Sin ningĂşn propĂłsito particular enfilĂ© el puente detrás de mi casa, atraĂdo por el cañaveral que se extendĂa más allá, cuando mis pies se detuvieron en seco. ÂżEra un pájaro cantando? Una voz muy suave y dulce: cricrĂ, cricrĂ. El sonido parecĂa venir de muy cerca, pero no del ramaje justo delante, ni de las sombras de las legumbres que orillaban el cuadro de berenjenas, sino de más abajo, casi bajo mis pies. Me detuve y escuchĂ© atento. Se parĂł. Todo quedĂł en silencio.
Eran poco más de las tres de una tarde de otoño y al oeste el sol estaba oculto tras un velo de nube. El cielo estaba revuelto pero sin señales de lluvia. Tras el otero cubierto de cerezos corrĂan nubes grises, pero el pico del templo Genmu se veĂa azul claro al sol, con la faz del tajo de piedra resplandeciente, su base iluminada como si la luna se hubiera puesto allĂ.
PodĂa ver la rasa junquera más allá del puente, tendida hasta el pie del pico. Las juncias ya habĂan florecido y los bofos copetes formaban una neblina que envolvĂa los techos de bálago y embozaba los bosques, ondeando parejos con el pasto plateado de las colinas, desembarazadamente, sin nada que estorbara su visiĂłn infinita. Aunque no hacĂa viento, las juncias parecĂan susurrar sibilantes sobre el paso del tardĂo otoño.
Mi intenciĂłn era dar un paseo por el espigĂłn, donde la farfolla quebrada de los juncos se entrelazaba sobre el sendero. Cuando por fin echĂ© de nuevo a andar, volvĂ a escuchar el reclamo de un pajarillo: cricrĂ, cricrĂ. ÂżQuĂ© era aquello? ParecĂa más propio de un insecto. Pero debĂa de ser algĂşn tipo de ave. Y venĂa de abajo, tal como me pareciĂł. HabĂa algo entre los pilotes del puente. ÂżUn chorlito? No... ÂżdĂłnde estaba el guijarral? Âżlos pedrejones? Âżlas balizas donde gustan de posarse? E incluso si las hubiera, un chorlito habrĂa levantado el vuelo al acercarme yo. ÂżHabrĂa otros pájaros ocultos entre las cañas de la ribera? Estudiándolas, di otro paso, cautelosamente: cricrĂ. PisĂ© más recio y los reclamos se multiplicaron: cricrĂ, cricrĂ, cricrĂ. Atento escuchándolos, lleguĂ© sin darme cuenta al final del puente. No era más que una pasarela hecha con tres o cuatro tablones arrimados, tan podridos que se deshacĂan bajo los pies. HabĂa un quitamiedos, una mera percha de bambĂş atada con soga. Cabeceaba a la altura de las rodillas cada vez que se pisaba la pasarela. Los pilotes estaban carcomidos tambiĂ©n. El agua del estero donde se hincaban era lisa, tarda y turbia. Aunque la corriente era dĂ©bil, incapaz de conmover el puente, el reflejo del tinglado en el agua parecĂa trepidar a la sombra de los juncos. Pero por muy descompuesto que estuviera el puente, los maderos difĂcilmente podĂan cobijar pájaros, a no ser que se usaran troncos ya huecos... por mucho que digan que las ratas anidan hasta en la cola de caballo. En fin, debiĂł de ser el puente. Una vez más probĂ© a pisar el borde. De inmediato el cricrĂ respondiĂł a mis pasos. Sintiendo las vibraciones en mis pies salĂ de allĂ en puntas, con la sensaciĂłn de estar pisoteando polluelos de curruca: ¡quĂ© lastimosos grititos!
VenĂan de debajo. Me arrodillĂ© en las planchas y apartĂ© las juncias. Dos o tres dĂas antes un temporal habĂa rebosado el tajamar. De las hendiduras en el fango todavĂa blancuzco surgĂan las pálidas raĂces de los juncos colmando el hueco oscuro bajo las planchas, como un techo suelto y alabeado tras una inundaciĂłn, visto del revĂ©s. Me puse cabeza abajo, me contorsionĂ©, pero nada... AllĂ no habĂa nada. Un brillante cangrejo rojo se escabullĂł. Un rosario de ermitaños se desplazaron en la oscuridad. Nada que pudiera tener voz. SacudĂ la mano, desechando la idea: «Serán los chillidos de los saltarines del fango», dije, y me echĂ© a reĂr. [...]
Una vez más, agarrando un haz de juncos en cada mano, cogĂ impulso y le di una señora patada al borde de la pasarela: ¡pum!. Cri, replicĂł. ¡Pum, pum! pateĂ© de nuevo: cricrĂ, chillĂł... era como un eco de cordeles carmesĂes rodando por una polea de jade, brocal dorado arriba. «AsĂ que eran las planchas del puente, rechinando... ¡deberĂan hacer un Stradivarius con la madera!», dicho esto, me despedĂ, con un mano en el pasamanos, del exquisito instrumento, y emprendĂ mi paseo por el murallĂłn.
ÂżQuĂ© era aquello allá delante? ÂżUna laguna entre las juncias? ResultĂł no ser más que un ojo de unos cuarenta metros cuadrados, que se llenaba cuando subĂa la marea y luego se vaciaba, pues no afluĂa agua dulce bastante para mantener el nivel. El terreno alrededor era fangoso y las hojas de los juncos apuntaban en todas direcciones, desgreñadas, como la coronilla de un kappa. Era el sitio idĂłneo para que los pececillos se quedaran atrapados en la bajamar y los niños de las aldeas se remangaran y chapotearan. Pululaban unos cuantos cangrejos ermitaño. Pero con la canĂcula, si la marea se retiraba por poco que fuera, el fondo se secarĂa aprisa, roqueño, cubriĂ©ndose de grietas como culebrinas. Luego la marea subirĂa por el rĂo Tagoe, trascolando al ojo y burbujeando en las brechas hasta formar una balsa.
Como era imposible cruzarla con marea alta sin mojarse, alguien habĂa construido un segundo puente, que no estarĂa ni a veinte metros del anterior; muy rudimentario además: un tablĂłn tirado de cualquier manera. Salvaba un punto donde la balsa no tendrĂa más de cinco pasos. El agua del rĂo corrĂa por debajo; orillando el espigĂłn, desaparecĂa en la junquera y luego bajaba hacia las zanjas de los arrozales. En aquel preciso instante la marea parecĂa subir y toda el área estaba cubierta de una sábana de agua, apenas más clara que las sombras de las cañas. [...]
Algo se movĂa bajo el haz del agua, flotando como una sombra. Primero parecĂa un cangrejo agarrado a una hoja, derivando con la corriente. Pero no era eso. Se movĂa a voluntad, yendo y viniendo junto al puente. El agua estaba clara, reciĂ©n entrada del mar, de modo que enseguida comprendĂ lo que era. TendrĂa el tamaño del puño de un bebĂ©, la forma retesa de una burbuja presa, y derivaba como sombra leve de nubes dispersas sobre la tierra. Sus apagadas motas anaranjadas y tostadas aparecĂan y desaparecĂan en su curso, se apiñaban, se separaban, se desvanecĂan. TraslĂşcida, entre acuosa y lechosa, no podĂa ser más que una medusa atigrada.
Era un ser vivo, asĂ que no habĂa que extrañarse de que jugara con aquel desenfado. Se desplazaba libremente, sin asentarse al fondo, ni mantenerse a media profundidad o aflorar a la superficie. Iba de acá para allá en una lĂquida estela, estirándose, propulsándose al sesgo, cabeceando luego de golpe. Mientras yo trataba de seguir sus evoluciones, girĂł y se alejĂł. No distinguĂ ninguna otra forma flotante. Con su perfectamente adaptado organismo, tenĂa toda la laguna para ella sola. [...]
Los colores sombrĂos del ocaso se tensaban sobre las agostadas puntas de los juncos, entre frondas y penachos blanqueados. Los cercos de agua en torno a la sombra de la medusa se agrandaban cada vez más, hinchándose. Cuanto más se agitaba el monstruo más parecĂa montar la marea. La superficie del agua latĂa y se extendĂa. La crecida se vertiĂł por ambos lados en el estero, meciendo los juncos de la orilla con violento vaivĂ©n. Con cada embate de los juncos subĂa el nivel del agua, como surtiendo del fondo de la laguna. Los reflejos de la superficie, hombre y puente incluidos, se fueron a pique. Aunque el mismo templo Genmu hubiera sido precipitado a aquellas aguas su aguja nunca hubiera tocado el fondo.
El agua no paraba de crecer en cĂrculos agigantados a travĂ©s de los juncos. BatĂa blanca espuma en sus penachos, ahondaba y dilataba el cauce del rĂo; una onda encabalgada en la siguiente, estrellándose con fragor. Como el rĂo era el Ăşnico alivio de la marea se formĂł una rompiente bajo el puente, embistiendo el espigĂłn y haciendo remolinos. Asaltados por ambos flancos los juncos empezaron a bailar, con sus torundas azules asperjando el Ăndigo del anochecer.