Hay personas que encuentran en su cabeza un refugio cuando el mundo se vuelve insoportable. Se hablan con paciencia, se reconstruyen con los pedazos que quedan y, aunque tiemblen, consiguen avanzar. Yo no sé hacer eso.
Dentro de mí hay algo que nunca descansa.
Una voz que convierte cualquier duda en una certeza terrible, cualquier error en una condena y cualquier miedo en una profecía. Mientras intento dar un paso, ya está imaginando todas las formas en que puedo caer. Mientras algo bueno sucede, ya está buscando cuánto tardará en desaparecer. Y cuando por fin consigo respirar sin sentir que estoy huyendo de algo, mi propia mente encuentra una razón para volver a perseguirme.
Lo más cruel es que no necesito que la vida me destruya.
A veces, basta con dejarme a solas conmigo.
Pienso demasiado. Recuerdo demasiado. Siento cosas que quizá ya no deberían doler y les doy nuevas formas para que vuelvan a hacerlo. Mi cabeza toma aquello que apenas fue una herida y lo convierte en un abismo. Repasa conversaciones que terminaron hace años, errores que nadie recuerda, palabras que probablemente no significaron nada… y consigue hacerme sentir culpable por haber existido de la manera en que pude.
Quisiera tener una mente que me empujara hacia la luz.
La mía conoce exactamente dónde esconder la oscuridad.
Me hace desconfiar de mis propias fuerzas. Me convence de que no soy suficiente antes siquiera de intentarlo. Me recuerda cada fracaso justo cuando comienzo a creer que puedo volver a empezar. Y cuando consigo levantarme, me susurra que no tiene sentido hacerlo, porque tarde o temprano volveré a caer.
Hay días en los que vivir no parece una batalla contra el mundo, sino contra aquello que ocurre dentro de mí.
Y nadie ve esa guerra.
Desde afuera puedo parecer tranquila. Puedo conversar, sonreír, responder que estoy bien. Puedo continuar con mis obligaciones mientras por dentro intento ordenar un lugar que parece haber sido saqueado por una tormenta.
Eso también cansa.
Cansa tener que convencerte cada mañana de que vale la pena intentarlo otra vez. Cansa sentir que incluso tus propios pensamientos pueden convertirse en enemigos. Cansa no encontrar descanso ni siquiera cuando cierras los ojos, porque hay lugares de la mente donde la noche nunca termina.
A veces quisiera apagar todo.
No desaparecer del mundo, sino dejar de escuchar por un momento aquello que me dice que no puedo, que no valgo, que todo saldrá mal, que quizá sería más fácil rendirme antes de volver a sentirme rota.
Pero sigo aquí.
No porque sea fuerte todo el tiempo.
Sino porque, incluso entre todo este ruido, existe una parte diminuta de mí que todavía se niega a morir de tristeza.
Una parte que, aunque apenas pueda sostenerse, todavía busca una razón.
Y quizá algún día aprenda a tratarme con la misma ternura con la que siempre he intentado sobrevivir.
Quizá algún día mi mente deje de ser el lugar donde me pierdo y se convierta, finalmente, en el lugar al que pueda volver.
Mientras tanto, avanzo como puedo.
Con miedo.
Con cicatrices que nadie ve.
Con el corazón agotado.
Y con esa pequeña parte de mí, casi imperceptible, que todavía insiste en quedarse.














