Boli llegó primero… y todavía me cuesta creerlo. La pedí tantas veces, la imaginé tanto, que cuando por fin estuvo aquí, conmigo, sentí que algo dentro de mí se abría en silencio. Como si mi amor hubiera estado esperando solo ese momento para desbordarse.
Con ella todo es pequeño y profundo. Vivimos la una para la otra en lo cotidiano: en las miradas que se entienden sin palabras, en esa forma tan suya de amar… tan selectiva, tan precisa. No busca cualquier caricia, y yo aprendo a tocarla como si cada gesto fuera único. La observo mucho. La quiero desde ahí, desde lo que es, sin pedirle que sea distinto.
Brisa me duele un poco. No por tristeza, sino por todo lo que despierta. Hay algo en ella que me hace sentir más suave, más abierta, más vulnerable. Descubre el mundo con una ternura que me conmueve, como si todo fuera nuevo y digno de ser amado. Y cuando la veo mirar, cuando la veo acercarse a alguien o a algo… siento un nudo dulce en el pecho.
Con Brisa el amor es distinto. Es más libre, más ligero. No se queda, se mueve. No se guarda, se comparte. Es ese tipo de amor que no se puede contener, que simplemente pasa a través de ti.
Y entonces estoy yo, en medio de las dos…
aprendiendo a amar de formas distintas, a sentir sin defenderme tanto.
Y por ellas, por cómo me enseñan, por cómo me tocan, es que todos los días elijo quedarme aquí, viviendo.