REFLEXIONES SOBRE LA IV EDICIÓN DE LAS JORNADAS SOBRE LAS HABLAS ANDALUZAS
Esta tarde, me encontré en un bar a mi amigo Jose. Él comía allí también junto a su compañero Sebastián, en un descanso de las Jornadas sobre hablas andaluzas que organiza el ayuntamiento de Coria. Unas jornadas a las que por estudio o trabajo nunca he podido acudir. Hoy era el segundo y último día. “Vente”. No puedo. “Vente”. No debo. Pero fui. Y me quedé. Confieso que para mí es difícil rechazar invitaciones a actos culturales, más aún si los tengo a menos de un minuto de mi casa; y confieso también que soy una enamorada de las jornadas como concepto, porque suelen despertar mi pensamiento crítico y porque me ofrecen lo que no recibí de la mayor parte de las clases de la universidad. Cuando aún estábamos en el bar, para terminar de convencerme, Jose añadió: “hay libreta de regalo”. Y aquí estoy, usándola.
Tengo que decir que el título de la primera conferencia –que era en un principio a la única que pensaba asistir-, me encandiló: “Hablar andaluz como acto político”. Lo hizo, porque si yo ya creo que el 90% de lo que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos es político, hablar lo es mucho más.
Al comienzo de su conferencia, el profesor e investigador Ígor Rodríguez Iglesias habló del concepto de “invisibilizar la forma de hablar”, y añadió: “yo también caí en eso”. Y yo, pensé. En 2015 me fui a trabajar a Madrid, a una galería de arte del barrio de Salamanca. Cuando hice la entrevista comencé a utilizar la “S”. Creo que aunque hoy me avergüence decirlo, fue para causar buena impresión. Cuando me escogieron para el trabajo, supe que ya no había marcha atrás. Durante un año no es que invisibilizase mi andaluz, sino que oculté mi ceceo, que me duele más. Porque si el hablar en andaluz significa que eres del sur, y eso para mucha gente tiene connotaciones negativas, cecear significa en el imaginario colectivo, que eres de pueblo. De pueblo del sur. Demasiado que sabía leer y escribir.
No sé, o no quise saber por qué interioricé que mi forma de hablar no era digna del Barrio de Salamanca, pero durante un año oculté mi habla. También lo hacían mis compañeras de piso, ambas de Sanlúcar de Barrameda. A lo largo de ese año yo interpreté mi propia versión del dicho machista “señora en la calle y puta en la cama”. Yo ceceaba en casa y en la calle “hablaba fino”. “La República Independiente del Ceceo”, la llamábamos. Nunca me planteé no hacerlo. Solo cuando mis padres y mi hermano vinieron a verme y salimos a cenar con mi jefe- también sevillano, pero que había vivido gran parte de su vida en Londres y Madrid- temí quedar al desnudo si me salía alguna Z de más. Con el paso del tiempo y ya de vuelta en mi Andalucía, no es que sienta culpabilidad por aquello, por haber ocultado una parte tan importante de mí, pero sí creo que perdí una oportunidad de ejercer un activismo “acentil” con el que llevar la reivindicación de mi habla al centro estratégico por excelencia del acto de ridiculizar y deshumanizar gran parte de lo que yo represento; porque en el imaginario colectivo que nos ofrecen sobre todo los medios de comunicación convencionales, yo - como mujer, andaluza y de pueblo- quizás ocuparía mejor el lugar que me corresponde trabajando en la casa y no en el negocio de alguien.
Ahora cecear no solo me hace sentir cómoda, sino que me empodera, y a veces también me cuesta, porque tiendo sin saber por qué, a imitar los distintos hablas que escucho.
Esta conferencia puso delante nuestra las razones socioculturales y políticas que explican la experiencia que acabo de contar. La siguiente, del periodista y escritor José Luis Aguinaga Sáinz, llamada “Miradas lejanas sobre el habla andaluza”, eran reflexiones personales y que invitaban a la participación, sobre percepciones que tenía el autor sobre el andaluz, desde el punto de vista de un vasco que ha vivido varios años en Andalucía. Por ejemplo, sobre cómo le sorprendió la riqueza de nuestro léxico en comparación con el euskera. Al final, hubo participación del público y hasta un poco de Sálvame lingüístico –que una mijita de salseo nos gusta a todos-. Como para perderme la próxima edición.
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