que la mierda. O victorias por la mínima diferencia tan divertidas como un Querétaro – Puebla de la jornada 5 del futbol mexicano. Es un hecho indudable de la vida que no hay 32 selecciones de calibre mundialista, lo cual genera diferencias casi risibles en la primera ronda. Y, aceptémoslo, más allá del morbo, no hay mucha diversión en las golizas. Y más allá del aspecto puramente deportivo, Brasil 2014 carga un peso que amenaza con vencerlo en cualquier momento. El mundial del sol y de la fiesta se está convirtiendo, de a poco pero de manera irreversible, en el mundial de la protesta y el desencanto.
En una primera lectura diría que Brasil 2014 murió antes de nacer. Y es que el gasto económico y en credibilidad social rebaso por mucho al gobierno carioca quien, de pronto, se encontró sumergido en popo hasta las cejas arqueadas en expresión WTF!!!! Y espérense porque todavía deben organizar unos Juegos Olímpicos en Rio dentro de dos años. Los viejos fantasmas latinoamericanos de corrupción y descontento social bajaron al gobierno brasileño de su nube muy pronto. El pueblo cuya religión es el pambol, quienes viven y respiran goles todo el día y todos sus días, de pronto no quiso ser parte de un sistema que los había abandonado en post de una imagen internacional que para nada correspondía a la realidad que ellos vivían. Rio no es solo playa y samba y fiesta y niños descalzos y mugrosos pateando balones con una sonrisa de oreja a oreja en la cara. ¿Qué tan preparado estaba Brasil para todo este desmadre? No lo suficiente. Su economía sigue siendo emergente, aceptémoslo. Puede ser llamado un gigante económico en potencia por todos los intelectuales mamones de la tele que quieran (quienes prefieren ser llamados “analistas” a su vez), pero siguen siendo un país tercermundista. Un mundial requiere de inversión y logística que, en nuestro mundo cínico, solo pueden proveer un puñado de países, entre los cuales, no está Brasil. Así que, ¿por qué darle el mundial a los amazónicos? Por imagen. Y por un montón de acuerdos financieros de los cuales nunca sabremos. Y, aparte, por la fiesta. Los estadios con huecos de Sudáfrica 2010 o, dios nos libre, Corea-Japón 2002 eran algo que la FIFA no quería ver. En Brasil habrá llenos, eso es indudable. Pero también surgirá ese otro viejo fantasma latinoamericano que todos tenemos en nuestro inconsciente colectivo. El de la represión del Estado. Un aficionado, un protestante, un tolete.
Brasil 2014 termino de morir con su ridículo sorteo. De golpe y porrazo la final soñada de Brasil-España se fue al caraxo. Ese solo será un partido de semis, en el mejor de los casos. Además de que la distribución de los grupos apesto muy cabrón. ¡El destino odio a este mundial desde el primer momento, cual mamá workaholic con un embarazo no deseado! La verdad es que, aunque hay hype y eso es indudable, este se ha ido diluyendo poco a poco. No solo porque a México le toco la rifa del tigre y es muy probable que los muchacheeeeees (léase con voz del Perro Bermúdez) regresen pronto a casa. Y el aficionado de a pie lo siente en el corazón. También por la cantidad absurda de lesiones de cracks producto de una temporada extenuante o de jugadas idiotas como la del Chapo Montes. Y esto produce otro sentimiento ahogado en la boca del estómago, pero que se expande rápidamente al ver comercial y comentaristas y un montón de parafernalia absurda por la calle: el hastío. ¿Qué la Final de la Champions no acaba de pasar hace apenas dos semanas? Aceptémoslo: ya hay demasiado futbol, mucho del cual es de excelente calidad, quizá más de la que podemos esperar de un mundial promedio. Solo comparen el cartel de estrellas de una Liga de Capeones de Europa con la de Brasil 2014 y sufran. Claro que con esto no quiero decir que el mundial le valga pito al mundo ni mucho menos, pero es indudable que el hype ha bajado y mucho en estos 4 últimos años. A un nivel personal, yo estaba mucho más emocionado por Sudáfrica de lo que estoy por Brasil, pero ese soy yo y lo que me ha pasado en estos últimos 4 años.
Pero ahí entra, también, el mejor aspecto de los deportes y en especial los deportes que te apasionan y los eventos que te apasionan: el de la felicidad puramente lúdica. Brasil 2014 nos servirá para olvidar un poquito nuestra miseria personal al poner una parte de nuestra felicidad en las piernas de 11 desconocidos. Los aficionados no somos idiotas, sabemos nuestra situación, sabemos aquello de que un maestro es más importante que Neymar y que vale más construir hospitales que remodelar el Maracaná, pero por lo mismo, por estar conscientes, apreciamos a los deportes y la felicidad que nos dan. Felicidad efímera y vana, pero felicidad al fin, y en nuestro mundo cínico, la felicidad no es algo que abunde particularmente. Por un momento quisiera dejar de lado el aspecto crítico, el hecho de que este mundial murió antes de nacer, y creer que puede ser bueno. Que, al menos, el España-Holanda y el Portugal-Alemania salvarán la primera ronda. Mi yo izquierdista quisiera ir a Brasil, pero no por sus playas o sus fan-fest, sino para unirme a las protestas, pero no viajare a Brasil y veré los juegos en la tele. En una de esas y todos, pero si no la gran mayoría. Y es que aunque mi trabajo me pide estar informado de las guerras y los muertos y la mierda del día a día en nuestra sociedad, cada cuatro años puedo desvelarme con partidos internacionales que son, al menos en su mayoría, un poquito mejores que los amistosos. O que los de la jornada 5 del futbol mexicano.
Brasil 2014 está a la vuelta de la esquina. Por un segundo pensamos que jamás llegaría, pero ya está aquí. No nos engallemos, el ambiente mundialista brasileño será algo que pocas veces se haya visto. Los afortunados que viajen al país amazónico serán absorbidos por un pueblo que vive y respira goles todo el día y todos sus días. Claro que hay desencanto, pero al menos durante los juegos será reemplazado por la euforia. Espero que sea un gran mundial. Más les puta vale.