Ayer hice mermelada de naranjas. Gabriel me ayudó pelándolas a vivo y separando las cáscaras de la piel blanca que le da ese gusto amargo. Las corté en juliana, corté en cubos las naranjas, medí el azúcar. Mientras hacía esas cosas pensaba en la maravilla de tener a este hombre en mi vida y en mis amigos. Y me sentí tan bendecida. Estoy rodeada de gente que me quiere, me respeta, me acepta como soy y me da permiso para cambiar, para ser la mejor versión de mí misma. Está bueno tener gente que te señale tus chorradas, te ame igual y te ayude a crecer. Y es mutuo. Es de ida y de vuelta, tiene un letrero luminoso titilando en el corazón del mundo que compartimos. Un aroma a naranjas se enredaba en la casa y era como si un cronopio anduviera de aquí para allá tratando de atraparlo en una botellita azul con el objetivo de dejarlo escaparse. Un amigo me enseño que es imposible encerrar al amor, que hay que dejar un resquicio abierto para que entre y salga a su antojo y se nutra de los amores desnudos que vagan de a pie por las calles. Eso es la amistad, ese vagabundeo de almas que conectan, que se encuentran entre estrellas y agua dulce. Que iluminan lo que duele y te enseñan a no manosearte la herida; que comparten la alegría, la bendicen y la abrazan. Gente que suma y multiplica, de sonrisa ancha aunque tenga el corazón inquieto. Gente que da. Y sabe recibir. Gente con la voy creciendo como un pan que leuda y que se cocina entre charlas, lágrimas, risas y todo eso que es la vida. A mis amigos, con Gabriel incluido, les digo que los llevo conmigo a donde sea que voy, que son faros en las tormentas y la tormenta también. Y por serlo, por ser, gracias. Felices los días. #felizdíadelamigo #losquiero https://www.instagram.com/p/CRjzE9WMn5m/?utm_medium=tumblr