ESOInktober day 11 Molag Bal
seen from Sweden
seen from Brazil
seen from China
seen from Brazil
seen from United Kingdom
seen from Türkiye
seen from China
seen from United States
seen from United States

seen from Malaysia
seen from Indonesia
seen from United Kingdom
seen from Angola
seen from Brazil
seen from Belarus

seen from United States
seen from United States

seen from Spain
seen from United States
seen from Malaysia
ESOInktober day 11 Molag Bal

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
#day11 of #13daysofmonstermas and also #24thofEveningStar which also means today is the Summoning Day of the Daedric Prince of Domination and Other Nasty Things, Molag Bal. Since his day is also Christmas Eve, I thought that qualified him for a spooky winter monster, so here I am, killing two birds with one stone #mua #summoningday #molagbal #winterisspooky #makeupartist #molagbalistheworst#daedricprinceseries #elderscrolls #elderscrollsonline #daedricprinces #daedra https://www.instagram.com/p/BrxfYCsB15y/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=1fez8b22skydo
He’s getting even prettier❤ can’t wait to color it! * * * * * #molagbal #theelderscrolls #skyrim #oblivion #morrowind #digitalart #digitalpainting #myart #Photoshop
Capítulo VI: El Festival de la Bruma pt. III
El ambiente seguía tenso incluso después de la cena, cuando la jarl se alzó y prometió reforzar las defensas durante la temporada de nieblas. Cuando empezó la música, apenas un puñado de gente se animó a bailar. Y de las once personas que no pudieron hacer su ofrenda, Joric fue el único.
Las rocas y los laterales de las casas resguardaban la carpa del frío viento que, aunque había amainado un poco, todavía soplaba. Tras la cena los guardias apartaron las mesas y los bancos para improvisar una pequeña pista. Era tradición que la familia de la jarl abriera el baile y Joric, acompañado por Idgrod, se esforzó por lucir sus mejores pasos.
—¿Es que no se cansa de llamar la atención? —preguntó Seth en voz baja.
A Alicent se le escapó una pequeña risa. Seguía mosqueada con Joric por todo lo que había pasado. No podía evitar pensar que si Joric no hubiera sido un crío habrían podido hacer sus ofrendas. Además, le parecía muy injusto que Seth tuviera que cargar con la desconfianza del pueblo tras lo ocurrido.
—Joric siempre ha sido así. Le encanta lucirse. Pero no baila tan mal, ¿no? El año pasado lo hacía mucho peor.
Pese al malestar, quiso defenderlo. Mantenía la esperanza de que Joric pudiera sobreponerse a los celos con el tiempo y que aceptara a Seth como a uno más del grupo. Seth sonrió discretamente.
—Es tan bueno que no sé ni qué decir —comentó con burla.
En cuanto la canción terminó, a Joric le faltó tiempo para acercarse a donde estaban.
—¿Qué te ha parecido, Ali? Lo he estado practicando solo para esta noche.
—Estuvo increíble, Joric —respondió Alicent, intentando sonar sincera.
El comentario de Seth, sin embargo, no fue tan amable.
—Sí que se notó el esfuerzo, sí.
Joric se puso rojo de rabia y se volvió a encarar con Seth.
—¿Todavía sigues aquí, Athan? ¿No te das cuenta de que nadie te quiere en esta fiesta?
Alicent no podía dar crédito a que su amigo pudiera ser tan mezquino. Nunca lo había visto comportarse de aquel modo con nadie. Entreabrió los labios para replicar, para decirle a Seth que aquello era una mentira, pero al mirarlo se encontró con sus ojos puestos en ella. Sonreía.
—Ella me quiere aquí, ¿verdad Ali? —preguntó sin mirar a Joric.
Alicent sintió su corazón derretirse al escuchar que la llamaba por su nombre de pila. Asintió como una autómata y se le escapó una sonrisa.
—De hecho —siguió Seth, sus palabras sonaron más afiladas que antes—, me parece que no soy yo el que no sabe notar que sobra.
Joric apretó los labios y ahora fue él quien la miró, buscando su complicidad.
—Eso es mentira, ¡díselo Ali!
Pero Alicent se llevó una mano a la nuca y desvió la mirada, sin querer responder. El gesto le cayó como un jarro de agua fría a Joric, que gruñó con frustración.
—Agh. Pues muy bien, si eso es lo que quieres, me voy.
Pero no hizo el gesto de irse hasta después de un silencio incómodo en el que ella volvió a mirarlo sin hacer o decir nada por impedirlo.
Cuando se quedaron a solas, Seth suspiró tras echar un vistazo a su alrededor.
—Puede que Joric tenga razón. Los vecinos me miran como si fuera a matar a sus gallinas o algo peor… —protestó, bajando la mirada al suelo.
Alicent hizo un puchero y le cogió de la mano.
—Entonces vamos a donde no puedan vernos —propuso ella, decidida a que dejara de sentirse así.
Al escuchar la propuesta los ojos de Seth brillaron y apretó su mano durante un momento.
Poco después, los dos estaban sentados sobre un tronco tumbado en el suelo, a una distancia prudencial del resto de la gente. El viento mecía la tela de sus ropas bajo la luz de las estrellas, envolviéndolos en una atmósfera de la que parecía imposible escapar.
—Cuéntame —pidió Seth, después de dar un bocado a su bollito dulce—. ¿Has vivido en Morthal toda tu vida?
—Desde que nací —asintió Alicent—. Aunque siempre he querido salir de aquí, al menos de viaje. Pero no puedo dejar a mamá sola con la tienda.
—Te entiendo. A mí me pasaría lo mismo con mi madre de no ser por mis hermanos.
—¿Tienes hermanos? —se sorprendió Alicent.
—Tres. Dos mayores y una pequeña —respondió él, bajando los ojos hacia el trozo de bollo que le quedaba. Le dio una vuelta completa, jugando con él entre los dedos—. No te haces una idea de lo que es una casa con tanta gente.
Alicent quedó pensando en sus palabras. En lo que debía ser tener una gran familia. Siempre había sentido celos de Idgrod por tener a Joric. Se preguntó por qué había decidido dejarlos atrás.
—Seth… —titubeó. Él la miró con curiosidad—. ¿Por qué estás tan lejos de ellos?
La mirada de Seth se ensombreció; a Alicent se le encogió el estómago al darse cuenta.
—Después de lo ocurrido en Markarth, mi madre empezó un nuevo negocio en Soledad. Y es bastante próspero, pero las minas de mi familia llevan años sin atender y hay rumores de que otros herederos del clan las quieran usurpar. Así que decidí venir aquí para aprender el oficio. Separarme de mi familia fue difícil, pero tuve que hacerlo. Alguien tenía que hacerlo.
—Vaya… —susurró Alicent, mirándolo impresionada—. Eso es… Tú eres increíble. Pero… —su tono se volvió confuso. La mirada de Seth se intensificó, incitándola a seguir—. ¿Puedo preguntar qué ocurrió en Markarth?
Seth parecía sorprendido y también un poco arrepentido, como si aquel detalle se le hubiera escapado sin querer. Ella se sintió culpable por indagar, imaginando que debía ser duro para él.
—Si no quieres no tienes que hablar de ello —se apuró a decir con un hilo de voz.
—No, está bien. Pues… —empezó, con duda—. Hubo un altercado y mi padre murió junto a otros nobles. Los asesinaron como represalia —explicó. Alicent estaba horrorizada—. Después de eso, los que lo hicieron amenazaron con matarnos a nosotros también. A mi madre, a mis hermanos y a mí. Mi madre todavía estaba manchada de la sangre de mi padre cuando nos escabullimos de la ciudad en plena noche. Yo era pequeño, pero lo recuerdo con claridad, como si hubiera sido hace poco.
Todavía afectada por lo que acababa de escuchar, se sentó a horcajadas sobre el tronco para quedar de frente a él. Seth, cabizbajo, tenía la mirada puesta en sus propias manos.
—¿Por qué alguien haría algo así? —preguntó de forma retórica.
Él se encogió de hombros.
—Política. Markarth es cada vez más peligroso desde ese maldito día.
Alicent se apresuró a colocar la mano en su regazo.
—Lo siento mucho, Seth. Yo también perdí a mi padre, y… Sé que no es comparable —se cortó rápidamente, mirándolo con disculpa—. Pero… Me refiero a… Entiendo cómo te sientes.
Seth se quedó mirándola unos segundos antes de sonreír solo un poco, levantando únicamente una de las comisuras de sus labios.
—¿Sabes? —su tono se volvió apenas un susurro, mientras dirigía la mirada hacia el suelo—. A veces solo quiero llevar una vida de la que él pudiera sentirse orgulloso.
Alicent lo miró, conmovida. Podía ponerse en su lugar, sentir su tristeza como propia. Tuvo que tragar saliva antes de hablar, para no hacerlo con la voz llorosa. Volvió a sentarse como una persona decente, como diría su madre, quedando más cerca de él en esta ocasión.
—Espero que lo consigas, Seth. Aquí, con nosotros.
Ambos compartieron una mirada diferente a todas las demás que habían intercambiado a lo largo de la noche. La música de fondo, junto con sus manos todavía unidas, hicieron que se perdieran el uno en el otro. El silencio se prolongó, pero no fue incómodo, sino natural. De algún modo, sus cuerpos se encargaron de comunicarse. Alicent no supo cuánto tiempo pasó con la cabeza apoyada sobre su hombro, sintiendo su calor reconfortante y las agradables caricias de Seth entre sus dedos, con los que jugaba distraído.
De pronto la voz de su madre los sacó de su aturdimiento.
—Alicent, cielo, ya es la hora de volver a casa —anunció. Alicent abrió la boca para protestar, pero Lami no la dejó hablar —. Ya es muy tarde —dijo en un tono cariñoso aunque tajante.
Alicent suspiró, mirando a Seth antes de volver a dirigirse a su madre, haciendo un puchero con la mirada.
—¿Puedo despedirme de Seth? —pidió.
Lami miró hacia Seth, que soltó su mano para ponerse en pie. Él se dirigió a Lami con respeto.
—Señora, si me lo permite, ¿puedo acompañar a su hija hasta su casa? —El semblante de Lami se ensombreció, pero Seth se adelantó a la negativa—. Mi caballo está cerca de la Cabaña y, como bien ha dicho, ya es tarde. Debería volver ya al Cerro.
Alicent vio en la propuesta de Seth la oportunidad de alargar aquella noche mágica. Durante aquel rato en su compañía, había logrado evadirse de la preocupación por no haber hecho la ofrenda.
—Por favor mamá —suplicó, manteniendo el puchero, aniñando la voz—. Así puedes disfrutar del último baile… —sugirió, desviando la mirada hacia la carpa desde donde Thonnir los miraba.
Lami siguió su mirada y vaciló. Seth sonrió con una expresión que no dejaba duda de sus buenas intenciones.
—Prometo que no me separaré de ella hasta que no esté sana y salva en casa.
Lami miró una vez más en dirección a la pista de baile y suspiró con resignación. Alicent supo que la habían convencido.
—Está bien. Os daré un voto de confianza. Pero no os retraséis mucho. Y Seth —comenzó, con un tono dubitativo—. El camino hasta el Cerro a estas horas es peligroso y tampoco has hecho tus ofrendas. Deberías quedarte en la posada.
—Lo he pensado, pero Sorli y Parctur ya han partido y prometieron esperar despiertos a mi regreso. Pero agradezco su preocupación, señora. Tras lo que ha pasado hoy, me reconforta ver que alguien se preocupa por mi en un buen sentido.
—Llámame Lami, chico. Y dales tiempo, se les pasará tarde o temprano.
Ambos intercambiaron una sonrisa. Lami se despidió de Alicent con un abrazo que ella correspondió.
—Gracias mamá —susurró.
Minutos después, ambos dejaron atrás la carpa. Mientras caminaban en dirección a la casa de Alicent, Seth la miró, repentinamente preocupado.
—Alicent, ¿qué fue lo que le ocurrió a tu padre? —preguntó con cuidado.
Alicent se detuvo un segundo, haciendo que Seth dejara de caminar también. Se miró las manos y las apretó con nerviosismo antes de volver los ojos hacia él, dedicándole una sonrisa triste.
—Mi madre no habla mucho de él. Me dijo que se tuvo que ir cuando yo era pequeña.
—¿Puedo preguntar por qué?
No supo qué responder, pero entonces la mano de Seth envolvió la suya y sus dedos se entrelazaron. Estaba helado, pero aún así una oleada caliente sacudió todo el cuerpo de Alicent hasta arremolinarse en sus mejillas.
Seth dio un suave tirón de su mano y reanudaron la marcha.
—Nunca me lo ha contado. Ya te lo he dicho, no le gusta hablar del tema —respondió con un hilo de voz, sin terminar de creerse que realmente estuviera caminando por el pueblo con un chico de la mano. Y menos todavía que ese chico fuera Seth Athan, por muy deprimente que fuera el tema del que estaban hablando.
—¿Y sabes algo más aparte de lo que te cuenta tu madre?
—La gente… La gente del pueblo —repitió, tratando de sonar más segura. Aún así, Seth se dio cuenta de que su voz estaba cargada de temor, por lo que apretó suavemente su mano—, ellos dicen que fue porque no hizo sus ofrendas. Por lo que he escuchado, ese festival papá y mamá discutieron y papá se fue cuando Falion todavía no había terminado de bendecir el fuego. Pocos días después, desapareció.
—¿Y ya está? —preguntó Seth, incrédulo—. ¿Lo has consultado con Falion? Yo no podría vivir con esa duda…
Alicent dio una rápida bocanada, tratando de infundirse ánimos antes de responder.
—Ya lo has oído durante la ceremonia. —Llevó la vista hacia el frente mientras continuaban avanzando. Cuanto más cerca estaban de la cabaña, más lento caminaban—. Hacemos la ofrenda por algo, y mi padre no la hizo. Por eso desapareció. O… o algo peor.
Seth hizo una mueca, y Alicent tragó saliva, luchando por mantener la calma. El silencio cayó entre ellos, solo roto por el lejano bullicio de la aldea. Alicent miró a Seth, con los ojos llenos de lágrimas.
—Yo… Hoy no hice mis ofrendas —sollozó—. ¿Y si…? —su voz se cortó a mitad de la pregunta. Sorbió su nariz, antes de intentarlo otra vez—. ¿Y si termino como él, Seth?
Seth se detuvo y la soltó. La miró en silencio y Alicent se abrazó, avergonzada. Entonces él levantó las manos y tomó su rostro, mientras la miraba directamente a los ojos. Sintió sus pulgares acariciar sus mejillas, limpiando sus lágrimas.
—Escúchame bien, Ali. No dejaré que te ocurra nada malo. Estoy aquí, contigo, y te protegeré de lo que haga falta. Confía en mí.
Ambos se quedaron así por un momento. Seth no se relajó hasta que Alicent asintió con timidez. Él la imitó, conforme, y retomó la marcha. Alicent no tardó demasiado en seguirlo, dándose prisa; Seth era alto, y un paso de él era como dos de ella.
—Dime, Ali —habló Seth, cuando llevaban un rato caminando—. ¿Qué sabes de Molag Bal?
—¿Por qué lo preguntas? —quiso saber, confundida.
—Es que… Me ha parecido curioso que las leyendas locales lo mencionen. Es extraño escuchar mitos daedricos fuera de la cuenca.
—Ah —vaciló, sin querer admitir que no sabía demasiado sobre el tema. Sus hombros se hundieron un poco al pensar en Idgrod, en que de estar allí, seguramente tendría algo interesante que comentar—. Solo sé lo que dicen las leyendas —confesó—. Que es un demonio temible.
—¿Un demonio temible? —preguntó Seth, con incredulidad. Intercambiaron una mirada, Seth parecía ofendido; Alicent no entendió el porqué—. Es más que un demonio temible, Alicent. Es un daedra. Uno de los príncipes daédricos —aclaró, provocando que un escalofrío le recorriera todo el cuerpo—. Pero me refería más bien a si habías escuchado de algo que lo uniera a este sitio —añadió, cambiando el tono a uno más amable.
Alicent se retorció las manos, nerviosa e incómoda, segura de que Seth en esos momentos estaba pensando que era un poco tonta.
—Solo sé lo que has oído. Que aquí nacieron los vampiros y la nigromancia, y que por eso siempre intentan conquistar la comarca para él —reconoció—. No sabía que era tan peligroso…
Seth la miró con detenimiento, antes de suspirar y volver la mirada al frente. Habían dejado de caminar otra vez.
—Molag Bal es el daedra de la ambición y de la crueldad, de la dominación… y de otras cosas —explicó, cargando su voz de misterio en las últimas palabras. Hablaba con pasión del tema. A Alicent le pareció intrigante lo mucho que parecía estar interesado en la mitología—. Disfruta tomando esclavos y consumiendo sus almas. Tampoco sabías eso, ¿a que no?
Sus ojos brillaron. Parecía estar conteniendo la risa, pero eso no tenía ningún sentido.
—No… —susurró—. Pero… ¿para qué los quiere? ¿Qué hace con ellos?
—Según las leyendas, Molag Bal trata de construir su propio imperio en Puerto Gélido, su plano de Oblivion. ¿Sabes lo que es Oblivion? —preguntó.
Alicent negó.
—Es su dimensión, a donde van las almas que secuestra. Allí están a su merced y trabajan incansablemente. Aunque cuando se encapricha de algún alma, a esta le espera algo bastante peor que el trabajo eterno —dijo aquello último con una emoción que a Alicent le provocó un escalofrío.
Una vez más pensó en Idgrod. En si de estar allí, ella estaría hablando con Seth tan entusiasmada como sonaba él. Alicent se dio cuenta de que estaba esperando a que dijera algo.
—¿Qué es lo que les hace? —se atrevió a preguntar. Prefería no saberlo, pero no quería que Seth pensara que no le interesaba lo que estaba diciendo
—Cosas que te aterrorizarían —respondió Seth, con una mirada directa y una voz suave pero firme—. Cosas que te harían desear no haber nacido. La crueldad de Molag Bal no tiene límites.
Alicent se volvió a abrazar involuntariamente, llena de angustia. Las implicaciones de las palabras de Seth la aterrorizaron. Rompió a llorar, temiendo por su alma, pero también por la de su padre, por lo que podría estar sufriendo.
Seth frunció el ceño, como si no entendiera por qué estaba reaccionando así. Tiró de ella contra su pecho y la rodeó con los brazos. Alicent se agarró a él con fuerza, sollozando, demasiado asustada como para sentir vergüenza por estar llenando su pecho de lágrimas.
Sin soltarla, él inclinó la cabeza sobre la de ella y susurró sobre su oído.
—Shh… Ya te he dicho que te protegeré. Mientras estés conmigo, no te pasará nada. ¿O no confías en mí?
El resto del camino de vuelta a la Cabaña del Taumaturgo fue mucho más tranquilo. Las aguas del río Hjaal reflejaban la aurora boreal y el aire fresco de la noche hacía que el recuerdo de las revelaciones de Seth pareciera más distante.
Los temas de conversación se volvieron más ligeros; hablaron brevemente de Skyrim y de las las ciudades que había visitado Seth y que Alicent deseaba conocer algún día. Llegado el punto, Seth incluso se abrió un poco más, llegando a compartir algunas de las anécdotas de su hermana pequeña Eve y sus travesuras, las cuales parecían volver locos a todos sus hermanos y hasta a su madre.
Finalmente se detuvieron frente a la Cabaña. Los dos adolescentes se quedaron frente a la entrada, sintiendo como el ambiente se cargaba.
—Te… ¿Te lo has pasado bien? —preguntó Alicent, con sus ojos brillantes reflejando un atisbo de ansiedad.
Sabía la respuesta sin necesidad de que se lo dijera; no había manera de que lo hubiera hecho cuando gran parte del tiempo se lo había pasado asustada o, lo que era peor, llorando. Pero como ya era habitual, Seth volvió a sorprenderla.
—Realmente me gustas, Alicent —confesó. Hizo una pausa antes de volver a hablar, con un tono más oscuro—. Solo de pensar en que alguien más pudiera estar contigo como lo he estado yo esta noche… hace que se me revuelvan las tripas.
Después de una breve pausa durante la que Alicent no supo qué hacer más allá de mirarlo, Seth soltó un suspiro de aceptación, como si esa fuera la reacción que esperaba. Se inclinó hacia adelante, besando suavemente su mejilla. Luego, de forma inesperada, dejó un segundo beso, esta vez cerca de la comisura de sus labios.
—Nos vemos pronto, Ali. Ten buena noche —se despidió.
Alicent continuaba aturdida cuando Seth se dio media vuelta y empezó a caminar, alejándose de allí. Se sentía como si todo a su alrededor hubiera desaparecido. Su corazón siguió latiendo con rapidez por un buen rato, incluso cuando ya no podía verlo. Un torbellino de emociones la anclaban al rellano, impidiendo que se moviera de allí. Era una certeza, una convicción que la llenaba por completo: si no volvía a ver a Seth, su corazón se rompería en mil pedazos.
Capítulo II: La Cabaña del Taumaturgo
Los rayos de sol entraban por las ventanas de la Cabaña del Taumaturgo, reflejándose en los coloridos tarros de pociones expuestos a la clientela sobre el mostrador de la tienda, dando un aire de misterio al interior del rústico establecimiento. Alicent se pasó el dorso de la mano por la frente y miró a su madre, con un aire cansado pero satisfecho.
—Mamá, la base para las pociones de respiración acuática ya está lista —avisó, pasándole el mortero con la mezcla.
Lami dejó de atender a un cliente para comprobar cómo había quedado. No tardó mucho en asentir, y a Alicent se le escapó una sonrisa entusiasmada al ver que parecía satisfecha. Algún día esperaba poder ser tan buena alquimista como ella, aunque para esto tuviera que estudiar duro y seguir practicando.
—Está muy bien, cielo. Ayuda a nuestro cliente con lo que necesite mientras yo hago el resto, ¿sí? —Alicent asintió y, tras esto, Lami dirigió una mirada pensativa hacia la puerta del establecimiento—. Con esto podemos dar la jornada por terminada.
La Cabaña del Taumaturgo era la tienda de alquimia con más fama de toda Skyrim. Las cenagosas aguas del río Hjaal nutrían la tierra de la región de tal forma que los ingredientes allí cultivados tenían un rendimiento mejor de lo habitual. O al menos eso era lo que su madre contaba a los peregrinos que preguntaban por el éxito de sus pociones. Pero Alicent sospechaba que tenía más que ver con los conocimientos secretos que su familia había pasado de generación en generación. Gracias a ellos ambas podían vivir cómodamente pese a la desaparición de su padre hacía ya algunos años y eso, en Morthal, era bastante más de lo que podían decir muchos de sus habitantes. La escasez de visitantes sumada a las desgracias naturales (y sobrenaturales) que había sufrido el pueblo en la última década había reducido la población a la mitad y quienes quedaban allí, subsistían con gran esfuerzo. Por suerte para ellas cada semana llegaba, junto al carruaje de suministros, un nuevo pedido que se repartiría por toda la provincia y una bolsa llena de septims con el pago por adelantado. Sin embargo el buen corazón de Lami, rasgo que su hija había heredado, había impedido que amasaran una fortuna, ya que destinaban buena parte de las ganancias a pasar por alto los pagos de los vecinos más desfavorecidos, a los que también ayudaban como podían en el día a día.
—Ah, la respiración acuática. ¡Imprescindible para hacer correctamente la técnica del palito de pescado! —exclamó Don Dogma, el excéntrico cliente que desde hacía algunos meses se había convertido en el único peregrino habitual del pueblo.
Alicent se rio al escucharlo. Don Dogma siempre tenía ocurrencias de lo más inusuales. No se parecía en nada a la mayoría de los adultos de la región, todos tan serios y reservados. A ella le gustaban sus visitas; eran un soplo de aire fresco en medio de la monotonía que carcomía su corazón aventurero, ese que la hacía soñar con los límites de aquel pueblo que solo abandonaba mediante su imaginación y los relatos fantásticos que su amiga Idgrod le solía leer.
—Ah, esa sonrisa tuya parece inspirada por el propio Anu, chiquilla —alabó el hombre.
Alicent sonrió con modestia, llevándose un mechón oscuro de pelo tras la oreja.
—Gracias Don Dogma —respondió tímida, bajando la mirada. Habían elogiado muchas veces la dulzura de sus facciones y, sin embargo, siempre le había costado creerlo. Los halagos la incomodaban, así que cambió rápido de tema—. ¿Cómo puedo ayudarte hoy?
Su pregunta pareció divertir a su cliente, que apretó una sonrisa y se inclinó sobre el mostrador, como si fuera a compartir un secreto o una broma.
—Busco polvo de vampiro, mi niña.
Alicent resopló en el acto, haciendo un puchero. Siempre le quedaba una sensación extraña, desagradable, cuando no podía cumplir con las expectativas de algún cliente. Aunque su madre le decía que era inevitable, ella no era capaz de evitar tomarlo como un fracaso personal.
—Pues lo siento mucho, pero no nos queda nada de nada. Me temo que eso tendrá que esperar a tu próxima visita.
—¿Seguro? —cuestionó él, atusando su bigote canoso con dos dedos y una complicidad que Alicent no comprendió.
En ese momento la puerta del establecimiento se abrió, anunciando al recién llegado con un chirrido agudo. Un chico tan solo unos años mayor que ella hizo acto de presencia y su mirada barrió la tienda antes de posarse sobre Alicent, cuyo corazón se aceleró como nunca en la vida, como si la llegada de aquel desconocido le hubiera dado una descarga. El intercambio de miradas fue breve, pero la intensidad de sus ojos dejó una sensación extraña en ella. De repente, sintió una fuerte impaciencia por despachar a Dogma lo más rápido posible.
—¿Necesitas algo más? —preguntó al hombre, esforzándose por ocultar su impaciencia. Pero este siguió acariciando su bigote, pensativo. Muy a su pesar, él no parecía tener demasiada prisa.
Cada poco su mirada se desviaba al recién llegado, que ahora se movía con gracia entre los expositores de la tienda, pasando los dedos por las etiquetas que indicaban el contenido de los frascos. Su porte elegante, sus ropas, su aspecto… nunca había visto a nadie así en su vida, ni nadie la había hecho sentir así. Era tan perfecto que a Alicent le dio la sensación de que podría haber protagonizado alguno de los relatos sobre príncipes y bailes de las historias de Idgrod.
La voz de su madre a sus espaldas la sacó de sí.
—La tienda está cerrada por hoy —anunció con el tono serio que la cálida mujer reservaba para los desconocidos.
Alicent giró sobre sí como un resorte. Algo Lami en sus ojos que frunció el ceño, y su expresión cansada acentuó las arrugas de su expresión, haciéndola parecer mayor de lo que era.
—¡Mamá! El señor Dogma necesita hacer un encargo de Polvos de Vampiro. Si te parece bien yo puedo atender al chico mientras tú le tomas nota —se apuró a ofrecer. No necesitó pedirlo por favor, no al menos en voz alta. Sus expresivos ojos hablaron por ella y a su madre le bastó una mirada para entenderla. Alicent se irguió de entusiasmo al escuchar su confirmación—. ¡Gracias! Digo... ¡Voy!
Alicent cruzó el mostrador, dejando atrás a Lami quien, con un tono paciente, comenzó a registrar el pedido de Don Dogma. Ella, por su parte, se dirigió hacia el recién llegado. En ese momento el chico le lanzó una mirada directa y le dedicó una sonrisa. Fue como si le lanzaran un hechizo de aturdimiento. Pese a su talante extrovertido, sentía un nudo en el estómago y, cuanto más se acercaba a él, más se arrepentía de haberle pedido a su madre que la dejase atenderlo. De pronto fue consciente de lo despeinada que estaba. También del olor residual a percebe que se había pegado a sus manos tras elaborar la última mezcla. Esto agrandó sus nervios, impulsando su timidez. Se paró un metro ante él, posando la mirada en el suelo, en sus botas de cuero negro y de aspecto caro.
Necesitó un instante para recomponerse para buscar su voz, la cual parecía haberse esfumado.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó con un hilo de voz cuando finalmente la encontró, armándose de valor para alzar levemente la mirada, chocando con la de él. Parecía desconcertado—. Todavía hay tiempo para un cliente más —se apuró a explicar.
El chico le dedicó una sonrisa tirante, formal.
—Busco algunos ingredientes poco comunes. No sé si tú podrás ayudarme… —comentó, desviando la mirada hacia Lami.
Aquello golpeó su orgullo, dándole el empujón que necesitaba para recuperar del todo la compostura.
—Seguro que puedo. ¿Qué estás buscando exactamente?
—Huevos de cauro, raíces de Nirn y quizá… —este hizo una pausa mientras miraba alrededor. Parecía pensativo—. ¿Tenéis algo capaz de mantener a alguien despierto durante las noches?
La petición pilló a Alicent por sorpresa. Era la primera vez que oía hablar de cabros pero, sobre todo, se preguntó para qué querría el misterioso desconocido permanecer despierto por las noches.
—Un momento —pidió Alicent antes de deslizarse nuevamente tras el mostrador.
En ese momento Don Dogma, quien parecía tener puesto el oído en la conversación, rio de forma inesperada y secamente, como quien acaba de recordar algo divertido.
—Ah, las noches en vela nunca son lo que parecen, ¿verdad? Mi señora las detesta, pero yo siempre le digo lo mismo: “Querida, no hay nada como una noche en vela para cambiar los estandartes”.
Alicent aprovechó la distracción para preguntarle a su madre si tenían huevos de cauro. Tras su negativa, volvió su mirada al chico. En ese momento el joven levantó una ceja, mirando a Don Dogma por un instante. Parecía contrariado por su interrupción.
—Lo que usted diga —espetó, cortante.
Volvió a mirarla. Intimidada por la expresión que acababa de ver, le presentó la raíz de Nirn.
—Aquí tienes la raíz de Nirn. Para mantenerte despierto tengo pociones de vigilia. Son muy efectivas —ofreció, intentando evitar decir que no tenían el otro ingrediente que había pedido.
—¿Y los huevos de cauro? —preguntó él, alzando una ceja con suspicacia.
Alicent dejó caer los hombros y desvió la mirada, deprimida.
—Me temo que no nos quedan… —confesó.
Tras unos momentos de silencio, lo volvió a mirar de reojo para escrutar su expresión. Se le rehizo el nudo en el estómago al comprobar la decepción evidenciada en su gesto.
—Ya veo —masculló—. Bueno, me llevaré igualmente la raíz y la poción. ¿Cuánto tardarás en tener los huevos de cauro?
La pregunta, aunque seca, le arrancó una extraña sensación de ilusión. Aquello solo podía significar que la presencia de aquel chico en Morthal iba a prolongarse.
—Los tendremos en unas semanas —aseguró, conteniendo débilmente la sonrisa—. ¿Seguirás aquí para entonces? —preguntó con un halo de esperanza.
Don Dogma intervino antes de que él pudiera responder, con la voz cargada de entusiasmo.
—¡Oh! ¡Deberías quedarte para el Festival de la Bruma! Una celebración para apaciguar el ánimo de dioses inquietos y nubes sociales, ¡no te lo querrás perder, muchacho!
—Gracias por la recomendación —replicó el joven, con un tono educado pero distante.
Alicent decidió aprovechar la osadía de Don Dogma para tender su propia invitación.
—¿Vendrás? Será la próxima semana y estará todo el pueblo. Además, si haces tus ofrendas a la bruma, esta te protegerá de los espíritus malignos que quieran hacerte daño.
Aquello pareció despertar la curiosidad del desconocido, que dejó de contar las monedas y alzó la vista despacio. A ella le pareció notar que contenía una sonrisa. Quizás era que simplemente no le gustaba Don Dogma, porque la forma en la que se dirigía a cada uno era bastante diferente. Entonces el joven respiró nasalmente y su mirada cambió; hasta ese momento había parecido tan seguro de sí que Alicent incluso se sorprendió al notar su inquietud y sus dudas.
—Supongo que debería hacerlo. Acabo de mudarme y todavía no conozco a nadie. Aunque no sé si es una buena idea… He oído que aquí los extranjeros no son especialmente bienvenidos.
Aquellas palabras, además de avivar su ilusión, despertaron en ella el impulso irracional de ayudarlo, de mostrarle que no tenía por qué estar solo.
—Yo podría acompañarte… —ofreció, sintiendo el calor concentrarse en sus mejillas—. Y presentarte a mis amigos, claro. Seguro que se portan muy bien contigo. Son estupendos, de verdad.
Él pareció sorprendido por la oferta, aunque se recuperó rápido.
—Entonces quizá me plantee venir —respondió tras pensarlo unos segundos—. Muchas gracias, señorita…
Volvió a clavar su mirada en ella de forma casi hipnótica.
—Alicent —dijo ella, apenas en un susurro. Se armó de valor para añadir algunas palabras más, aunque aquella mirada tenía algo que no la dejaba pensar con claridad—. Y no tienes por que dármelas. Si necesitas cualquier cosa, puedes buscarme. Quiero decir, si te puedo ayudar en algo; instalarte, hacer que te sientas más cómodo, yo…
—Lo he entendido —la interrumpió él. Su sonrisa, breve, parecía divertida. Alicent apretó los labios, agradeciendo internamente que él la hubiera cortado a tiempo, antes de que dijera alguna tontería—. Yo soy Seth. Seth Athan. Ha sido un placer, Alicent.
Seth se despidió con una inclinación de cabeza y una nueva sonrisa que la dejó completamente desarmada. Recogió su compra y salió del establecimiento tras pagar, y Alicent quedó plantada como un pasmarote tras el mostrador, incapaz de apartar los ojos de la puerta con una leve sonrisa en los labios.
—Nos vemos pronto, Seth… —susurró, aunque él ya había salido.
Todavía estaba atrapada en el remolino de sus propias emociones cuando la voz del excéntrico peregrino la devolvió al presente.
—¡Ah! Los encuentros inesperados, ¿no son maravillosos? Como cuando encuentras una aguja en un pastel —comentó, con sus ojos brillantes y chispeantes observándola.
A Alicent le pareció que Don Dogma estaba de un humor especialmente bueno ese día. Aunque quizás solo se estaba proyectando. La actitud de los demás no parecía tan irritante cuando se estaba feliz y contento.
—Querrás decir en un pajar —apuntó Lami, quien se había mantenido en un segundo plano en lo que Alicent atendió al joven.
Don Dogma también parecía dispuesto a irse. Tanto así que se acercó a la puerta mientras volvía a ataviarse con su capa de viaje. Desde la salida giró hacia ellas, alzando un dedo con convicción.
—¡Nada de eso! Quería decir lo que he dicho. ¡Pastel! Si no encuentras las agujas en tu pastel, querida, ¡quién sabe en qué te acabarás sentando!
Madre e hija intercambiaron una mirada desconcertada y, aunque no lo entendió, Alicent rio por educación.
—Adiós, señor Dogma. ¡Que tenga un buen viaje! —se despidió, dedicándole su sonrisa más dulce.
Sentía que su humor había mejorado considerablemente tras la última visita y algo en su interior la hacía desear que todos a su alrededor compartieran su felicidad. Sin embargo, el hombre pareció repentinamente serio.
—¡Don Dogma! —puntualizó, alzando un dedo—. Ni que anduviera corto de dés, criatura.
El rostro de Don Dogma se tintó de travesura y Alicent suspiró, aliviada al comprobar que su indignación había sido una broma. El hombre hizo una reverencia pomposa y, con ese último peculiar comentario, salió de la tienda, dejándolas atrás.
En el momento que se vio sola con su madre, Alicent apoyó ambos codos en el mostrador y juntó ambas manos, para apoyar sobre estas la barbilla. Se le escapó un suspiro soñador mientras se perdía en sus propios pensamientos. En Seth, en que viviría en Morthal y podría verlo a menudo. En que quizás pudieran bailar juntos durante el festival de la Bruma. En su mirada, su sonrisa, su voz y en la promesa implícita de volver a verse. Sentía que su memoria no le hacía justicia y, aunque acababa de conocerlo y el encuentro había sido breve, había dejado una huella imborrable en ella. Nunca se había sentido así con ningún chico. Ni tan siquiera con Joric, pese a que todo el mundo parecía esperar que algún día fueran novios. Hasta ella misma había aceptado ese destino hasta aquella tarde, pero ahora le parecía imposible la idea de tener algo así con alguien que no fuera Seth Athan.
—Vuelve a la tierra, Alicent —azuzó Lami con cariño—. Todavía tenemos que limpiar antes de poder echar el cierre.
Alicent asintió y trató de centrarse en sus deberes. Pero, por más que lo intentó, no pudo evitar que sus pensamientos volvieran una y otra vez a aquellos ojos del color del caramelo.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Molag Bal Statue / Daedric Prince of domination and enslavement / from Elder Scrolls Online: Imperial Edition / 2014 Bethesda Softworks Полная версия на канале youtube.com/makctoys . . . . . . . . . . #figure #collection #statue #bethesda #molagbal #elderscrolls #videogame #monster #demon #daedricprince #статуэтка #статуя #демон #молаг (at Odessa, Ukraine) https://www.instagram.com/p/CBTLBc_neDm/?igshid=e5vo17x8ot92
Tapestry =D #art #painting #elderscrolls #molagbal #daedricprince https://www.instagram.com/p/B2M6-ThAUBJ/?igshid=pmjoh6jelwjn






